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10 julio 2019

Nosotros y los otros

El subtítulo del libro no deja lugar a dudas: Efectos colaterales de la Guerrilla Argentina en una familia que migró de Cosquín a Barcelona, una obra editada en 2018 por Caligrama. A lo largo de más de 500 páginas, su autor, Ricardo Jorge Ruggero, va desgranando la historia de su familia y de las gentes de su entorno en un momento de la historia de Argentina en que la violencia no estaba controlada, los militares no estaban en los cuarteles y las armas no estaban calladas.

La llegada de los abuelos (italianos) a Argentina, el funcionamiento de su sastrería como eje vital de todos, las relaciones con los vecinos, las gestiones para las cuestiones cotidianas… y como eje en paralelo, como telón de fondo, una invencible fe católica practicada en el día a día. No sólo en acudir a misa, sino en labores de parroquia, en solidaridad con los más necesitados, en estar presente en los lugares más desfavorecidos.

El protagonista ausente de la novela es José, el hermano del autor, un hombre que participaba de la misma fe y las mismas ideas políticas, pero que las entendía con otra práctica, lo que le llevó a ser miembro activo y clandestino de los Montoneros.
 
Cura obrero José Aldunate
De las conversaciones entre hermanos, de las reacciones hacia el comportamiento de la jerarquía eclesiástica, tan contrapuesto al trabajo y el esfuerzo diario de los párrocos de base, surgió en Jorge un pensamiento bipolar, expresado cuando detalla su trato con un cura obrero: “Cambió mi manera de ver la Iglesia y de vivir sus sacramentos. Con él aprendí a conocer la Iglesia estructura, con sus boatos, su organización piramidal y en muchos casos insensible a los problemas de los pobres, a la cual respetó y guardó obediencia, y a la Iglesia esencia, de la palabra de Cristo y de aquellos que trataban de seguirla a pesar de las persecuciones”.

A esa visión se aferró para colaborar en labores solidarias en barrios marginales y para sobrellevar todos los acontecimientos que le depararon los años: “Me cambió el momento de la confesión, donde pasó a ser más importante el arrepentimiento de lo incorrecto que la penitencia, porque realzaba el sacramento del perdón de los pecados”.

Felicitación de Jorge y Rosita
El tema que recorre cientos de páginas es el fallecimiento de José y su mujer Marta en un enfrentamiento, la desaparición de sus cadáveres, la adopción por parte de Jorge de los hijos de su hermano (el gran pilar de acero de la vida de Jorge es su mujer, Rosita, siempre discreta, elegante y sonriente, sólida como una roca), la búsqueda de sus huesos, la entrega de unos que no eran y la múltiple búsqueda de los huesos propios y la identidad de los huesos prestados.

Todo, entretejido con las glorias y las miserias de cientos de personas implicadas de una forma u otra en aquellos hechos, de la historia de Argentina, de la emigración de la familia a Barcelona (España), de las bodas y los nacimientos que fueron sucediendo con los años, de la restauración democrática y los juicios. De la identificación de los huesos.

Una obra biográfica, personal y a la vez coral, donde cada nombre tiene su momento, su relato imbricado en el relato de todos, en la historia que los marcó a todos. No es un relato de aventuras, es el relato de la aventura de seguir vivos, a pesar de todo. 

“Reflexionando acerca de ellos y nosotros evoqué las duras épocas de la militancia, sufriendo persecución y represión… Como el flujo y reflujo de los océanos, y casi como todo en la vida, cambiaron las cosas… Ahora, esos mismos represores tienen que afrontar el peso de su responsabilidad, pero no de un aparato de Estado terrorista, sino de la justicia misma con todas las garantías constitucionales. Nada más y nada menos".

24 noviembre 2008

La verdad se empeña en no morir

Recientemente el juez Garzón abrió grandes esperanzas incoando actuaciones por las desapariciones de republicanos en tiempos de Franco. Le dijeron que no quedaba ningún responsable vivo. Pidió el certificado de defunción del dictador cuando faltaba un mes para celebrar el 33 aniversario de ese óbito y todos creyeron que era una estupidez para mantenerse en la actualidad. Recibido el documento, cerró el expediente y pasó el caso a los juzgados ordinarios salpicados por toda la península donde se ubican los 140.000 enterrados en fosas comunes.

Garzón es cualquier cosa menos tonto o ignorante de los procesos judiciales. Siendo un asunto de tamaño nacional, le correspondía incoarlo y buscar al culpable. Y si ha fallecido, tenia que aportar el certificado legal para que el asunto pudiese pasar a los juzgados cercanos a las tumbas, donde se seguiera el proceso y las familias pudieran exhumar los restos y obtener certezas. Lo que ha hecho Garzón ha sido seguir escrupulosamente la ley para que esa úlcera oculta pudiera sanarse sin que la cerrara en falso un tecnicismo.

Una noticia llegada del otro lado del océano habla de las últimas declaraciones del presidente chileno Salvador Allende. Después de 35 años con una versión oficial sobre sus últimas palabras y los responsables de que se hubieran salvado, resulta que no fue así. El periodista Rubén Adrián Valenzuela, afincado en Barcelona, desvela que fue él y no otros quien recogió esa voz, que no fue una llamada sino tres, que habló personalmente con el presidente y que tiene la grabación y recuerda los comentarios de Allende en sus últimos momentos, antes del asalto definitivo al Palacio de la Moneda. Que el fallecido confiaba en el general Pinochet y no creía que estuviera detrás de los tanques que querían matarlo. La prueba de que Valenzuela fue testigo directo lo certifican las heridas de bala que recibió en el asalto.

Parece que la verdad se empeña en no morir. Hechos que sucedieron hace décadas, versiones oficiales, méritos que alguien se adjudica injustamente, silencios cómplices o piadosos que han ido poniendo una capa de sangre hecha cenizas sobre la historia. Y cualquier dia se alzan voces que dispersan ese polvo, argumentos que revuelven conciencias. Son testimonios que se niegan a vivir en el olvido, que es una forma de estar muerto. Y delante de ellos, oídos de gente que ni había nacido entonces y que escuchan desconcertados unos relatos que les suenan a rancio.

Unos afectados directos quieren saber qué pasó de verdad. Otros quieren que de verdad se deje en paz lo que pasó. Los dos apelan al tiempo transcurrido, unos porque ha sido de mentira injusta, otros porque remover huesos de muertos y perturbar protagonistas ancianos no mejora nada: los muertos, muertos van a seguir, lo que fue injusto, injusto sigue siendo. Los méritos que se apuntó alguien, convencido de que eran una especie de verdad sin dueño, tienen que ser desenmascarados. A cualquier lado el océano. Y poco más. Descubrir las mentiras sangrantes de un culpable y dejarlo en evidencia ante sus vecinos y su familia después de décadas de silencio plomizo ya es suficiente afrenta. Pretender enfrentarlos a su conciencia sería presuponer que tienen, y eso no siempre está claro.

Y todos estos clamores en medio de un presente que está por cualquier tema menos éste. Un presente de unas generaciones a las que todo eso le suena a prehistoria, unos hijos de culpables que quieren paz para sus ancianos, unos hijos de víctimas que quieren paz para sus recuerdos. Que prefieren gastar el tiempo y el dinero en presentes y futuros, no en pasados amargos y difusos.


A Lincoln se le atribuye una frase: "los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla". Quizás por ahí esté el tercer camino, la medicina de esta sociedad. Que no se olvide la propia historia, que quede recogida con letras de molde, que cada hecho tenga sus autores y sus víctimas y sus cifras. Que los culpables sean declarados culpables. Y poco más. Llenar las cárceles de ancianos es volver al estado de barbarie, pese a que los asesinos también llegan a viejos. Descubrirle a un hombre que no es quien cree ser, sino hijo de unos desaparecidos y fue regalado a sus segundos padres es una carnicería moral. Es desguazarle la vida sin alternativas, cuando además no es culpable de nada. Abrir causas penales, sacar listas de culpables a voz en grito, buscar condenas… No es ese el camino de la paz. Poner cada cosa en su sitio, sí. Y poco más.

No podemos acusar a un colectivo de destrozar vidas y a la vez ponernos a destrozar las suyas: nos igualaríamos a ellos. Tampoco podemos dejar impunes delitos y heridas que todavía sangran, porque tal como comentó Ian Gibson, “no se reabre una herida, porque nunca se cerró”. Hemos de tener el honor que ellos no tuvieron nunca, la nobleza que jamás encontró sitio en sus corazones de mala calidad. Limpiar la historia para que luzca verdadera, con todos sus matices y con todos los agujeros que ha creado el paso del tiempo. Darle a cada uno el mérito que fue suyo o la culpa que le corresponde. Hacer las paces con nuestro dolor y nuestras ausencias.

Y seguir caminando.

Texto y fotos: Marga Alconchel