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01 abril 2020

Bajo el sol de Kenia


Barbara Wood escribió esta obra en 1988, cuando su fama como escritora ya estaba consolidada. A lo largo de 750 páginas recorre la historia de dos familias, una de origen inglés y otra nativa africana, enfrentadas por la tierra, por el sentido de la vida, por las creencias. Todo, en una época convulsa en el que Kenia pasaría de ser protectorado a colonia y después alcanzaría la libertad.

Wood nació en Inglaterra en 1947; su familia se instaló en California (EEUU) cuando ella era pequeña. Después de abandonar sus primeros estudios se dedicó a viajar, luego se preparó y trabajó como auxiliar de quirófano y finalmente se dedicó en exclusiva a escribir. Ha publicado 22 obras, algunas de ellas fruto de sus viajes, como ésta sobre Kenia.

Barbara Wood  se documenta de forma intensiva para sus obras, ya que asegura que no se siente cómoda escribiendo sobre un país “que no ha pisado ni respirado su aire”. Se sumergió en su historia, visitó los lugares más interesantes, leyó libros, periódicos, revistas, investigó en todas las fuentes posibles y realizó entrevistas personales con expertos en cada tema que fuera a reflejar en el texto.

La novela, planteada de forma coral, se desarrolla a lo largo de varias generaciones, y cada uno de los protagonistas tiene su espacio, su desarrollo, sus razones, sus culpas y sus glorias. El relato se desarrolla con el paisaje y el clima de Kenia como fondo, la luz, el calor, la montaña que siempre está en el horizonte, el cauce del río…

Los personajes son de razas distintas, pero la cuestión racial no es un tema básico, es una causa más en la trama, supeditada a la motivación de cada colectivo. La familia de origen inglesa ya tiene varias generaciones nacidas en Kenia, sintiendo esa tierra como suya, ha plantado miles de hectáreas de cafetales con los que da trabajo a centenares de nativos. 

La nativa africana siempre los considera extranjeros, colonizadores que expolian sus tierras, no respetan su cultura y no entienden el espíritu del país. La mansión colonial donde viven los Traverton con sus criados keniatas, la cabaña de barro donde vive la hechicera, el árbol sagrado talado para crear un campo de polo, la tradición mística y los conocimientos sobre hierbas de la hechicera transmitida de abuelas a nietas desde generaciones...

Wood creó una obra extensa, una novela con una gran base histórica, que casi “se ve” en sus páginas, en la descripción de las sensaciones ante el paisaje, en la elegancia y la claridad con que describe algunas situaciones, incluida la irua, la tradición de mutilación ritual de las mujeres, un dato real en su novela. La lucha contra esa mutilación tuvo lugar entre 1929 y 1932 por parte de los misioneros británicos y en contra de la voluntad de la tribu kikuyu (mayoría en Kenia).

La tradición kikuyu considera la mutilación femenina como el rito de paso de la infancia a la edad adulta. La ceremonia, realizada por una mujer (en la novela, una hechicera muy respetada), implicaba una gran mutilación que complicaba extraordinariamente los partos posteriores, además de ocasionar, en muchas ocasiones, graves infecciones que podían acarrear la muerte. "Nadie ayudaba a la hechicera a realizar su trabajo secreto. Debido a su naturaleza sagrada, la irua requería una atención especial, una atención ritualmente limpia y espiritualmente pura. Empuñar el cuchillo no le estaba permitido a cualquiera, del mismo modo que tampoco cualquiera podía observar el procedimiento. Sólo podían presenciarlo las mujeres que estuvieran circuncidadas y tuviesen buena reputación en la tribu. Y la ceremonia era tabú para los hombres, hasta el punto de que se les castigaba si intentaban verla". Una de las protagonistas del relato es una doctora inglesa que lucha contra la práctica.

El libro en su conjunto es una obra voluminosa en el sentido de que su lectura no es plana, no es lineal, sino que transmite una sensación de amplitud, de grandiosidad, de circunstancias, decisiones y actitudes que van más allá del propio interés para imbricarse en el destino de África.



08 agosto 2015

África es muy grande


Recientemente se han oído voces de africanos que reclamaban una visión mucho más amplia del gran continente, una visión más realista pidiendo respeto y no una visión simplista y neocolonialista. Y han aparecido videos e imágenes de ciudades impolutas a la más pura tradición occidental, coches, trajes, negocios, estudiantes, universidades, ocio… prosperidad. (Foto: Ciudad del Cabo - Sudáfrica)

África es muy grande, mucho más de lo que plasman los mapas y globos que hemos tenido en esta parte del mundo y que siempre colocaban a Europa en el centro y a EEUU como lo más grande. Y por supuesto, en esa inmensidad de continente hay zonas con mucho progreso y mucha población que vive bien, que tiene empresas, trabajo, hijos en la universidad, etc.

Pero también hay muchísimas zonas que realmente tienen hambre: lo pueden confirmar todas las ONG que trabajan en el continente y que están desbordadas. Y todos los países mediterráneos conocen la llegada incesante de barcazas y de asalto a fronteras, de miles de personas que huyen de un lugar sin presente.  Muchos de ellos se quedarán por el camino. Si África fuera la mitad de espléndida de lo que venden esas voces, la juventud no se dejaría la vida por huir.

Hace poco un dentista norteamericano mató a un león que era todo un símbolo, y el clamor popular lo ha llevado a cerrar su clínica, a ser tachado de asesino, a que el gobierno del país africano pida una investigación internacional. Una ONG colgó una simple nota: ha muerto un león y hay reclamaciones internacionales. En el mismo país han muerto 50.000 niños de hambre y nadie se inmuta.

Tan ilógico es resumir todo un continente a las zonas de hambruna como todo lo contrario, negar que existan y mirar sólo lo exótico y pintoresco que resulta para los ojos occidentales.

Siempre se acusa a los países occidentales que aportan ayudas de mirar el continente negro por encima del hombro, en una actitud que ellos definen como “neocolonialista”.  Y para no caer en manos de los europeos y norteamericanos…. Se están vendiendo a las grandes empresas chinas ya las multinacionales que no tienen más patria que el dinero. Extracción de materias primas, minas de coltán en Congo  (imprescindible para los móviles), cultivos intensivos (piña en Nigeria y Kenia, café en Etiopía) que aportan muy poco a la tierra de la que salen.


Voces que no hablan mucho de esos expolios, voces que tampoco dicen nada de las muchas guerras del continente, en las que los soldados exhiben uniformes y armas nuevos… que alguien ha pagado, y no suelen venderse barato. En un continente tan complejo y con unas situaciones tan extremas, tildar a unos de “neocolonialistas” y no decir nada de los otros es demasiado maniqueo, demasiado simplista e intencionado. Nadie es un santo.


Voces que vuelven a hablar de los siglos de esclavitud que padeció el continente, un crimen execrable en todos los sentidos, pero que no se inventó para África, y sin embargo, hay voces que quieren que Europa les pague compensaciones por todo lo perdido. Cuando los europeos arribaron a las costas africanas, los mercados de esclavos ya existían, simplemente se ampliaron para acoger esa nueva demanda hacia las tierras americanas. La historia del género humano está trufada de episodios de esclavitud por muchas causas, desde la de someter al vencido hasta la de auto-venderse para liquidar una deuda. En Europa unos de los mayores esclavistas fueron los romanos. Ya pasó, hay huellas por todos sitios y seguimos adelante. Ningún país está reclamando a Roma indemnizaciones por sus campañas contra los arios, los galos o los hispanos.

 África es demasiado grande (en todos los sentidos) como para que esté hurgándose el ombligo con la espalda doblada y buscando culpables siempre fuera de su tierra. Tiene universitarios y hambrunas, tiene inmensas zonas naturales (que en otras partes del mundo ya han desaparecido) e inmensas posibilidad de progreso en todas direcciones. Un progreso que deben gestionar ellos mismos, según sus parámetros, con ayuda, con dignidad y hacia adelante. África es una admiración y un llanto.

 

24 julio 2008

Africanos para Africa

Africa es una isla inmensa. Tan grande, que cabe en ella desde el mundo árabe del norte, el desierto eterno del Sahara, las selvas del centro, el mundo negro y hasta las minas de diamantes del sur. Tan inmensamente rica que tiene los yacimientos de minerales estratégicos más importantes del planeta y tan inmensamente pobre que millones de sus gentes mueren de hambre. Tan acogedora para ofrecer lo que tenga a cualquier visita. Tan inhumana con su propia gente como para enzarzarse en genocidios tribales sin pestañear. Tan desesperada como para jugarse la vida detrás de un sueño que vio en la tele: las pateras y los cayucos vomitan fracasos, el mar se traga gente que nadie cuenta. Pero abrir las puertas sin más no es la solución. La solución no es vaciar Africa.

Es una isla tan grande que en ella caben ciudades con tecnología punta, sociedades feudales y comunidades prehistóricas. Tan grande que no se conoce a sí misma y ha sido deseada por todos los exploradores del mundo. Lo que esgrime siempre para justificar sus males es el colonialismo europeo, y siendo una verdad incuestionable, no se sostiene como causa. También rechazan la religión católica vinculada a esos tiempos, y están adoptando masivamente el islam, que les habla contra lo occidental y que tampoco es suyo. Dios contra Dios.

No sirve que vaya de víctima. Todos los pueblos del mundo han invadido y han sido invadidos, han robado y han sido robados, han matado y han sido muertos. También fueron colonia europea Canadá y EEUU y Australia. Y también media Europa fue colonia de la otra media. Y toda ella fue colonia de Roma. Y a nadie se le ocurre hoy ir a la Ciudad Eterna a reclamar. La historia es como es y no vuelve atrás. No es un orgullo, pero ya pasó. Hay que aprovechar lo que queda, enterrar los muertos y seguir caminando. Las generaciones que van subiendo conformarán un buen futuro, pero el presente urge.

Exigen capitales a Europa, que después se disuelven en un marasmo de corrupción, señores de la guerra, intermediarios… También hay casos impecables, pero son una flor en el desierto. Una ONG fabricó un pozo artesiano para que un poblado tuviera agua potable. Los jefes de la zona lo destruyeron porque eliminaba el peaje que ellos cobraban sobre el único pozo de la zona, y echaron a los de la ONG. La vida humana no les merece ningún valor, sólo importa el negocio. Y ni siquiera a medio plazo, sino para el día a día.

La situación es compleja: con una extensión de varias europas, genera riqueza, recibe dinero y se muere de hambre. Una de las claves está en su idiosincrasia. Una isla tan distinta de los demás continentes no puede ser tratada desde fuera como una pequeña unidad a la que se le impone un modelo de comportamiento. La democracia occidental, que es una versión del régimen político de la ciudad griega de Atenas, no es linealmente aplicable a Africa.

Por supuesto, en un mundo globalizado, en el que se lucha para que se entienda que estamos todos en el mismo barco, no se pueden admitir determinados comportamientos que van directamente contra el ser humano. La venganza tribal, la mutilación genital, la venta de niños, nada de todo eso ni de otros comportamientos ancestrales es admisible en una mesa común. Es parte del reto que tiene Africa. El otro reto es la autogestión. Sí que hay organizaciones y estructuras de gobierno y policías y tribunales. Pero no tienen la más mínima credibilidad. Desidia, nulo respeto por sus propias leyes… La corrupción es tan omnipresente que ataca al olfato.

Los problemas de Africa se tienen que solucionar en Africa y entre africanos. Eso no excluye al resto del mundo, sólo lo pone en segunda fila. Hay países africanos ricos que podrían invertir en su entorno, hay mucho por hacer, pero a su manera. Su propio trabajo es cohesionarse, formar realmente un continente negro, con toda la serenidad y la conciencia de su diferencia. Si Africa no fuera negocio, no estarían invirtiendo los empresarios chinos, con un potencial de expansión que se multiplica por años. Si no hubiera un futuro interesante, no habría multinacionales con inversiones milmillonarias. Se trata de que ellos lleguen a formar sus propias grandes empresas, gestionen su vida y su riqueza. Han de empezar a dignificarse sin griterío. Si siguen haciendo lo que están haciendo seguirán consiguiendo lo que están consiguiendo.

Deben crear sus propios sistemas de diálogo. Y deben respetarlos si quieren ganar respetabilidad en el mundo. Sus foros, su forma propia de coordinar sus áfricas. Sin ceder a presiones occidentales, pero entendiendo que han de caminar hacia un futuro interrelacionado. Muchas cosas de su presente son anacronías culturales que han de ser superadas. Deben llegar al grado de desarrollo y de serenidad como continente que les merezca sentirse orgullosos de sí mismos.

Tienen mucho por hacer, y un futuro tan grande como su sonrisa.


Texto: Marga Alconchel