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08 mayo 2022

El brazo de la justicia

 

Novela histórica de Steven Saylor, escritor norteamericano especializado en la Roma clásica. Saylor, nacido en Texas en 1956, se licenció en Historia. Publicó en varias cabeceras antes de decidirse a crear a Gordiano el Sabueso, un detective romano al que le gusta la buena vida (aunque no siempre se la pueda permitir) y que se ha labrado una buena fama resolviendo los casos más enrevesados. 

Sus 16 novelas conforman la serie Roma sub Rosa, una locución latina real que significaba cuestión confidencial

Su detective soluciona crímenes mientras pasan por el poder de Roma Sila, Cicerón, Julio César y hasta Cleopatra. Impecablemente documentado y con personales reales, El brazo de la Justicia es la segunda novela de la serie, publicada por primera vez en 1992. 

Narra las investigaciones de Gordiano para descifrar el asesino de un familiar de Craso, un general que aspira al máximo poder en Roma y que está envuelto en una guerra contra los esclavos sublevados bajo la guía de Espartaco. Las investigaciones han de solucionarse antes de cinco días, que es el plazo para ajusticiar, según una tradición romana, a todos los esclavos de la casa del asesinado, ancianos, niños, hombres y mujeres, todos sin excepción.
Steven Saylor

Tras un extraño viaje en barco movido por galeotes esclavos, Gordiano llega a Crátera, la zona del golfo de Nápoles donde se desarrollará toda la acción. 

La trama en búsqueda del asesino se entremezcla con las cuitas personales del detective, al que acompaña su hijo adoptado mudo, las consultas a las sibilas y una descripción detallada y muy “casera” de las costumbres, los detalles y el día a día de la vida romana, uno de los grandes aciertos del escritor. 

El texto se desarrolla a buena velocidad, con interés e intriga, y dando a cada personaje un contenido y una personalidad que lo hacen muy real. La resolución del asesinato da pie a la parte final de la novela, donde se van aclarando los pequeños temas de las vidas personales que habían quedado pendientes a lo largo del texto.

Una obra amena y entretenida, que a la vez, informa de muchos pequeños asuntos de la vida cotidiana en la Roma del siglo I aC.



05 febrero 2017

La Religión y la calle

Europa tenía civilización, progreso y relativa paz social mientras el poder lo tenía el imperio romano, con tantos dioses que era como no tener ninguno. Había ciudades con calles adoquinadas y sistema de alcantarillado, baños públicos con agua caliente, foro público para las cuestiones de la ciudad. En cuanto una religión monoteísta tomó las riendas de la historia, la vida cotidiana sufrió un retroceso de siglos, y se hundió en la Edad Media.

En las tierras orientales, las vidas de las gentes se regían por sus propias costumbres adaptadas a su geografía, sus climas y sus ciclos, y todo avanzaba a la velocidad de los Hombres. Se hacían grandes descubrimientos en astronomía y en matemáticas, se debatía sobre filosofía con gentes de todas las culturas. En cuanto una religión se adueñó del poder e impuso su tiempo no-terrenal, la vida de las gentes sufrió un retroceso y un desgarro insalvable con su entorno.

Los ejemplos se suceden a lo largo de este planeta tan castigado por sus propias criaturas. Mientras lo terrenal se rige por criterios terrenales, todo va avanzando con más o menos fortuna. A la que las cuestiones mundanas empiezan a regirse por parámetros no visibles, no tangibles, no de este mundo, todo se va desmoronando a una velocidad alarmante.

Los romanos tenían reguladas las relaciones entre hombres y mujeres, las cuestiones de salud pública, la urbanidad en sus ciudades, los embarazos y los partos. No es que fueran un modelo de santidad laica, pero abordaban las cuestiones de la gente desde un sentido práctico, humano, terrenal, y por tanto más fácil de entender y usar (también tenían machismo y esclavitud, que no son tema de este texto).

Cuando un grupo de gentes tomaron el poder en nombre de un solo dios, con el que sólo ellos podían comunicarse, que sólo ellos entendían y que sólo a ellos les transmitía los criterios con los que tenían que regirse todos, todo se fue a pique. Se estableció una jerarquía, unas relaciones de dominio, unas imposiciones y unas sanciones para el que no las cumpliera.

El tema de la injerencia de las religiones en la vida no religiosa es una de esas cuestiones que no se acaban de definir nunca. Los partidarios de esas religiones piden que su creencia esté presente en todo, puesto que quieren que todo cumpla esos criterios que alguien aseguró que un dios le había transmitido directamente en persona.

Los que no tienen religión a la que aferrarse piden a los que la tienen que su fe se quede en el ámbito de lo privado, y que la ciencia y la urbanidad marquen el día a día de todos, porque cada uno tiene su propia sensibilidad y todas son respetables. Así que lo público ha de ser exquisitamente a-teo, sin dios, escrupulosamente atento a las cuestiones públicas de las personas para que funcione en paz el día a día de la gente. Y las religiones en casa de cada uno.

Los que tienen una fe dicen que el ser humano no es un animal precisamente porque tiene fe, y que reducirla al ámbito privado es como avergonzarse de ella y abandonar lo público a la barbarie. Es un enfrentamiento muy antiguo, unas veces cruento y otras no, y que no tiene visos de acabarse pronto.

La religión, como cualquier organización colegiada, protege ferozmente a sus miembros. De vez en cuando afloran casos de pederastia (contra los más vulnerables, los niños), de robo (contra la base de su sistema: la confianza de los demás), de manipulación. De hombres que juraron celibato y se dedican a las orgías.

Pero lejos de depurarlos, las religiones los protegen o los esconden. El mensaje es claro: consideran más enemigo al que no es de su religión que al delincuente entre los suyos. Los fieles se desconciertan, los ateos se indignan, todos los ciudadanos pagan las consecuencias. Y las religiones siguen, impunes.

 Y por si no hubiera bastante con el conflicto ateo-religioso, tenemos la historia llena de conflictos religión-religión. Todas quieren ser la única, todas consideran que son la verdadera y todas quieren tener el monopolio del espacio público. Y si de paso pueden extirpar a las demás, mejor.    

Sin entrar en los valores de ninguna de ellas, una de las cosas que más las iguala es la violencia ejercida contra las personas más cercanas, los pobres, los desamparados, los desbordados por los problemas, que viven el día a día buscando soluciones donde sea. Todas las religiones dicen que son acogedoras, pero todas ejercen violencia (o indiferencia) contra esas gentes. Muchas veces porque no son evidentemente creyentes: no van a reuniones o a manifestaciones en las calles.  Cuando la tensión sobrepasa un punto  soportable, sólo queda marchar. Y eso obliga a grandes desplazamientos, a migraciones de miles de personas para salvar la vida.

Después, lo que tantas veces se ve en los noticiarios: penurias por el camino y problemas de acogimiento cuando no un rechazo directo por parte de la tierra de destino. Es terriblemente injusto, pero también es una reacción con una lógica visceral: los refugiados no van a ir a los barrios caros ni van a competir por los trabajos de grandes ejecutivos. Los refugiados son un peso y un riesgo para los más pobres de cada sociedad. Que también son los más solidarios porque conocen la miseria. Y ya está la bomba montada.

El ser humano siempre ha buscado respuestas a las grandes preguntas. Y ha elaborado religiones para moverse en esa inmensidad desconocida. Es un deseo muy humano, como humano es tener una convivencia en paz. Por eso las religiones han de estar escrupulosamente separadas de la gestión pública. No deben estar mantenidas con dinero público, porque eso obliga a los que no tienen esa fe a financiarla. No deben formar parte de los estudios a ningún nivel, porque no se puede examinar la fe o la creencia de nadie, ni se debe obligar a nadie a memorizar unos textos en los que no cree.


Todas las religiones en su conjunto necesitan un fuerte saneamiento después de siglos de impunidad y de no adaptarse al presente. Y eso no quita que sean respetables en esencia, y que sus fieles tengan su espacio privado para sus reuniones y ritos. Pero deben mantenerse escrupulosamente fuera de la calle de todos.


21 septiembre 2015

Vivir como un patricio en Barcino

Europa entera está repleta de restos del pasado imperio romano. En la cuenca mediterránea basta rascar un poco la tierra para que aparezcan mosaicos, ciudades, estatuas… Barcelona, la vieja Barcino, es una urbe de millones de almas extendida a lo largo de 2.000 años de historia. Y de vez en cuando, las viejas piedras, a pesar del tiempo, recuperan la dignidad, y en alguna exposición vuelven a parecer lo que fueron: el suelo de una casa, la jarra en la que bebía la familia, el plato de poner la fruta… o una escena mitológica construida con cientos de minúsculas teselas.

En el casco viejo de la ciudad, ese entramado de pequeñas calles que estuvieron cercadas por murallas, hay una calle llamada Avinyó, y en su subsuelo, los restos de la casa de un romano del siglo I, un domus. La exposición, abierta todo el año, recibe a la gente con la reproducción de un soldado y de un campesino a medio salir de la propia pared, porque forman parte de los muros de esta ciudad. 

Y un pequeño cartel anuncia: “Mura. Representación, símbolo y defensa. Desde su fundación como colonia, Barcino quedó rodeada por una muralla, sobre la cual nos encontramos ahora. El primer recinto, construido con técnica militar, pero con una función representativa y simbólica, delimitaba el perímetro sagrado de la ciudad (pomerium). En la segunda mitad del siglo III dC se reforzó la muralla con 76 torres y un cuerpo cuadrangular en la facha marítima que ha recibido el nombre de Castellum y que le daba el aspecto de una plaza fuerte fortificada”.

Al pasar a las penumbras interiores la sensación es de entrar sin permiso en la casa del vecino, y casi parece que huele a pan recién hecho (había un horno) y que un romano saldrá de detrás de ese panel a preguntarte si quieres tomar una copa de vino. La casa estaba al lado de la muralla y probablemente ocupaba una de sus ínsulas, esos cuadrados que fueron el origen de las manzanas del Ensanche barcelonés.

Las cerámicas, los espacios para recibir a las visitas, el lugar del triclinium… todo habla de una organización doméstica, de una organización de la vida y de las cosas que fue uno de los éxitos de la expansión del imperio: un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio.

Naturalmente, no hay nada totalmente bueno ni totalmente malo. Esa organización tenía una inmensa masa de mano esclava que realizaba las tareas más duras. Y un ejército que cuando no luchaba ni entrenaba construía puentes y carreteras: la Via Augusta media 1.500 km. Tenía una red comercial que puso en contacto entre sí a todo el mundo conocido hasta entonces. Un sistema de comunicaciones que permitía organizarlo todo en tiempo récord (para la época). Hizo del Mediterráneo el mare nostrum.

Pero sobretodo, lo que más atrae la atención en el domus es el espacio destinado exactamente a lo público, a atender visitas y comerciantes, a celebrar banquetes porque era su forma de relacionarse antes del periódico, el teléfono, o las redes sociales. Era la sociabilidad, el intercambio cultural y de opiniones, la curiosidad por todo, fuera propio o ajeno.

En sus orígenes, los romanos comían una sola vez al día, al atardecer. Trabajaban desde bien temprano, hacían un pequeño tentempié al mediodía y seguían trabajando hasta que caía el sol. Era el momento de la familia, los amigos, los tratos, y alrededor de la comida y la bebida, las conversaciones, las noticias, los planes. El tiempo los fue convirtiendo de república en imperio y las cosas cambiaron.

Los restos de la casa muestran un cuidado en el detalle, una decoración elegante, unos suelos de mármol y unas escenas en las paredes reconstruidas a base de paciencia y cientos de teselas de colores. Y dan una clave de los gustos culturales del propietario, al que le atraían los recitales literarios.


Toda la exposición rezuma la tranquilidad de una vida cómoda, sin lujos excesivos pero también sin necesidades, esa bendita clase media que es la que sostiene todas las estructuras estatales del mundo. En las florituras del techo parecen haberse enganchado algunas notas de flauta, las voces de los lectores están en las imágenes de las paredes, y en los cuadros blancos y negros del suelo se notan las migas de ese pan que se cocía en un horno más antiguo que los propios muros de la casa.

Esa sensación de bien vivir, de sentirse parte del mundo, de disfrutar de los árboles, de los cielos, de las cosechas, de las conversaciones, de las gentes y sus culturas. Sí, también esa sensación de que el trabajo pesado lo hacen otros, en las guerras mueren otros, las decisiones duras las toman otros. La certeza de formar parte del mundo, de girar con él, de estar en el magnífico nacimiento de la primera flor de primavera y en la dolorosa muerte de alguien. 

Porque la Vida no pide permiso ni la Tierra afloja la velocidad. Todo sigue viviendo, todo sigue girando. Y en un domus que quedó enterrado hace dos mil años, las teselas siguen formando una imagen, los techos siguen teniendo flores pintadas, las voces dejaron sus ecos en las paredes y en el horno se van apagando las cenizas...Barcino, siglo I

El futuro no es un regalo. Es una conquista.