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12 agosto 2016

Las tumbas de los terroristas

Los casos de terrorismo suicida producen el gran rechazo social en las sociedades donde suceden. Y una vez pasado el primer impacto y las brutales consecuencias, se vuelve poco a poco a gestionar el día a día. Y surge el primer tema delicado: qué se hace con el cadáver del terrorista. Quién se hace cargo de los restos del que mató a tantos inocentes.

El pasado mes de julio, Jacques Hamel, un sacerdote octogenario, fue degollado en Saint Etienne du Rouvray en plena misa por dos asaltantes yihadistas. Fueron abatidos. Y la comunidad islámica del pequeño pueblo se negó a enterrar a uno de los asesinos, vecino de ellos, “para no ensuciar el islam con esa persona”. Un musulmán de la comunidad comentaba que es normal que se tome esa decisión después del inmenso daño que causó el terrorista. Luego el imán matizó: Es un deber respecto a las familias, que no tienen nada que ver, pero actuará un religioso exterior. 
El tema no es trivial. No solamente es el rechazo de la comunidad islámica y el alto riesgo de profanación. Es que los terroristas suelen hacer alarde de haber rechazado el país en el que nacieron y viven (muchos son de segunda generación) y sólo reconocer el Daesh, con lo que enterrarlos en ese suelo se vuelve doblemente problemático.

Cada país tiene sus propias normas. Gran Bretaña y Francia consideran un derecho que cada persona sea enterrada en el lugar donde residía. Gran Bretaña dice que son sus hijos y se han radicalizado en su suelo, son su responsabilidad. El padre de un terrorista pidió enterrar a su hijo a las afueras del Leeds, discretamente, sin lápida. Tiempo después la añadió y la tumba fue profanada. 
En Francia, la familia de un terrorista, de origen argelino, quiso expatriar el cadáver. Argelia se negó con el argumento de que el terrorista nació y creció en Francia. El alcalde de la población donde vivían tampoco lo quería. Al final actuó Sarkozy: “Era francés. Será enterrado aquí”.

Los sepelios se realizan casi en clandestinidad: de noche, sin testigo, con el cementerio cerrado, sin lápida ni identificación. Ni siquiera los sepultureros saben dónde están.

En EEUU no se lo plantean como derecho; consideran que es un acto de guerra y no facilitan nada al enemigo. Los cuerpos de los 19 terroristas del 11S fueron escrupulosamente apartados de sus víctimas y yacen en la morgue. Nadie los ha reclamado. El cuerpo de Bin Laden fue lanzado al mar para que no estuviera en tierra firme, no tuviera sepultura, para que quedara claro que ha sido borrado.

Los cadáveres de los asesinos que atacaron en Madrid, de distintas nacionalidades, oficialmente fueron expatriados a sus países de origen. Pero éstos oficialmente niegan haberlos recibido.
Al margen de las peculiaridades culturales y legislativas de cada país, hay un trasfondo mucho más complejo. Hay familias que no tienen culpa alguna y quieren un sepelio que les ayude a poner un poco de orden en su propio dolor. Hay comunidades que necesitan pasar página de una manera ordenada para poder reconstruir la convivencia y analizar sosegadamente cómo pudo pasar, cómo evitarlo.

Cómo evitar que la tumba se convierta en santuario o que se profane, cómo conceder ritual religioso a quien no ha respetado ni su propia religión, cómo dejar en la tierra de acogida los restos del que la ha llenado de muerte. El presidente del Observatorio contra la Islamofobia en Francia, Abdallah Zekri, declaró tras los atentados de Charlie Hebdo: “No se les puede tirar a la basura”.

31 julio 2009

Debajo del negocio de matar

ETA acaba de asesinar a dos hombres poniendo una bomba lapa en su coche. Y ayer saltó por los aires toda una fachada gracias a los mismos. Declaraciones tremebundas de unos y silencio tremebundo de otros. ETA celebra su cumple como todo el mundo, de forma coherente con su estilo. La disquisición no es sobre quienes son o el giro sin clase que han tomado (mercenarios, drogas, jóvenes sin ideales), sino su entorno. No se trata de lamentar que sus presos estén lejos de sus familiares; los que ellos han matado están mucho más lejos. O de que en ese norte todo el mundo tiene un familiar dentro y a ver cómo denuncias a tu sobrino. Se trata de controlar a los que están de su parte. 


Se trata de mirar entre los nuestros quien es el que le indica a qué hora pasa esta furgoneta, o cual es el coche que levantará menos sospechas. Se trata de mirar entre los nuestros quien es el que les señala a un vecino y les dice: ése es una víctima fácil.

A partir de ahí podemos elucubrar que si es un negocio, que si la culpa la tiene el Estado de las Autonomías que les ha dado vuelos independentistas. A esas voces antediluvianas les preguntaría si ese “impulso” terrorista también lo han detectado en Extremadura. O en Castilla. O en Murcia. Porque también son autonomías.

Más bien tendrían que analizar que el impulso independentista violento nació hace cincuenta años y desde 1978 (la Constitución) ya no tiene razón de ser, ya es otra cosa. Así que lo que hay que atacar no es esa idea, tan defendible en buena lid como cualquier otra aspiración humana, sino que se use como excusa para mantener un negocio, un chantaje multimillonario en nombre del miedo a la muerte.

Y de pasada, los políticos que viven en esa tierra y tienen etarras cerca tampoco hacen gran cosa, porque si la atención no estuviera sobre ETA y se miraran otras cosas vascas, el sistema foral y la solidaridad estatal crujirían muy en serio.

Así que asesinos sí, culpables sí, aislados no. Y peor todavía: hasta dónde llega su sombra y a cambio de qué? El vecino que les da las rutas de paso y el camino de huida, porqué lo hace? O cuánto ha cobrado, sabiendo para qué será la información que ha dado? Y si el Estado y las redes de Internet nos tienen fichados hasta en la talla de zapatos, cómo es que no se ha estrangulado esa red de chivatos?

Hay un hálito de esperanza: Ellos tienen público, pero nosotros somos más. Ellos dan miedo, pero no se puede asustar a todo el mundo todo el tiempo. Su “sostenello i no enmendallo” se ahoga en sí mismo. Han cansado a todos los estamentos y han quemado las posibilidades de salida digna con todos los partidos (de todo el arco político) que se han sentado a hablar con ellos.

De momento, nosotros estamos perdiendo. Pero que nadie se distraiga: El éxito nace del fracaso.

Texto y fotos: Marga Alconchel

21 julio 2008

Cerebro y llanto contra el terrorismo

Las noticias sobre hechos terroristas salpican de sangre el dia a dia de todos. Los que realizan esos actos se amparan en unas palabras grandilocuentes y sagradas en todo colectivo humano: independencia, derecho a vivir la propia vida con los propios códigos, supervivencia cultural. Una especie de “vete, que no te quiero” dedicado a entidades estatales, ejércitos, y un confuso batiburrillo en el que cabe todo lo que no gusta.

Por supuesto, todos sabemos que la sangre no se limpia con sangre, por mucho que sea una frase impactante. Pero si dejamos de escuchar los gritos y los llantos y miramos más allá del color rojo, probablemente encontraremos algunas claves. Los movimientos terroristas se amparan en esas palabras, y usan bombas, armas, municiones… nada de todo eso se compra a plazos. Ahí hay dinero. Y ya que el dinero clandestino va con dinero clandestino, también hablamos de drogas, mercenarios… Por tanto estamos ante un negocio que mueve muchos billetes y que si acabara dejaría a mucha gente en paro. Hace mucho que para muchos, toda esta situación no es más que una empresa, una forma de vida. Como las guerrillas sudamericanas enquistadas en discursos irreales, pero viviendo de secuestros, rescates, narcotráfico y demás florituras.

Hace tiempo se propuso a los terroristas del norte de España que abandonaran las armas y se reintegraran a la vida civil con garantías y en un proceso delicado pero factible. Factible en la teoría, porque en el mundo real cruje. Un hombre que se ha pasado muchos años en clandestinidad, moviendo mucho dinero, teniendo un grado de poder en la organización y una sensación de prepotencia sobre los vecinos en función del terror que les inspira… Que lo deje todo y se dedique a la carpinteria ocho horas al día por un sueldo que es la décima parte de lo que cobraba. Irá a casa de los vecinos a pulir una ventana que no cierra bien o a hacer un mueble de cajones para los juguetes del nieto… No es creíble. Es una situación atrapada. Y necesita una salida inteligente y creativa. Porque mientras no tengan una opción realmente válida no van a cambiar. Ni su status económico ni su etiqueta de víctimas de la península, ni su íntimo orgullo se pueden intercambiar por un trabajo corriente. Tampoco se puede eternizar esta situación, y meterlos sucesiva y llanamente en prisión alimenta un caldo de cultivo para que aparezcan nuevos aspirantes a héroe.

Ya que su motivo publicitado es la independencia de esa tierra, se podrían injertar (los que no tengan delitos de sangre, que para esos hay leyes específicas) en las instituciones públicas de la zona. El objetivo de alcanzar el poder político es gestionar la cuestión pública. Pues que gestionen la cosa pública desde las propias instituciones; que demuestren lo buenas que son sus ideas. Que vean el mundo desde ese lado y gestionen esas cosas con todos esos condicionantes. Entre su gente, en tratos con todos, vistos por todos. Sin amenazas, sin publicar las ideas a balazos. Habría que articular todos los detalles, habría que hacer una auténtica obra de orfebrería política, social y legislativa. Pero anularía la etiqueta de su terrorismo: quieren el poder, ya lo tienen. Quieren la independencia, que comprueben qué están diciendo desde el propio poder.

Tampoco podemos actuar sobre los que ya han sido capturados y están en prisión con la indignidad que ellos han demostrado. Esa es una de los condicionantes de un estado de derecho: su grandeza y una de sus losas está precisamente en que no puede ser indigno con los indignos. Hay un terrorista en prisión que está a punto de ser liberado, que jamás se ha arrepentido y que irá a vivir cerca de la familia de una de sus víctimas. Se oyen voces airadas y dolidas para que no salga nunca de prisión. Ese es el sentir, pero no puede ser el derecho. Se le juzgó, se le aplicó una pena y la ha cumplido. Si queremos que respeten la ley, nosotros mismos debemos ser escrupulosos con la ley. Debe salir, aunque nadie lo quiera de vecino.
 
Aunque lluevan lágrimas.

Texto: Marga Alconchel