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18 abril 2016

Tenía 3.500 amigos en Facebook y murió solo

José Ángel vivía en un pueblo de Pontevedra rodeado de basura, aunque él probablemente no la definía así. Recogía cosas de los containers montado en una de las bicis que también había rescatado. Enfermo con  síndrome de Diógenes, acumuló tal cantidad de trastos alrededor de su pequeña casa que sólo podía entrar y salir por una ventana. Por donde entró la policía para recuperar su cuerpo, que ya llevaba una semana muerto.

 José Ángel tenía 51 años, vivía solo y estaba solo en el mundo real, aunque tenía 3.544 amigos en Facebook y se comunicara habitualmente por Whatsapp. Precisamente uno de sus contactos, una mujer de Canarias, avisó a la policía de Vigo porque hacía una semana que no le contestaba.  Lo encontraron, salió en los medios, había nacido en Vigo, se explicaron los datos conocidos. Nadie reclamó su cuerpo, nadie se presentó como familiar o amigo real. El ayuntamiento se hizo cargo del entierro como acto de beneficencia, y fue colocado en el cementerio de Pereiro tras el número 113.

La noticia que recogen los medios  recuerda otros casos de otros indigentes que en pleno invierno han hecho fuego para calentarse y el humo ha acabado asfixiándolos, o el fuego calcinándolo todo, sin que nadie se haya dado cuenta hasta que el olor se ha hecho insoportable o los bomberos lo hayan entresacado de los restos.

Dicen que ellos no quieren ir al médico, dicen que viven así porque quieren, dicen que no aceptan los servicios de beneficencia de las Administraciones. Lo que no dicen con tanto énfasis es que son personas enfermas, personas que en algún momento perdieron el camino para relacionarse con los demás, personas que quedaron atrapadas en sus propias telarañas mentales y no encuentran la salida.

El espacio físico que una persona considera “su casa” es, literalmente, su refugio, el  lugar donde se siente a salvo. Para ellos, acudir a un centro donde le faciliten ayuda con la casi obligación de ducharse (tiempo que algunas veces emplea la organización para tirar sus ropas mugrientas y darle otras limpias), es un momento de mayor vulnerabilidad: desnudo en un ambiente extraño, y encima, despojado sin permiso de la ropa que llevaba puesta. Para los ojos del mundo, les hacen un favor. Para sus ojos dolientes, les avasallan su poca dignidad.

No quieren ir al médico, según la opinión más extendida. Un médico se empeña en tomarte la presión o pincharte para medirte el azúcar, actos que se ejercen sobre un cuerpo que no suele estar limpio. A la sensación de vergüenza se añade la de intromisión. Y después vienen los imposibles: la cantidad de medicinas que se le recetan, gente que no tiene tarjeta médica o que la tiene de beneficencia, a la que le resulta muy complicado seguir tratamientos, tomarse mediciones, hacerse analíticas, además de las larguísimas esperas.  Y todo eso para qué? Para que la tos no resuene en la barraca en la que viven, para que no le pique tanto el sarpullido de tocar cosas corrompidas.  Remedios para unas enfermedades difíciles, porque el primer tratamiento sería cambiar de vida.

Se habla de Ley de Dependencia, de Síndrome de Diógenes, de Síndrome de Noé (acumular mascotas abandonadas). Son derrumbes humanos, personas que están vivas porque la vida se abre paso por encima de todo, pero que anímicamente andan muy al límite. Las Administraciones, desbordadas, tramitan docenas de denuncias de vecinos, acuden los servicios asistenciales. Ponen en marcha toda una maquinaria con muy buenas intenciones, pero demasiado burocrática para unas personas que necesitan, por encima de todo, a personas.

El problema es complejo, porque cuando se llega a esos límites, la estructura interior que nos mantiene “normales” a todos, en ellos se ha desfigurado hasta perder toda la fuerza. Pueden haber llegado a ese estado desde cualquier punto de la vida, desde una ruptura amorosa, una muerte que no superan, un fracaso laboral o una insatisfacción vital profunda. En todo caso, siempre va pareja una depresión que les pone plomo en las alas. Quieren ayuda tanto como la temen, porque los cambios alteran su pequeño mundo y siempre pueden traer algo destructivo.

El eje de su estado es una soledad enorme y una enorme distancia con el mundo, y ambas son causas una de la otra. Quizás el primer paso y el tratamiento a largo plazo sería una labor continua, indesmayable, de sicólogos, de educadores de calle, de personas con los conocimientos y la disposición para salvar a esas personas de su propio derrumbe interior antes de que la casa se les caiga encima.





29 marzo 2016

Quiero ir a la cárcel, hay médico gratis.

Una noticia humana sobresale en toda la vorágine de titulares repetidos entre política y masacres terroristas. Según The Financial Times, hace años que en Japón los ancianos cometen pequeños robos para que les lleven a la cárcel. No son grandes cosas, no hay violencia. Simplemente es la causa que necesitan para que les lleven a la cárcel, donde tienen asistencia médica gratuita. La noticia parecería casi una broma si no escondiera una realidad detrás: el 40% de los mayores de 60 años viven solos, los ingresos son bajos y el país es caro.

Más de la tercera parte de los hurtos (el 35%) son reincidentes, y no poco: en 2013 el 40% de ellos robaron más de seis veces. Comparado con 1991, una época de bonanza económica, han aumentado un 460%.

Es un síntoma de una sociedad (la moderna) en la que se estima que hacia 2060 casi la mitad de su población tendrá más de 60 años. Los estándares de vida actuales, los sistemas laborales y la poca protección a las capas no productivas de la sociedad (niños y mayores) están empujando a muchas personas a buscar soluciones desesperadas.

Porque ha de ser desesperante que la única solución para tener techo y comida cuando se han cumplido 60 años sea estar en la cárcel. Puede parecer una peculiaridad de la sociedad nipona, pero es un síntoma de lo que puede ocurrir en cualquier lugar.

La obsesión por hacer negocio con lo que sea, convirtiendo la salud en un producto más, es contraproducente. No sólo a nivel humano, por el desasosiego y el desamparo. No sólo a nivel social, por el abandono descarnado sobre aquellas personas que trabajaron durante décadas en la creación del status que tenemos todos. También a nivel poblacional: un colectivo empobrecido y enfermo consolida una sociedad y un país empobrecido y enfermo.

Los hospitales y la asistencia médica en sí misma, tiene un costo elevado. Las industrias farmacéuticas invierten muchísimos recursos en conseguir fórmulas y productos que mejoren la salud. Las empresas que fabrican maquinaria médica también han de pagar salarios e impuestos. Todo ese coste ha de ser cubierto, lógicamente. Pero hay un punto en que deja de ser beneficio razonable para entrar en usura.

No se puede etiquetar la salud, que no deja de ser Vida, como un negocio. Un estado debe proteger la vida de sus ciudadanos, porque ellos son la razón de ser de un Estado. Ningún país existiría, por definición, si no tuviera personas. Por tanto, las personas son lo principal, y han de estar protegidas por las instituciones a las que entregan sus impuestos y en las que delegan la gestión de las cuestiones públicas.

Los presupuestos han de contemplar el gasto sanitario como un coste de mantenimiento del país, no como un gasto por culpa de los enfermos. Gastar (invertir) en la salud de la población implica, en poco tiempo, que las cifras se reduzcan porque la población está sana. Mercadear con la salud, privatizar lo que se levantó con el dinero de todos, cerrar hospitales…  es poner el primer motivo para que nuestros mayores (que no son de Japón) empiecen a robar manzanas en los mercados.



22 diciembre 2015

Nuestro viejo presente

Varias décadas de historia se sustentan sobre unas piernas artríticas, calzadas con unas bambas de colores chillones (“me las ha regalado mi nieto, son cómodas”). Saca una lupa del bolsillo y escruta el listado de médicos que hay pegado en la pared del ambulatorio, porque no encuentra el despacho del suyo: “Antes estaba después del mostrador, pero ahora no sé dónde está”.


Se sienta pacientemente, con sus temblores, su boina (“mi nieto dice que me ponga gorro, que la boina es de viejos, pero los gorros son de críos”), sus papeles en la mano.


Son nuestro pasado, nuestras raíces, nuestra historia. Y también nuestro presente, porque ése lo conformamos todos, desde los bebés hasta estos retazos de historia viva.

Estamos en resaca electoral, pero no quieren hablar de política. Se confunden con los discursos y las estrategias, sólo quieren tranquilidad para ellos y progreso para los suyos. Nacieron cuando la guerra civil, una larga tragedia que les marcó de forma subliminal de por vida, y ahora cualquier rifirrafe entre políticos les incomoda mucho. No quieren este estado de cosas, pero cuando un partido habla de grandes cambios y revoluciones, a sus oídos vuelven las bombas y las granadas, y en su estómago la tenaza del hambre. Y el miedo.

No quieren esto, pero temen las consecuencias de lo otro. Y sacan su instinto de supervivencia: resistir, al precio que sea, sobrevivir. Callar, no molestar, caminar pegados a la pared, adaptarse a un subsidio limosnero y a unas facturas de luz megalómanas. Su única fuerza es su voto, un papelito dentro de un sobre, una gota en medio del temporal electoral. Y como desconfían, muchas veces no van a votar, porque “total, ¿para qué? si harán lo que les dé la gana”.

Entran a la consulta del médico que les habla de analíticas y de porcentajes y de colesterol y azúcar en sangre (“¿cómo puede haber azúcar en la sangre?”) y diuréticos y hacer ejercicio. Y ellos, trabajadores desde antes de ser críos, se preguntan si después de sesenta años trabajando aún han de hacer ejercicio.

Pasean por nuestro lado por las calles, nadie les hace caso, están más enfermos de soledad de que ácido úrico, les duele más no existir en el mundo que no entender dónde está Internet. Se sientan al sol para que se les calienten las rodillas, para ver lo hermosos que son esos críos con edad de nietos sonrosados, que tienen de todo y nunca han conocido más hambre que la de desear chocolate a todas horas.

Son nuestro pasado vivo y nuestro presente. La juventud cree que los únicos presentes son ellos, pero en el tiempo presente estamos todos, en el pasado estuvieron ellos y en el futuro nadie lo sabe. Se les debe un respeto y un afecto, y sólo consiguen indiferencia.

Oyen la vorágine de los pactos postelectorales, de las alianzas contra-natura, de las noticias del mundo. Oyen que nosedónde han masacrado a un pueblo entero porque no era de su misma religión. Y que en otro sitio venden niñas de cinco años, y en otro, los niños son soldados asesinos. Y nuestros ancianos, los nuestros, se van con el paso renqueante a comprar el pan y un litro de leche desnatada. Algunos, para comer en soledad. Otros, para compartir como puedan su escuálida pensión con su hijo y su nuera y los críos, todo el mundo en paro.

Y algún partido da zarpazos inmisericordes en la hucha de sus pensiones, como si el dinero que se acumuló después de décadas de trabajo obrero no tuviera mejor destino que tapar las vergüenzas de los especuladores y los intereses inconfesables. Y les dicen que en el fondo es por su bien. Ese bien debe estar muy en el fondo, porque no se ve.

Y ellos se duelen en silencio, porque su historia no está hecha de gritos y reivindicaciones, sino de resistencia, resistencia numantina desde aquella guerra, aquellas hambres, aquellos trabajos durísimos…. Esta crisis, esta pensión mísera, estos apuros para sobrevivir a la vejez. Este ver a los hijos a los que se pagó los mejores estudios posibles que ahora estén a salto de mata con mini-trabajos mal pagados, de cuatro días, y siempre con la opción (¿opción?) de irse al extranjero a conseguir lo que aquí les han robado: el presente.

Y los políticos en la tele siguen hablando del futuro.