Había una vez una isla en la que reinaban dos hermanos ancianitos. Ellos tenían el corazón en la sierra, con las batallitas que ganaron medio siglo atrás, y seguían diciéndole a todo el mundo que preferían la muerte antes que nada. Llegaron a tener diez millones de súbditos, de los que la mitad había nacido después de las batallitas. Estos jóvenes no querían viejas ni nuevas guerras y tenían hambre de mundo. Pero los ancianitos estaban convencidos de que muchas naciones del mundo se habían confabulado contra ellos y prohibieron a la gente salir de la isla, no vaya a ser que no volvieran.
Los ancianitos, sin corazón porque estaba en la sierra, no querían oír nada que hubiera sucedido en el mundo después de sus batallitas. Quizás fueron buenos en la guerra, pero eran pésimos en la paz. Algunos habitantes habían conseguido salir del reino jugándose la vida y con mil estratagemas. Mantenían cariño por los que se habían quedado y les enviaban divisas desde fuera, porque el mundo seguía evolucionando, hecho que no llegaba a la isla de los Castro. Y los hermanos aceptaban las divisas quedándose un 20% y maldecían las manos que les daban de comer a su gente.
Naturalmente los ancianitos tenían una corte, que con los años llegó a tener un millón de sirvientes, a los que llamaban “miembros del partido”. Los nueve millones de isleños restantes decían que estaban encantados, porque el que no lo dijese se jugaba veinte años de presidio por contestón.
Como todo reino, también tenía sus quejicas. Eran personas desagradecidas, que pretendían que la isla se incorporara al rodar del mundo, que dejara de ser una jaula para los de dentro y un paraíso sexual para los de fuera. Pretendían que los ancianitos vivieran una jubilación en condiciones y los demás pudieran hacer algo. Y como los cortesanos se les echaban encima a la que abrían la boca, se les ocurrió no comer. Era una de las escasísimas libertades que no les habían prohibido. No podían pensar, no podían hablar ni escribir, pero al menos sí podían dejar de comer.
Un tal Orlando murió después de 85 días. Los ancianitos, que llevaban cincuenta años promocionando que la muerte era preferible a cualquier cosa, despreciaron la de ese hombre ofendiéndolo frívolamente al tildarlo de delincuente. Otro, un tal Fariñas, creyó que ya era hora de seguir el ejemplo de la dignidad del fallecido y también se puso en huelga, destapando que había 26 prisioneros más en la misma situación. “Opinión Propia” es un delito nefando en la isla del azúcar y el tabaco.
Unos doscientos países y unos 500 millones de personas clamaron por la vida de estas personas, clamaron por cambios en la isla inmóvil, hasta su cantante-emblema llamado Silvio clamó por una evolución. Naturalmente, los ancianitos ni contestaron ni preguntaron a sus súbditos, porque todo el mundo sabe que los reyes a la antigua no preguntan, que para eso llevan corona. Algunos quejicas empezaron a escribir en Internet, invento diabólico que los miembros rápidamente fiscalizaron. Otros se atrevieron a hacer preguntas delicadas en público, pero los cortesanos contestaron con una retahíla de batallitas mohosas que duró varias horas de monólogo.
La grabación en vídeo de esas preguntas cruzó las fronteras. A los ancianitos ya se les acababa la paciencia y gritaron por enésima vez que había una confabulación de naciones contra su isla, y repitieron que preferían el exterminio antes que el cambio. Que se mueran 10 millones de isleños antes que cambiar nada. ¡Qué obsesión por la muerte!
Los prisioneros culpables de Opinión Propia tenían en las calles la presencia luminosa de Las Damas de Blanco, esposas y madres que pedían su liberación. Fueron insultadas y metidas a la fuerza en un autobús “por su seguridad”. La Vida se empeña en no querer desaparecer y apareció otro grupo en otro país también de damas y también blancas, también pidiendo libertad.
Los ancianitos estaban enfadadísimos. Se encerraron en su búnker y llamaron a sus aliados. Y como cualquier enemigo de mis enemigos es amigo mío, aparecieron por ahí bufones de otros reinos también enfadados con el mundo y entre todos quisieron montar una confabulación contra la otra confabulación…
Los súbditos miraban estos movimientos instalados en una vida precaria, faltos de todo, humillados y negados como inteligentes por aquellos ancianitos que dejaron su corazón en la sierra hace medio siglo. Y en el pecho de todos los súbditos empezó a latir un nuevo pensamiento: esto no puede seguir así.
Y todos estamos observando qué van a hacer.
Texto: Marga Alconchel
Érase una vez un empresario llamado Gerardo que tenía una línea aérea y dejó a tres mil viajeros tirados en distintos aeropuertos. Había dejado de pagar a sus empleados, debía un crédito millonario a una caja de ahorros y le quebró una compañía de seguros. Era el jefe de todos los empresarios del país, y éstos lo mantuvieron en el sillón porque sacarlo daría mal rollo. Lo que espanta es que no es un cuento.
Somos millones los que no tenemos empresas ni trabajadores ni compañías de seguros, pero tenemos un trabajo al que acudimos cada día y debemos miles de euros en hipotecas que pagamos religiosamente. Y si hubiera un representante colectivo que hubiera estafado y robado, ninguno de nosotros querría que le representase ni un día más, y saldrían declaraciones públicas deponiéndolo inmediatamente porque nos ensuciaría a todos. Pero Gerardo no sólo estafó, sino que dijo que los que le compraban billetes eran tontos por no darse cuenta de lo que iba a pasar.
Ya estamos curtidos de empresarios impresentables, de gentuza que roba a las instituciones durante décadas (Palau de la Música), de compraventa de trajes políticos (Gürtel) y de toda clase de escoria pública de todos los colores. Pero no habíamos visto tan a la descarada la indecencia de unos empresarios que se rasgan las vestiduras asegurando que son los que crean país y con la misma jeta mantienen como representante a un estafador, nefasto directivo de empresas y burlón de la fe de sus propios clientes. ¿Qué poder tiene sobre ellos para que sea tan inamovible? ¿Qué conoce, qué oculta para que les resulte tan inatacable?
Dicen los empresarios ceoés que ahora sería mal momento para sacarlo, que parecería una claudicación, que es que como jefazo de ellos no lo ha hecho mal. La catadura moral de esos comentarios excede la capacidad de lógica. Si ahora no es el momento, ¿a qué momento esperan? Algunos empresarios se sienten muy incómodos con esta situación, pero los otros les recuerdan que los “creadores de país” son ellos, no la opinión pública, no las fuerzas políticas, ni siquiera los 46 millones de clientes de esta península. Habrá que recordarles que este personaje ha llegado a donde ha llegado porque también es parte de su obra.
El sistema económico de esta parte del mundo ha demostrado estar podrido en sus entrañas, y de ahí la crisis que pagamos entre todos, aunque no todos al mismo precio. Todas las voces intelectuales insisten en que es necesario un cambio profundo, una reestructura severa y que nos hemos de poner todos. Los sindicatos aceptan que su forma de entender el mundo laboral a veces es del siglo XIX y hay que revisarlo. Los políticos aceptan que también existen otros interlocutores válidos, no sólo los diputados. Todos ya empiezan a asumir depuraciones, cambios y consecuentemente, alguna pérdida. Todos hablan de corrupción como una enfermedad que ataca a algunas personas independientemente del color que exhiban y que han de ser apartadas inmediatamente para que no causen más daño. Todos menos los empresarios.
Los empresarios, los que piden despido libre para tener las mínimas pérdidas en caso de problema. Los que hablan de su papel social, pero no lo recuerdan al dejar a un trabajador en la calle sin más. Los que se quejan de todos los impuestos del mundo, pero los torean tanto como pueden y se aprovechan de los beneficios de esos impuestos tanto como pueden mientras que sus empleados, atados a una nómina, no tienen escapatoria. Los que se quejan de costes laborales insostenibles, pero ofrecen contratos de jornada completa por 900 euros mensuales.
No se trata de satanizar alegremente a los empresarios; muchos de ellos, muchísimos, luchan con bancos y mercados y costes financieros y con algún trabajador que debería estar en una jaula. Muchos, muchísimos, son personas dignas que generan riqueza, que forman el tejido que sostiene un país, que ejercen una labor social y que dan un medio de vida a otras personas que no han tenido su suerte o sus capacidades.
Precisamente esos, los dignos, no deberían consentir que los otros, esos que no tienen nombre, les representen, ofendan su trabajo y mantengan en primera fila al más estafador de todos. Porque no se lo merecen, porque ha ensuciado profundamente toda su credibilidad, y porque cuando se empeñan tanto en mantenerlo, hacen pensar que lo usan para tapar mayores gravedades. Y ahí llega el escalofrío.
Es necesario hacer limpieza en la propia casa para pedir limpieza a los demás, es necesario reconocer fallos para poder corregirlos. Y si Gerardo está ahí porque tapa basuras mayores, quizás sea el momento de hacer una desinfección profunda para encarar honorablemente los nuevos tiempos.
A fin de cuentas, desde hace miles de años todos sabemos que la mujer del César no sólo ha de serlo, sino parecerlo.
Texto: Marga Alconchel
Dicen los políticos en el poder que hay que alargar el trabajo hasta los 67 años porque faltan cotizaciones. Dicen los de la oposición que lo que hay que hacer es implantar el despido libre para que el empresario genere y suprima puestos de trabajo según convenga. Dicen los dos que somos muchos sacando de unas arcas en las que pocos ponen. Y los bancos no quieren dejar dinero y dicen que deberíamos pedir menos y ahorrar más.

Dicen los empresarios que los acribillan a impuestos y a inspecciones, que son los malos de la película y que a fin de cuentas ellos son los que generan trabajo y riqueza en el país. Tienen razón, pero también se callan que tienen la gran bolsa de trabajo negro, la que ni cotiza ni cuenta, pero genera beneficio. Tanto como el 25% de lo que sí se declara. Unos empresarios que tienen al frente a un tal Gerardo, que cerró una empresa de aviación, dejó a los trabajadores sin cobrar, a la gente en los aeropuertos y las arcas vacías, que dijo ante las cámaras que la gente es tonta por comprarle billetes cuando ya estaba todo tan mal, que deben informarse antes de comprar. Que se le han descubierto 30 millones de desfalco. Y que sigue siendo presidente de todos los empresarios. Esos que reivindican dignidad.
Por supuesto, hay legiones de empresarios que trabajan, dan trabajo y sudan para poder cobrar una factura, y que muchas veces han de cerrar o encadenarse a una grúa para llamar la atención. Nadie es totalmente santo ni totalmente malo, pero el ángulo de visión muchas veces corresponde a intereses escandalosamente partidistas. Una persona que empiece su vida laboral a los 25 años, llegará a los 65 después de haber cotizado durante cuarenta años, que es toda una vida. Que pretenda pasar su futuro disfrutando de lo que ha contribuido a crear y dejando su puesto de trabajo para las generaciones siguientes no es un disparate. El problema está en que cuando se diseñó ese sistema la esperanza de vida estaba en poco más de 70 años, y ahora sobrepasamos felizmente los 80.
¿Hemos de morirnos antes? No queremos. Lo que sí hemos de modificar es el sistema por el que nos regimos todos. Fue válido en su momento, pero la Seguridad Social necesita imperiosamente una reforma estructural que la adecúe a la realidad de hoy. Y el sistema financiero, que deja el tesoro del país y todas las economías en manos de unos poquísimos que se ríen de todos, tampoco se ha adecuado a los nuevos tiempos. El resultado es que hemos llegado al siglo XXI metidos en un tren… tirado por bueyes.
Se dice que hacen falta más inmigrantes que coticen. Se dice que no, porque la avalancha que suponen para la cobertura social no compensa. Dicen que el problema es que vivimos demasiado. Que no, que el problema es que cotizamos pocos. Evidentemente, el Todo cruje por todas las costuras.
Y como es más fácil ponerle una cara al problema, se acusa al sueldo de los políticos, o a los controladores aéreos, o a los funcionarios. Aunque haya casos inmorales en todos esos colectivos, la raíz del problema está mucho más allá. Es precisa una renovación severa del sistema con el que funcionamos en este lado del mundo. No de un país, sino de todo un Occidente. La oposición dinamita cualquier cosa que no salga de sus propias filas porque huelen una victoria cercana y van a degüello, olvidando que la porquería que están echando en las Instituciones será la que se encuentren al llegar. Los del gobierno y los de la oposición se entretienen en un rifirrafe que nos tiene aburridos. Todos tienen razón y todos se equivocan.
Todos tienen demasiados intereses comprometidos y demasiados odios enconados como para poder usar los cerebros en encontrar una salida inteligente. Es imprescindible una aportación exterior a la política, a los banqueros, y a la CEOE, un producto de intelectuales, algo que demuestre el intelecto que les da el título. No es que ellos no puedan tener afinidades políticas, es que se supone que su inteligencia sabe sobreponerse a esa querencia en pos de una solución apta para la mayoría y válida a medio plazo. Porque a la velocidad que funciona todo, lo del largo plazo cada vez es más irreal.
Filósofos, científicos, sociólogos, excargos que hayan conocido el poder desde dentro, figuras de gran credibilidad social… todos y todas caben. Una “tormenta de cerebros” que consiga soluciones ágiles, originales y realistas con las que poder caminar en este siglo. Porque hemos entrado, pero no nos movemos. Una salida que probablemente tendrá muchos caminos, políticos, sociales, culturales, estructurales y hasta religiosos. De máximos y de mínimos. Una salida que comprometa e ilusione a la mayoría, porque sin la ilusión, ese motor que no contamina, no vamos a ninguna parte.
Al menos, el parón actual tiene un ángulo positivo: Para dar un gran salto, primero hay que echar un paso atrás.
Estamos a la escucha.
Texto: Marga Alconchel
Un terremoto se ha llevado un poco de tierra, muchas casas y todo el presente de un país entero. Un país que a duras penas había salido de las dictaduras de los Duvalier, que a duras penas tenía algo bueno de la democracia y seguía teniendo lo peor de las condiciones humanas.
Desgarro internacional, voces de apoyo, toneladas de ayuda que llegan de todos los rincones. Los cooperantes en catástrofes humanitarias tienen que batallar con voluntarios que tienen eso, voluntad y poco más. Gente en las calles pidiendo ayuda y con la paciencia infinita que tienen los que no tienen nada más.
El presidente del país estuvo invisible durante los primeros días. No estaba herido, sólo estaba desbordado. Y no tuvo lo que debería tener como presidente: el gesto, la palabra, la presencia entre su pueblo que sufre. La voz que los calme y la guía para canalizar la ayuda, porque se supone que es el que mejor conoce su país. Pero sólo se le vio cuando llegaron Hilary Clinton y después Teresa de la Vega, porque los importantes han de ser recibidos por los importantes. Y mientras, todo el mundo sabe que Haití era un país sin gobierno efectivo y ahora sin techos.
Hasta la paciencia se acaba cuando pasados varios días el hambre crece, la ayuda sigue almacenada y nadie la distribuye porque falta esto o aquello. Y alguien asalta, y aparece el pillaje y hay que poner orden y al final los soldados toman las calles y todo el mundo hace la misma pregunta “¿Aquí quién manda?”
Todos los cuellos se giran hacia la ONU por su imagen neutral y de árbitro. Pero tampoco da la talla. En una situación de catástrofe, aunque hagan falta más recursos continuamente, tiene que haber un timón muy firme, una cabeza de organice y dirija lo que va llegando, que sepa dónde está lo más grave. Una voz que tenga credibilidad ante los demás, un órgano bajo cuya dirección se pongan todos nada más llegar, para que les indique dónde y cómo canalizar la ayuda. Y eso no se ha visto. Tampoco se vio en el tsunami indonésico, ni en el Katrina que se paseó por el país más rico del mundo.
Parece que hay escoceduras de poder incluso cuando se trata de gente que se muere. Nadie se coordina porque todos quieren ser dueños de su propia ayuda y de su propia voluntad y de los destinos de aquellos a los que están salvando la vida. Todos creen que saben más que los demás. “¡Falta coordinación!” es el grito de todos, pero una vez dicho, nadie se pone a coordinarse con los demás. Y ese es caldo perfecto para una apropiación del país.
Quizás sea demasiado cómodo hacer todas estas reflexiones desde un rincón europeo. Pero los toros se ven en toda su proporción desde la barrera. Desde la arena están demasiado cerca. Así que desde esta comodidad preguntamos: ¿Miles de ONG y una ONU y no han sido capaces nunca de establecer un organigrama que esté bien engrasado para intervenir rápidamente en las situaciones de catástrofe, con el compromiso de todas las organizaciones de ayuda de someterse a su dirección? No estoy hablando de un grupito de políticos llenos de buenas intenciones, estoy hablando de médicos, bomberos o militares entrenados en situaciones de emergencia severa. Y hasta de ingenieros y arquitectos que calibren el estado de las ruinas. O especialistas multidisciplinares. Pero el fantasma del “¡A mí no me das órdenes!” campea alegremente. Los soldados americanos se están adueñando de la situación. Exactamente: ni coordinan ni organizan más que lo suyo. Que no es poco, pero no es lo que tiene que ser.
Mientras, a nosotros se nos pide 1 euro para Haití. Una aportación que se canaliza a través de los bancos que crearon nuestra crisis y nos cobran intereses. Y que cobran la deuda externa del país más pobre del Caribe y le cobran intereses. Unas instituciones que siempre sacan rédito, porque se saben imprescindibles. No estoy tontamente en contra de la banca. Pero la inmoralidad vergonzosa que ha demostrado en las peores situaciones la convierte en “non grata”. Con unos beneficios declarados de miles de millones, no se les ha oído ni un suspiro de apoyo. Eso sí, el cobro legal e inmoral de comisiones por las trasferencias de ayuda a Haití lo escudan con un “es un problema informático, no se puede arreglar.” Y si te empeñas en que te lo devuelvan, te enredan en mil trámites burocráticos que cansan al más valiente.
Al parecer, las ONG’s, la ONU y la banca no recuerdan que es más fácil conservar la dignidad que recuperarla.
Texto: Marga Alconchel.
Un hombre lleva a una niña a urgencias; se ha caído de un columpio y llora mucho. El médico le dice que sólo tiene el susto y un chichón. A los tres días el hombre vuelve al hospital porque la niña sigue llorando, otro médico diagnostica malos tratos, la niña acaba muriendo y el hombre es acusado de violador y asesino. Y era inocente.
Es un caso que hemos oído en los medios y que levantó feroces pasiones en contra del hombre. Todos lo hemos visto salir esposado del furgón policial y todos hemos oído los insultos. Y ahora todos tenemos mal gusto de boca por habernos precipitado. Y él pide, abotagado por ansiolíticos, que le pidan perdón y que le dejen en paz. Y que dejen de sacar su imagen esposado. Los medios ya lo han hecho y al menos Iñaki Gabilondo y Pedro Piqueras le pidieron perdón en sus noticiarios de máxima audiencia.
Los medios fueron culpables de linchamiento? Lo fue la gente? Todos repitieron lo que dijeron los médicos. Los médicos son culpables? No es tan simple. Un médico de urgencias recibe a un hombre con una niña de tres años en brazos que llora, como recibe a docenas cada día. Y bajo su criterio la envía a casa con una caricia en la cabeza y un "no pasa nada". Otro médico recibe a la misma niña, ve los moratones del columpio, deduce malos tratos y avisa a la policía, como es su deber. Son culpables? No. No creo que ningún médico, sea de urgencias o no, deje de atender deliberadamente a una niña que está grave. No creo que ningún médico, ante un cuerpecito lleno de moratones, active el protocolo de violencia por frivolidad. Pudieron ser despistes, pudieron ser malas evaluaciones de los síntomas, pudieron ser miles de incidencias en algunas horas de un servicio de guardia. Que ambos tienen una responsabilidad, sí. Que sean culpables de esa muerte creo que es desmesurado.Los médicos salvan miles de vidas cada día, algo que se olvida cuando se equivocan con una. No se les puede pedir que sean infalibles.
Sí que es entendible que ese hombre, al que han marcado de por vida, quiera que alguien sea el responsable de todo, alguien al que poder meter en la cárcel para que con él se encierre la desgracia que lleva encima y que todos le pidan perdón. Es muy humano su sentimiento y desde aquí le pido disculpas porque yo también creí que era culpable. Todos nos acogimos al criterio médico y a la cadena de hechos que se fueron sucediendo. Hasta que otro médico, forense, dijo que no hubo malos tratos, sólo conmoción cerebral por la caída del columpio y al no ser atendida se agravó hasta el final.
Y eso ha puesto en cuestion que si los medios se precipitan, que si la opinión pública es manipulable y manipuladora. Todo cierto y todo matizable. La infancia es (o habría de ser) un territorio a salvo de salvajadas.Y si parece haber un culpable, todos nos echamos contra él. Cuando resulta que no lo es, nos retiramos desconcertados, aunque el mal ya está hecho. Es un enorme daño, y ese hombre necesita y se merece toda la ayuda que sea precisa. Pero un hecho tan doloroso no ha de desdibujar los logros conseguidos.
Es bueno que la gente tenga acceso inmediato a las cuestiones que le afectan directamente. Es bueno que los medios den la información de que disponen cuando tiene el mínimo aval imprescindible (en este caso, el informe médico y la actuación policial). Y es correctísimo que siempre se hable de "presunto" porque no es culpable hasta que lo diga un juez. Y es inevitable que haya errores. Y es un sano ejercicio pedir disculpas con el mismo énfasis con que se culpabilizó.
En este caso, es más de admirar todavía que el hombre, con lengua de trapo por la medicación, haya comentado que aunque se hayan ensañado con él, lo suyo pasará, pero la niña ya no va a volver. Y eso es lo que a él más le duele, que se podría haber salvado. Estoy segura de que el hospital tiene una investigación en marcha y que dos médicos no duermen desde hace días. Y que ese hombre ahora empieza a descansar algo, aunque le falta una niña cerca.
Pese a lo traumático de todo, creo que ha sido una cadena de hechos que sólo tiene víctimas. Y desde estas líneas doy apoyo a la clase médica en conjunto, a la información veraz y por supuesto, toda la solidaridad a Diego, el hombre mal acusado. Hemos de seguir viviendo cada día, porque la vida es quien más duramente ajusticia.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Un hombre me comentaba entre sollozos que ha muerto su primer nieto a las veinte horas de haber nacido y que él no consigue digerirlo ni entenderlo. Era una enfermedad gravísima y no fue posible salvarlo. Que su hija y su yerno, creyentes, quisieron que fuera bautizado y con eso se confortaron y han decidido que una vez que pase este impacto, van a buscar otro hijo.
El hombre está deshecho. No entiende que un dios pueda consentir que un bebé haya muerto y tanto culpable ande por la calle sin más castigo. Este hecho se le suma a sus propias heridas y se le ha quebrado el eje. Literalmente es un alma en pena que no encuentra ni norte ni sentido a los días.
Dicen que la vida es eso que va pasando mientras hacemos otros planes. Este hombre ha tenido una vida intensa y complicada, ha viajado, ha leído, ha bebido y ha disfrutado. También se quedó sin padres muy joven, tuvo que hacerse cargo de dos hermanos menores, montó un negocio y un colega de profesión se lo fue torpedeando hasta que tuvo que cerrar. Todo, alegrías y penas, viven en su alma, pero no le caben.
Este hombre, que en su infancia era creyente y después descreído, anda ahora desnortado, hurgando entre libros de new-age, de filosofías de nombres asiáticos y terapias de todas las vertientes. Pero nada le consuela, nada le alivia, nada le quita el plomo que siente en las alas cada vez que tiene la idea de volar y le falla el ánimo.
Y se pregunta si existe algún dios, y qué dios existe, y cómo es capaz de consentir todo lo que está pasando en todo el mundo, y cómo es capaz de no morirse de vergüenza de ver su propia obra, y cómo puede él hablarle directamente para que lo mire a los ojos y le diga porqué murió un bebé que llevaba veinte horas en el mundo.
Y a una pregunta tan simple y tan difícil, sólo se le pueden presentar argumentos cerebrales y espirituales, pero no le sirven al dolor del alma. Y argumenta que se hará una religión a medida con un pedazo de ésta y otro de aquella, porque necesita creer y no encuentra en qué.
Probablemente, si pudiese mirar su propia vida desde la cima de una montaña, si todo lo hecho y lo recibido y todo lo que contiene su memoria se le presentase como piezas de un paisaje, podría hacer una especie de inventario. Y darse cuenta de que nadie es totalmente malo ni totalmente bueno, que muchas cosa suceden por causas que están más allá de nuestro punto de vista, y no me refiero a un dios inasequible. Me refiero a puras cuestiones biológicas, o ecológicas, o planearias. Que los problemas no suelen tener una causa sola, ni las penas una sola raíz. No se trata de conformarse con lo que ha caido en nuestro tejado, sino entender que no estamos al margen de lo que cae en los tejados.
Probablemente, si desde esa cima pudiera ver a los que siente como enemigos irrespirables, notaría que también tienen sus miserias, que más que diabólicos, son patéticos. Ante unas agresiones sin descanso, una persona respondió "Que desgraciado tienes que sentirte para ser tan ruin". Quizás si ese hombre desde esa cima pudiese ver toda su vida, hacer inventario y entender cada una de sus partes, podría firmar las paces con sus propios contenidos.
Todos buscamos ser felices. Pero la felicidad se nos escapa porque la buscamos donde no está. La felicidad nació con nosotros, desde fuera sólo nos llegan satisfacciones. Un bebé es feliz, y sin embargo, no tiene ninguna causa externa para serlo: depende de que le den de comer, de que le abriguen y lo protejan; abandonado no dura ni 24 horas. Pero ríe, porque nació feliz. Luego crece y la vida le va poniendo amarguras como telarañas sobre esa luz interior, hasta que la opacan y ya no la ve y la busca fuera, donde encuentra satisfacción en las amistades o en los logros conseguidos, pero no esa luz que conoce, porque esa está dentro de él, oculta bajo telarañas.
Y ese es el segundo trabajo, una vez que baje de su cima: disfrutar de cada un de las partes que ha conocido, entender lo de mágico y lo de penoso que tiene cada una, y captar la religiosidad de cada instante, sin que haya un dios al que regalarle el mérito. Analizar desde la divinidad que hay en cada uno de nosotros, con nobleza, con justicia y sin revanchismos que nublen la vista. Y lo que sea intolerable, procurar expulsarlo de la propia vida.
Césare Pavese escribió su mejor verso el ultimo día de su vida: "Perdono a todos y a todos pido perdón".
Texto: Marga Alconchel
Hay políticos y gente que está en la política. Políticos que tienen Sentido de Estado y gentes que se apuntaron al carro de lo público “para forrarse”. Políticos que llegaron a lo público como cumbre de una carrera de fondo, llena de trabajo, estudio y compromiso. Y personajillos que llegaron a lo público de cualquier manera, desde los amiguismos a los asaltos militares, según el país. Desde los trajes de marca a las marcas verde oliva de algunos trajes.
Son gentes que están, pero no son. Usan grandes sillones, tienen micrófonos atentos, se desgarran ofendidísimos por cualquier opinión que no sea la suya…Pero siguen sin ser políticos. No entienden lo que significa Cosa Pública, no entienden lo que significa Interés General, Situación Multicultural, Compromisos Internacionales. Lo suyo siempre es personalísimo, o como mucho, está partido.
Tener Sentido de Estado se define más por lo que no es: No tienen Sentido de Estado los presidentes americanos que fuerzan elecciones para perpetuarse en el poder, salvapatrias de guiñol. No tiene Sentido de Estado el que bloquea todo cambio en su isla, convirtiéndola en patrimonio hereditario en la figura de su hermano. No tienen Sentido de Estado los políticos europeos (incluidísimos los españoles) que confunden las instituciones del estado con el partido en el poder, y se dedican a ensuciarlas aprovechando cualquier atril, sea dentro de las fronteras o fuera. No tienen Sentido de Estado los reyezuelos africanos que cobran ayudas millonarias para salvar la miseria de su tierra y después envían a sus tres esposas favoritas a buscar objetos de lujo por el mundo para decorar su nueva mansión. No tienen Sentido de Estado los que insultan todo lo que se mueva si no es de los suyos.
No tienen Sentido de Estado los que quieren aplicar una apisonadora sobre las culturas que no conocen o sobre las aspiraciones de la gente que no piensa como ellos, usando el argumento de que como fueron anulados como nación hace siglos, hace siglos que no tienen derecho a nada. No tienen Sentido de Estado los que exigen la cabeza de los corruptos ajenos y aplican la tolerancia y el beneficio de la duda sobre los propios. No tienen Sentido de Estado los que menosprecian la formación de un gobierno ajeno porque tiene demasiadas mujeres (“gobierno rosa” lo llamó el italiano), los que se apropian de los medios de comunicación para que sólo se comunique lo conveniente (el italiano, el venezolano), los que conocen información peligrosa y la callan hasta el momento que más les convenga. No tienen Sentido de Estado los que insultan a la Judicatura (un Poder del Estado, no lo olvidemos) cuando no les da la razón y que trufan la vida pública de denuncias sólo por protagonismo, convirtiendo el trabajo de gestionar un país en una carrera de obstáculos innecesarios.
No se ve, entre los nombres más conocidos del politiqueo interno y externo, ni una sola persona con Sentido de Estado. Ni en esta península-puente entre dos continentes y dos aguas, ni en los países que la rodean ni en los que están más lejos. No significa que no haya, sino que no se les oye ni se les ve. Y las gentes de a pie estamos deseando que se manifiesten. Estamos deseando que las personas que ocupan los grandes cargos tengan también grandes contenidos, grandes palabras y grandes hechos. Barack Obama es una hermosa esperanza, pero de momento sólo es eso.
Sabemos que todos somos humanos, que cualquiera puede cometer un desliz y que cualquiera puede verlo. Y que la grandeza de esas personas con Sentido de Estado está también en asumir sus errores y sus debilidades. Entonar el mea culpa los engrandece, igual que hacer limpieza en las propias filas cuando corresponde. La frasecita de “no admito ni media lección de honestidad” es una estupidez contraproducente; la historia ha demostrado sobradamente que todos tienen que recibir muchas lecciones.
A los votantes de a pie, sean del color y partido que sea, se les ruborizan hasta las rodillas cuando se enteran de sobornos y trapicheos. Y cuando descubren que aquellos que se llevaron carretadas de votos han sido pillados y han puesto vergonzosamente de cabeza de turco al último monín y después quieren cerrar el asunto sin más. Cuidado: las heridas cerradas en falso revientan en pus.
Texto y fotos: Marga Alconchel