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12 agosto 2016

Qué es ser europeo?

El Palau Robert (Barcelona) abre la puerta a una reflexión intermitente en la vieja Europa: ¿Qué es ser europeo? ¿Qué lo define? El lugar de nacimiento, los padres, el sentimiento de pertenencia, la concesión de asilo? Bajo el nombre L’home Europeu y hasta el próximo 4 de septiembre se da rienda a distintas voces que comentan su propia vida.

La exposición se abre con una reflexión extraída de la obra de Jorge Semprún del mismo título. Y recuerda que hay en el suelo europeo jóvenes y muy jóvenes marcados por conflictos bélicos presentes, al lado de padres y abuelos que vivieron los suyos. Y en medio, las generaciones nacidas en los años 70 y 80, puente entre todas esas realidades y que deben gestionar la suya propia. 

Hay paneles con testimonios personales. Desde gente de Rumanía que sólo quiere alejarse lo más posible de ese lugar y empezar una vida que no tenga represión y paternalismo sobre la cabeza y que acaba estrellándose en otra sociedad en la que no sabe o no puede encajar. Gente que ha recorrido la misma ruta de supervivencia que hizo su padre escapando de un Gulag, a través de las montañas, intentando entender qué pudo sentir y que acaba explicando que las fronteras son un concepto, no una diferencia geográfica.

Gentes que vinieron a esta parte del continente no pensando en lo que podían encontrar aquí si no por huir de lo que tenían allí. Jóvenes que se quedaron allí mientras sus padres venían a ganarse la vida y que expresan una inmensa amargura por la ausencia de su padre o su madre, algo que el dinero o los regalos no les compensa. Unos padres que no se fueron por diversión, sino para poder enviarles la economía que les permitiera sobrevivir, aunque eso significara perderse la fiesta de cumpleaños.

Inevitablemente, hay paneles con opiniones que giran en torno a la religión. Los que practican la suya sin grandes aspavientos, pero pidiendo espacio, presencia, un grado de protagonismo. Personas afincadas en Francia que opinan que si el estado es laico, no ha de favorecer a una religión, pero las ha de permitir todas. Gentes que defienden su forma de vestir y exigen que se respete, como se respeta la piel llena de tatuajes. Y entre el público que lee los paneles se oye una voz amarga que murmura: “…los tatuajes no esconden bombas….” “…yo quiero saber con quién hablo, quien está delante en la fila del super, quiero verle la cara, igual que yo enseño la mía….”

Opiniones de inmigrantes de segunda generación, practicantes ligeros de la religión de sus padres, que muchas veces siguen más por tradición familiar que por convencimiento. Que trabajan en empresas locales, juegan al fútbol, van al cine y que comentan que rechazan de plano toda violencia, que además les perjudica a ellos más que a nadie, porque los demás los meten a todos en el mismo saco. Y miran de frente diciendo: “Nací aquí, soy tan europeo como tú”.

Hay un panel con rostros anónimos enmarcados, caras que retratan a un criminal, a una monja, al tonto del pueblo, a un señor, a un niño jugando… gente normal, gente marginada, la gente observada por Piero Martinello para preguntarse por la raíz del concepto europeo, cuál es “la identidad profundamente enraizada en el ensalzamiento de unas cualidades y el rechazo de otras”. 

Pero al ver tantísima variedad surge siempre la reflexión de cuánto abarca el concepto “europeo” o qué es lo que no abarca, teniendo en cuenta que la historia de la vieja Europa es la de un trasiego permanente de personas y culturas. 

24 julio 2008

Africanos para Africa

Africa es una isla inmensa. Tan grande, que cabe en ella desde el mundo árabe del norte, el desierto eterno del Sahara, las selvas del centro, el mundo negro y hasta las minas de diamantes del sur. Tan inmensamente rica que tiene los yacimientos de minerales estratégicos más importantes del planeta y tan inmensamente pobre que millones de sus gentes mueren de hambre. Tan acogedora para ofrecer lo que tenga a cualquier visita. Tan inhumana con su propia gente como para enzarzarse en genocidios tribales sin pestañear. Tan desesperada como para jugarse la vida detrás de un sueño que vio en la tele: las pateras y los cayucos vomitan fracasos, el mar se traga gente que nadie cuenta. Pero abrir las puertas sin más no es la solución. La solución no es vaciar Africa.

Es una isla tan grande que en ella caben ciudades con tecnología punta, sociedades feudales y comunidades prehistóricas. Tan grande que no se conoce a sí misma y ha sido deseada por todos los exploradores del mundo. Lo que esgrime siempre para justificar sus males es el colonialismo europeo, y siendo una verdad incuestionable, no se sostiene como causa. También rechazan la religión católica vinculada a esos tiempos, y están adoptando masivamente el islam, que les habla contra lo occidental y que tampoco es suyo. Dios contra Dios.

No sirve que vaya de víctima. Todos los pueblos del mundo han invadido y han sido invadidos, han robado y han sido robados, han matado y han sido muertos. También fueron colonia europea Canadá y EEUU y Australia. Y también media Europa fue colonia de la otra media. Y toda ella fue colonia de Roma. Y a nadie se le ocurre hoy ir a la Ciudad Eterna a reclamar. La historia es como es y no vuelve atrás. No es un orgullo, pero ya pasó. Hay que aprovechar lo que queda, enterrar los muertos y seguir caminando. Las generaciones que van subiendo conformarán un buen futuro, pero el presente urge.

Exigen capitales a Europa, que después se disuelven en un marasmo de corrupción, señores de la guerra, intermediarios… También hay casos impecables, pero son una flor en el desierto. Una ONG fabricó un pozo artesiano para que un poblado tuviera agua potable. Los jefes de la zona lo destruyeron porque eliminaba el peaje que ellos cobraban sobre el único pozo de la zona, y echaron a los de la ONG. La vida humana no les merece ningún valor, sólo importa el negocio. Y ni siquiera a medio plazo, sino para el día a día.

La situación es compleja: con una extensión de varias europas, genera riqueza, recibe dinero y se muere de hambre. Una de las claves está en su idiosincrasia. Una isla tan distinta de los demás continentes no puede ser tratada desde fuera como una pequeña unidad a la que se le impone un modelo de comportamiento. La democracia occidental, que es una versión del régimen político de la ciudad griega de Atenas, no es linealmente aplicable a Africa.

Por supuesto, en un mundo globalizado, en el que se lucha para que se entienda que estamos todos en el mismo barco, no se pueden admitir determinados comportamientos que van directamente contra el ser humano. La venganza tribal, la mutilación genital, la venta de niños, nada de todo eso ni de otros comportamientos ancestrales es admisible en una mesa común. Es parte del reto que tiene Africa. El otro reto es la autogestión. Sí que hay organizaciones y estructuras de gobierno y policías y tribunales. Pero no tienen la más mínima credibilidad. Desidia, nulo respeto por sus propias leyes… La corrupción es tan omnipresente que ataca al olfato.

Los problemas de Africa se tienen que solucionar en Africa y entre africanos. Eso no excluye al resto del mundo, sólo lo pone en segunda fila. Hay países africanos ricos que podrían invertir en su entorno, hay mucho por hacer, pero a su manera. Su propio trabajo es cohesionarse, formar realmente un continente negro, con toda la serenidad y la conciencia de su diferencia. Si Africa no fuera negocio, no estarían invirtiendo los empresarios chinos, con un potencial de expansión que se multiplica por años. Si no hubiera un futuro interesante, no habría multinacionales con inversiones milmillonarias. Se trata de que ellos lleguen a formar sus propias grandes empresas, gestionen su vida y su riqueza. Han de empezar a dignificarse sin griterío. Si siguen haciendo lo que están haciendo seguirán consiguiendo lo que están consiguiendo.

Deben crear sus propios sistemas de diálogo. Y deben respetarlos si quieren ganar respetabilidad en el mundo. Sus foros, su forma propia de coordinar sus áfricas. Sin ceder a presiones occidentales, pero entendiendo que han de caminar hacia un futuro interrelacionado. Muchas cosas de su presente son anacronías culturales que han de ser superadas. Deben llegar al grado de desarrollo y de serenidad como continente que les merezca sentirse orgullosos de sí mismos.

Tienen mucho por hacer, y un futuro tan grande como su sonrisa.


Texto: Marga Alconchel