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29 julio 2018

Ponga un lazo amarillo en su vida



Los seres humanos somos sociales, nos gusta estar en grupo, comunicarnos, debatir ideas, crear uniones para conseguir fines. Y a medida que crecimos como especie, los grupos y sus ideas se fueron dotando de símbolos tanto para reconocerse entre los propios miembros como para ser reconocidos por los demás.
Uno de los símbolos que ahora ocupa más el espacio público es el color amarillo, sea en forma de lazo o de cruces o de pintura o de vestimenta.  Mucha gente muestra un rechazo brutal contra el color o el objeto que lo exhiba, achacándole la simbología que más rabia le dé. Pero muy pocos han querido averiguar qué significa exactamente un lazo amarillo.
 
El lazo amarillo significa el deseo de quien lo porta para que salgan de prisión las personas que están encarceladas por sus opiniones, que vuelvan a casa. Sean de la opinión que sean. Nadie tiene que estar en la cárcel por lo que dice o por lo que opina, porque debatir ideas es el eje central de la política participativa. Por eso el lugar donde se toman las decisiones se llama Parlamento, “lugar donde se habla”. Así que encarcelar a alguien por lo que dice es, de entrada, un contrasentido.  Alguien podrá estar en desacuerdo con lo que dice otro o considerar que es una estupidez supina. Pero no es (no ha de ser) causa de cárcel. De ahí que muchos usen el lazo amarillo para defender esa libertad de expresión. Y que otros, arrimando el ascua a su sardina, ataquen ese lazo amarillo asegurando que simboliza una voluntad violenta de quebrar el status quo, la convivencia de todos.
 
El lazo amarillo se ha usado para las más diversas causas, probablemente porque es un color muy llamativo, sin desdeñar que sale mencionado en una canción tradicional inglesa de 1973 (She wore a Yellow Ribbon, ella llevaba un lazo amarillo) en recuerdo de una persona ausente y que de ahí pasó al mundo norteamericano, que es como decir el mundo entero. Después fue el símbolo de apoyo a los rehenes en la crisis de Irán (EEUU) y en apoyo a los soldados de la guerra del Golfo (EEUU). 


El lazo amarillo alcanza todas las sociedades humanas en todos los países. En Indonesia simboliza la solidaridad con las víctimas de la Revolución de 1998; en Italia, con los prisioneros de guerra; en Japón, apoya a los profesionales que son modelos públicos de conducta; en Singapur, impulsa una reintegración social a los que han estado en la cárcel.

También se usa en apoyo a las mujeres afectadas por endometriosis, en lucha contra la espina bífida y la hidrocefalia, hasta apoyo a las fuerzas armadas (en Alemania), solidaridad con los soldados de la Primera Guerra Mundial (Canadá) o lucha contra los incendios (Australia). Lazos amarillos se pusieron contra los efectos del ruido (España), por el hundimiento de Dong Fang Zhi Xing (China), por las víctimas del hundimiento del MV Sewol en 2014 (Corea del Sur).  


El ser humano, intrínsecamente solidario con el que sufre o con el que necesita ayuda, utiliza los llamativos lazos amarillos para expresar su pensamiento y su apoyo. 

En esta España que tanto duele a tantos, las reacciones viscerales son más rápidas que los análisis intelectuales, la facilidad de lo digital se usa antes que la reflexión, en una especie de tonta carrera a ver quién la dice antes, a ver quién la dice más gorda, a ver quién asusta más, a ver quién levanta más los ánimos. Y las voces de análisis quedan soterradas bajo tanto griterío instagrámico de redes sociales. La inmediatez en la comunicación es un gran, grandísimo logro de la tecnología y de la sociedad actual. No hay que dejar que se transforme en una apisonadora ciega.

Se han visto imágenes de gente arrancando furibunda cualquier cosa amarilla. Se han oído demandas exigiendo que no se coloque nada amarillo en un espacio público porque “lo politiza”. Exactamente, para eso es un espacio público, para que las personas expresen públicamente sus opiniones, y eso es la esencia de la política. También es un uso politizado cuando se exhiben banderas pre-constitucionales o cuando se defiende el maltrato animal llamándolo “fiesta”. Todas son expresiones de opinión pública, todas deben ser respetadas mientras no destrocen irremediablemente el espacio público. Siempre habrá quien le guste y quien no, pero eso no es causa para exigir que desaparezca la opinión del otro. Si no, nos veremos abocados a controlar los tiempos como en un parvulario y deberíamos haber superado ya esa fase.


La ignorancia y la voluntad de enfrentamiento ha llegado a solicitar a WhatsApp que elimine ese emoticón “por respeto a los españoles”, sin identificar si “los españoles” se sienten ofendidos por la endometriosis, la espina bífida o los soldados de Corea. Y si sólo son españoles los que les molesta y no los más de 46 millones con opiniones para todos los gustos. Un análisis más reposado avisa de que el lazo lleva años en la aplicación y que no tiene nada que ver con el independentismo catalán, que incluso se solidariza con el cáncer de huesos o las elecciones libres en Hong Kong.

Pep Guardiola es un entrenador de fútbol. Suele llevar un lazo amarillo visible, y se le ha amenazado achacándole una voluntad enfrentista, violenta contra la situación política legal. Y ha manifestado: Espero que los políticos que están en prisión puedan irse lo más pronto posible con sus familias. Si les puede pasar a ellos, entonces nos puede pasar a nosotros también por dar una opinión. La gente no debería confundirse y pensar que no podría sucederles a ellos, porque sí puede". No habla de la opinión de ninguno, sólo defiende que las opiniones  no deben meter a nadie en la cárcel, porque es la esencia de la democracia. Que cada uno opine lo que decida y que se hable, se parlamente.

Hablemos. Y que nadie vaya a la cárcel por hablar. Incluso si la idea es desmontar completamente el estado de las cosas. Quizás sea necesario desmontarlo porque está levantado en tierra movediza. O no, quizás sólo sea necesario sanear esa tierra. O no, quizás sea necesario atraer otros apoyos y afianzarlo mejor. Hablar, dialogar, comunicar, comunicar, que es la esencia del ser humano. Si no hablamos, somos menos que seres vivos, bajamos hasta el estado de bultos.
Corea del Sur, por las víctimas del hundimiento del MV Sewol


21 julio 2008

Cerebro y llanto contra el terrorismo

Las noticias sobre hechos terroristas salpican de sangre el dia a dia de todos. Los que realizan esos actos se amparan en unas palabras grandilocuentes y sagradas en todo colectivo humano: independencia, derecho a vivir la propia vida con los propios códigos, supervivencia cultural. Una especie de “vete, que no te quiero” dedicado a entidades estatales, ejércitos, y un confuso batiburrillo en el que cabe todo lo que no gusta.

Por supuesto, todos sabemos que la sangre no se limpia con sangre, por mucho que sea una frase impactante. Pero si dejamos de escuchar los gritos y los llantos y miramos más allá del color rojo, probablemente encontraremos algunas claves. Los movimientos terroristas se amparan en esas palabras, y usan bombas, armas, municiones… nada de todo eso se compra a plazos. Ahí hay dinero. Y ya que el dinero clandestino va con dinero clandestino, también hablamos de drogas, mercenarios… Por tanto estamos ante un negocio que mueve muchos billetes y que si acabara dejaría a mucha gente en paro. Hace mucho que para muchos, toda esta situación no es más que una empresa, una forma de vida. Como las guerrillas sudamericanas enquistadas en discursos irreales, pero viviendo de secuestros, rescates, narcotráfico y demás florituras.

Hace tiempo se propuso a los terroristas del norte de España que abandonaran las armas y se reintegraran a la vida civil con garantías y en un proceso delicado pero factible. Factible en la teoría, porque en el mundo real cruje. Un hombre que se ha pasado muchos años en clandestinidad, moviendo mucho dinero, teniendo un grado de poder en la organización y una sensación de prepotencia sobre los vecinos en función del terror que les inspira… Que lo deje todo y se dedique a la carpinteria ocho horas al día por un sueldo que es la décima parte de lo que cobraba. Irá a casa de los vecinos a pulir una ventana que no cierra bien o a hacer un mueble de cajones para los juguetes del nieto… No es creíble. Es una situación atrapada. Y necesita una salida inteligente y creativa. Porque mientras no tengan una opción realmente válida no van a cambiar. Ni su status económico ni su etiqueta de víctimas de la península, ni su íntimo orgullo se pueden intercambiar por un trabajo corriente. Tampoco se puede eternizar esta situación, y meterlos sucesiva y llanamente en prisión alimenta un caldo de cultivo para que aparezcan nuevos aspirantes a héroe.

Ya que su motivo publicitado es la independencia de esa tierra, se podrían injertar (los que no tengan delitos de sangre, que para esos hay leyes específicas) en las instituciones públicas de la zona. El objetivo de alcanzar el poder político es gestionar la cuestión pública. Pues que gestionen la cosa pública desde las propias instituciones; que demuestren lo buenas que son sus ideas. Que vean el mundo desde ese lado y gestionen esas cosas con todos esos condicionantes. Entre su gente, en tratos con todos, vistos por todos. Sin amenazas, sin publicar las ideas a balazos. Habría que articular todos los detalles, habría que hacer una auténtica obra de orfebrería política, social y legislativa. Pero anularía la etiqueta de su terrorismo: quieren el poder, ya lo tienen. Quieren la independencia, que comprueben qué están diciendo desde el propio poder.

Tampoco podemos actuar sobre los que ya han sido capturados y están en prisión con la indignidad que ellos han demostrado. Esa es una de los condicionantes de un estado de derecho: su grandeza y una de sus losas está precisamente en que no puede ser indigno con los indignos. Hay un terrorista en prisión que está a punto de ser liberado, que jamás se ha arrepentido y que irá a vivir cerca de la familia de una de sus víctimas. Se oyen voces airadas y dolidas para que no salga nunca de prisión. Ese es el sentir, pero no puede ser el derecho. Se le juzgó, se le aplicó una pena y la ha cumplido. Si queremos que respeten la ley, nosotros mismos debemos ser escrupulosos con la ley. Debe salir, aunque nadie lo quiera de vecino.
 
Aunque lluevan lágrimas.

Texto: Marga Alconchel