Queríamos independencia, libertad, vida. Nos casábamos enseguida (lo de vivir juntos era muy problemático) y nos metíamos en mini-pisos de 28 metros cuadrados, donde el sofá era también cama, asiento para la mesa, despacho y confesionario. No era lo que queríamos, era lo que podíamos pagar. Trabajábamos en cualquier cosa por cualquier sueldo. Después vinieron otros que con más de tres décadas en el DNI seguían negándose a salir del nido de sus papás, convertido en hotel gratis, hasta que tuvieran un pisazo en las mismas condiciones que aquel que sus padres consiguieron después de 30 años de trabajo y deudas. No tienen deseos de libertad ni de independencia, porque de eso ya tienen. No tienen ansias, tampoco ilusiones. Parecen cascarones desmotivados. Dicen que los alquileres son caros, las hipotecas prohibitivas, los trabajos precarios y sus personitas no están hechas para carencias. "Yo no estoy dispuesto a vivir como has vivido tú”,me han dicho.
Los precios siempre han sido caros para los que se emancipan, porque son los primeros pasos independientes de una vida, y todo está por hacer. Y los trabajos tampoco son lo mejor del mundo, porque se accede a ellos sin experiencia. Prolongar indefinidamente la estancia en la casa paterna es un comportamiento de adolescentes impunes, de permanentes inmaduros. Dicen que ellos no fabricaron este mundo, se lo encontraron así. Bienvenidos a la vida, señoritos, porque nosotros tampoco fabricamos el que nos encontramos, también lo encontramos hecho. Hasta los cavernícolas se encontraron el mundo como estaba.
Los señoritos dicen que no pidieron nacer, así que se les debe manutención indefinida. Cierto, no pidieron nacer: por eso deben dar gracias por la vida que se les regaló, y por todos y cada uno de los días que han vivido a costa de unos padres que acertaron o no en la educación, pero que dedicaron a ello sus esfuerzos, buena parte de sus ingresos y de su tiempo. Y ya es hora de que los señoritos se valgan por sí mismos.
Pero hacerse cargo de la propia vida es muy cansado; hay que vigilar la despensa y el armario, hay que lavar y cocinar y asear y gestionar papeles y perderse en esas menudencias en las que las mamás son tan expertas y dedican jornadas inacabables. Y los papás son buenos ordenanzas y porteadores. Si se encargan de sí mismos luego les falta tiempo para perderlo, para cervezas y amigos y cine y ligoteo y el famoso dolce fare niente. Pretenden ser eternamente adolescentes irresponsables.
Los que los hemos visto crecer les avisamos que así no van bien, que tanta tontería les está atrasando el entrenamiento en vivir, que pasarlo bien no está reñido con que, además, se responsabilicen de sí mismos. Y nos miran como si fuéramos momias parlantes, artilugios desfasados que no saben de qué hablan. Lamentablemente somos nosotros los que sabemos de qué hablamos; son ellos los que no tienen idea de la que les espera. Porque tanta falta de entrenamiento los ha hecho muy vulnerables: no saben volar con sus propias alas, y el primer contratiempo los tira al suelo. Ellos dicen que su mundo es otro, que el futuro es suyo, que nosotros somos pasado. Hasta en eso son adolescentes: el pasado pasó, el futuro no ha llegado. Todos somos presente.
No son mala gente, sólo inmaduros, abusones impunes que no quieren pasar de los quince años mentales. Las cosas empezaron con una educación equivocada, sí, pero eso no los disculpa: con más de 30 años a la espalda, buena parte de la culpa ya es suya.
Vamos a ponernos de acuerdo: Estamos todos en el mismo planeta, que da vueltas cada día sin tener en cuenta si nos gusta o no. Vamos a entendernos y a asumir la parte de todo que nos corresponde a cada uno. Y cuando dejemos de mirarnos como si el otro fuera un estorbo, encontraremos el truco para hacer el mundo y la vida mucho más habitable.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Judíos contra árabes, árabes contra judíos. En un espacio relativamente pequeño, una tierra atiborrada de historia antigua en la que todos tienen puesto el quid de sus creencias. Y a todos les sobra las presencias de los otros. Guerras por el territorio, por las piedras, por el espacio, por el pastel turístico. Jerusalén para todos en exclusiva. Jerusalén para nadie.
Se podría hacer un ejercicio de gimnasia intelectual: Y si Jerusalén, por algún extraño cataclismo, quedase reducida a grava? Ni siquiera a piedras que se pudiesen adorar como reliquias. Pura grava. Nunca más el templo de Salomón. Nunca más el Muro de las Lamentaciones, Nunca más nada que adorar. Nunca más la posibilidad de discutir por piedras. Y naturalmente, nunca más hordas de turistas en busca del sentido de una fe.
¿Qué harían los fundamentalistas de las tres religiones que la consideran el ombligo del mundo? Qué harían los gobiernos de los dos estados que dicen no caber en la misma tierra? Cuando unos niños se pelean por el mismo juguete, a veces se les quita, con lo que la bronca sigue para recuperarlo. A veces se le concede sólo a uno, con lo que el otro se enfada, ofendido, y busca recuperarlo. A veces se rompe ante los dos, para que sepan que ya no tienen causa para seguir peleando.
Y a veces se les obliga a sentarse y pactar qué van a hacer con el juguete, bajo la amenaza de destruirlo delante de ellos. Y los niños, que no suelen entender todavía de matices, saben dejar de lado sus enfados para atender un interés superior: pactar un uso y unas condiciones para tener un poco de juguete antes que nada. Y al cabo de un tiempo no muy largo, suelen jugar sin muchos más problemas.
Dos naciones o dos religiones no son dos niños. Pero a veces tantos árboles no dejan ver el bosque. Arrasar Jerusalén sería una salvajada imperdonable, porque como todo lo que ha hecho el hombre, forma parte del patrimonio cultural de la Humanidad. Pero como ejercicio cerebral, como especulación, no deja de tener su interés.
También quedaría el asunto de qué se hace con semejante espacio cuando ya sólo sea un solar. Siguiendo con la gimnasia intelectual, podrían ser jardines urbanos de la ciudad nueva. O una biblioteca al estilo de la antigua de Alejandría dedicada al estudio de todas las religiones del hombre.
O un parque temático que solucionara el otro tema de fondo de la ciudad tres veces santa: el pastel económico de las visitas turísticas. Y eso quizás si los pusiera de acuerdo.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Tiempos de desconcierto, de desesperación y de reflexiones sombrías. No es necesario que sea una crisis económica mundial, basta con que sea una crisis personal. Un divorcio, la pérdida de empleo, una amistad que revienta con amarguras podridas. De repente parece que nada tiene sentido, que hemos navegado con rumbo equivocado, en un barco equivocado, en un mar equivocado. Y buscamos ayuda.
Juegan la economía y la vergüenza a la hora de preferir un libro de autoayuda antes que la consulta de un profesional. Es más barato y además más privado; se puede mantener oculto y nadie sabe que uno está absolutamente perdido. Así que se compra alguno que se haya vendido mucho. Y se descubre, en el pasar de las páginas, que el trasfondo es un “¡cambie de actitud, criatura, y tómese menos en serio a usted mismo!” Pero el mensaje no ayuda mucho. Qué cambio? Cómo? Porqué? Y porqué no cambian los otros? Y realmente seré feliz si cambio tantísimo? O me quedaré irreconocible para mí mismo? He de ser frívolo para ser feliz o para entender el mundo?
Cincuenta libros después, se piensa en el sicólogo. Se comenta de pasada a alguien y ese alma caritativa que también pasó por ese calvario te da un par de pistas: 100 euros por semana durante tres o cuatro años. Y uno piensa si para hablarle a alguien que escucha sin opinar es necesario arruinarse. Así que uno se apunta a todos los cursillos de todas las cosas posibles, a ver si en el trato con mucha gente se aprende algo. Y descubre que la gente va a los cursillos a lo mismo, así que tampoco hay muchas soluciones existenciales en la confección de patchwork o el bricolage con latas de cerveza.
Con todo eso, van pasando las semanas, los meses. Y la inevitable comedura de coco, y la comparación con los demás... depende de la materia con que esté hecha el alma de uno, se hace limpieza interior, se entienden algunas cosas, se archivan otras y se encamina cojeando a la próxima estación de la vida. Pero si el alma es otra, puede perderse en un mar de nubes negras en el que no se puede orientar, y acabar cociendo eternamente rencores, miedos, y reviviendo continuamente las escenas que está deseando olvidar.
La gente que se ha quedado si empleo en nombre de esta crisis anda en una versión laboral de ese laberinto. Y la depre les acecha como una mala gripe. Si la empresa cierra, a dónde voy? Si la empresa sólo ha echado a unos cuantos, porqué a mí? Y si en casa se acumulan las facturas impagadas y las amenazas de cortar luz, agua, gas, teléfono y hasta los cordones de los zapatos, la ansiedad echa la armonía por la ventana. Necesita ayuda económica, evidentemente. Pero también necesita ayuda anímica. Para sobrevivir sin volverse loco, para descartar lo realmente superfluo de su vida, para hacerse fuerte de cara a la siguiente crisis. Porque no hay que engañarse: las crisis son yo-yos, vuelven siempre, pero no siempre por el mismo sitio. Estar vivo implica deslizarse por un mundo lleno de problemas y alegrías, o sea, de tropiezos duros y otros alegres, pero tropiezos.
La ayuda no puede venir de un libro. Ni de un sicólogo. La ayuda viene de un libro, más un sicólogo, más unos amigos, más unas reflexiones, más un pasar el tiempo... Las crisis no suelen ser simplonas y tampoco tienen soluciones simplonas. Pero en todo caso, lo que evidencian es que el ser humano necesita seres humanos. De todas las clases: amigos, familias, amantes... Como decía Joan Barril, es en la sociedad, y no en la soledad, donde nos curamos.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Entra decidida por los pasillos de la biblioteca, llega al mostrador y con una sonrisa pregunta si puede pasar a sala. La bibliotecaria le dice un sonriente “pasa, América” y ella entra en un habitáculo titulado “multimedia”. Se sienta silenciosamente, saca del bolso la libreta de los apuntes, se pone las gafas de leer en la punta de la nariz y con decisión un tanto asustada, escribe una dirección web. Tiene 73 años y una cuenta de correo.

Lee concienzudamente los mensajes que le escriben sus sobrinos, sus hijos, la familia lejana. Contestar cada correo es una tarea entretenida, sobretodo porque “responder” y “adjuntar” son cuestiones complicadas que ha de consultar en su libreta. Le pone voluntad y paciencia hasta que se enfada con la máquina y con sus dedos y decide pedir ayuda. El chico que se sienta a su lado le sonríe, le habla con mucho afecto y en dos golpes de tecla le soluciona el problema. Y ella siempre se disculpa repitiendo que es nueva en esto, que aun tiene mucho que aprender.
A su otro lado se sienta un señor de su misma juventud. También despliega una libreta, un boli, y algunos folletos. Abre una página que lleva por título “como hacer su propia web”. Y le cuenta que quiere escribirse con su nieto y que el crío no lo trate como a un viejo.
Alrededor de los dos pululan inmigrantes abriendo páginas en caracteres extraños, jóvenes escuchando músicas o consultando cientos de páginas veloces. En los ordenadores de estos dos el tiempo pasa de otra forma.
Cuando termina su turno ella sale satisfecha de la sala: ha visitado la página del pueblo donde nació y la otra del pueblo de sus hermanos. También está preocupada por solucionar las dudas que le traen las máquinas. A su espalda la bibliotecaria la mira con mucha calidez y le comenta a la otra chica que esta mujer viene desde hace meses, que hizo un cursillo, que no lo deja, que está animada y acobardada a la vez. Y América se va a casa con la cabeza llena de links, presentaciones power point, páginas interactivas y fotos, muchas fotos.
Ella comentó un día que le hubiera gustado aprender a escribir a máquina. Y como las máquinas ya estaban desfasadas, por su casa aterrizó un ordenador sencillo. Y ella, tan emocionada como desbordada, buscó un libro de poemas de Rosalía de Castro y lo colocó sobre un atril. Sujetó las páginas con una pinza de tender la ropa, se caló las gafas de leer y se empeñó en copiarlo entero para memorizar dónde estaba cada tecla. Quería ir a un cursillo, pero primero quería tener algunos conocimientos previos.
Se peleó con acentos, con negritas y sangrías, con copiar y guardar, se familiarizó con webs, usuarios y passwords. Y fue a clase con la ilusión de la novedad, y tuvo su cuenta y nos apuntaba su dirección copiándola de la libreta para que no se le escapara una letra.
Va guisando un arroz y preguntando cómo se reenvían las fotos de su sobrino. Pela alcachofas comentando un power point. Sufre cuando envía una nota porque tiene faltas de ortografía, aunque se le entiende perfectamente. Recibe la admiración de todo el mundo y palabras de ánimo. Y siempre responde extrañada con los ojos muy abiertos si es que se creen que es demasiado vieja o demasiado tonta.
Tiene 73 años y un mail. Y es mi madre.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Las noticias sobre trato sin nombre a las mujeres en Afganistán y en varias zonas de influencia fundamentalista islámica ya no sorprenden a nadie. A todos nos parecen salvajadas, pero son tan habituales que se nos ha encurtido el corazón para no morir de pena.
Mujeres tratadas como bultos azules bajo un burka. Mujeres asesinadas legalmente a pedradas por haberse acostado con un hombre por voluntad propia (al varón ni se le riñe). Mujeres violadas como actitud de guerra para desmoralizar al enemigo o desvirtuar su raza. Mujeres casadas a los 9 años con veteranos de guerra mutilados para ahorrarse enfermeras.
No es un gusto islámico. Es una brutalidad primitiva ejercida como muestra clara de poder y de miedo: En Egipto dos terceras partes de las mujeres adultas han sido mutiladas de niñas para que lo se les desbocara la líbido. Según una tradición faraónica, las mujeres son insaciables y perderían la virginidad antes de casarse, que es para lo único que valoran a una mujer. Y es importantísimo que sea virgen para que no haya duda sobre la paternidad de todos los hijos que vaya engendrando, uno tras otro. Que a fin de cuentas, son mano de obra de su progenitor y serán sus herederos. Por su puesto, que no pueda comparar tamaños varoniles también tiene su peso, pero de eso no se habla.
Así que una mujer no vale ni una cabra? Pues nos las llevamos a todas. Imagínense por un momento qué sucedería en esas sociedades (en todas las sociedades, no nos engañemos) si de repente esas despreciadas mujeres que sostienen la reproducción de la especie, la economía doméstica, el cuidado de los ancianos y el día a dia de todos, desaparecieran. Ancianas, jóvenes o bebés. Todas. Volatilizadas.

Ninguna para llevar la casa. Ninguna para atender a los mayores. Ninguna para hacer la limpieza. Ninguna para el sexo. El sexo, esa inmensa parcela de la sique humana tan exhibida como ocultada, tan sobrevalorada como maltratada. Cómo llevarían ellos las dobles y triples jornadas diarias que llevan la mayoría de mujeres? Qué harían millones de varones islámicos, con una ley que les condena a muerte por homosexualidad, si no hubiera ni una mujer en ningún país? Y no durante un día, como si fuera una excursión, sino por tiempo indefinido. Y no hablamos de una proporción testimonial de la población: las mujeres somos el 52 % del mundo.
Serrat cantaba que “no hay nada más hermoso que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí”.
Esperemos que no tengan que morir todas para ser consideradas humanas.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Recientemente el juez Garzón abrió grandes esperanzas incoando actuaciones por las desapariciones de republicanos en tiempos de Franco. Le dijeron que no quedaba ningún responsable vivo. Pidió el certificado de defunción del dictador cuando faltaba un mes para celebrar el 33 aniversario de ese óbito y todos creyeron que era una estupidez para mantenerse en la actualidad. Recibido el documento, cerró el expediente y pasó el caso a los juzgados ordinarios salpicados por toda la península donde se ubican los 140.000 enterrados en fosas comunes.
Garzón es cualquier cosa menos tonto o ignorante de los procesos judiciales. Siendo un asunto de tamaño nacional, le correspondía incoarlo y buscar al culpable. Y si ha fallecido, tenia que aportar el certificado legal para que el asunto pudiese pasar a los juzgados cercanos a las tumbas, donde se seguiera el proceso y las familias pudieran exhumar los restos y obtener certezas. Lo que ha hecho Garzón ha sido seguir escrupulosamente la ley para que esa úlcera oculta pudiera sanarse sin que la cerrara en falso un tecnicismo.
Una noticia llegada del otro lado del océano habla de las últimas declaraciones del presidente chileno Salvador Allende. Después de 35 años con una versión oficial sobre sus últimas palabras y los responsables de que se hubieran salvado, resulta que no fue así. El periodista Rubén Adrián Valenzuela, afincado en Barcelona, desvela que fue él y no otros quien recogió esa voz, que no fue una llamada sino tres, que habló personalmente con el presidente y que tiene la grabación y recuerda los comentarios de Allende en sus últimos momentos, antes del asalto definitivo al Palacio de la Moneda. Que el fallecido confiaba en el general Pinochet y no creía que estuviera detrás de los tanques que querían matarlo. La prueba de que Valenzuela fue testigo directo lo certifican las heridas de bala que recibió en el asalto.
Parece que la verdad se empeña en no morir. Hechos que sucedieron hace décadas, versiones oficiales, méritos que alguien se adjudica injustamente, silencios cómplices o piadosos que han ido poniendo una capa de sangre hecha cenizas sobre la historia. Y cualquier dia se alzan voces que dispersan ese polvo, argumentos que revuelven conciencias. Son testimonios que se niegan a vivir en el olvido, que es una forma de estar muerto. Y delante de ellos, oídos de gente que ni había nacido entonces y que escuchan desconcertados unos relatos que les suenan a rancio.
Unos afectados directos quieren saber qué pasó de verdad. Otros quieren que de verdad se deje en paz lo que pasó. Los dos apelan al tiempo transcurrido, unos porque ha sido de mentira injusta, otros porque remover huesos de muertos y perturbar protagonistas ancianos no mejora nada: los muertos, muertos van a seguir, lo que fue injusto, injusto sigue siendo. Los méritos que se apuntó alguien, convencido de que eran una especie de verdad sin dueño, tienen que ser desenmascarados. A cualquier lado el océano. Y poco más. Descubrir las mentiras sangrantes de un culpable y dejarlo en evidencia ante sus vecinos y su familia después de décadas de silencio plomizo ya es suficiente afrenta. Pretender enfrentarlos a su conciencia sería presuponer que tienen, y eso no siempre está claro.
Y todos estos clamores en medio de un presente que está por cualquier tema menos éste. Un presente de unas generaciones a las que todo eso le suena a prehistoria, unos hijos de culpables que quieren paz para sus ancianos, unos hijos de víctimas que quieren paz para sus recuerdos. Que prefieren gastar el tiempo y el dinero en presentes y futuros, no en pasados amargos y difusos.
A Lincoln se le atribuye una frase: "los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla". Quizás por ahí esté el tercer camino, la medicina de esta sociedad. Que no se olvide la propia historia, que quede recogida con letras de molde, que cada hecho tenga sus autores y sus víctimas y sus cifras. Que los culpables sean declarados culpables. Y poco más. Llenar las cárceles de ancianos es volver al estado de barbarie, pese a que los asesinos también llegan a viejos. Descubrirle a un hombre que no es quien cree ser, sino hijo de unos desaparecidos y fue regalado a sus segundos padres es una carnicería moral. Es desguazarle la vida sin alternativas, cuando además no es culpable de nada. Abrir causas penales, sacar listas de culpables a voz en grito, buscar condenas… No es ese el camino de la paz. Poner cada cosa en su sitio, sí. Y poco más.
No podemos acusar a un colectivo de destrozar vidas y a la vez ponernos a destrozar las suyas: nos igualaríamos a ellos. Tampoco podemos dejar impunes delitos y heridas que todavía sangran, porque tal como comentó Ian Gibson, “no se reabre una herida, porque nunca se cerró”. Hemos de tener el honor que ellos no tuvieron nunca, la nobleza que jamás encontró sitio en sus corazones de mala calidad. Limpiar la historia para que luzca verdadera, con todos sus matices y con todos los agujeros que ha creado el paso del tiempo. Darle a cada uno el mérito que fue suyo o la culpa que le corresponde. Hacer las paces con nuestro dolor y nuestras ausencias.
Y seguir caminando.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Cuando se habla de países ricos y pobres se utiliza la argucia soterrada de que deberían ser todos iguales, de que los ricos lo son porque los pobres lo son. Cuando se habla de gente con estudios y gente analfabeta se usa la misma argucia: las oportunidades de unos lo son a costa de los otros. El desequilibrio entre países, entre culturas y entre clases sociales es un hecho innegable. Y que es brutal e injusto, también. Pero no lo inventaron ni el capitalismo y ni el comunismo, es tan viejo como el hombre.
Un río existe porque su nacimiento está más alto que su entorno. Un mar existe porque su cuenca está más baja que su entorno. Una montaña nace porque hay una presión desequilibrada entre placas tectónicas. Si todo estuviera equilibradísimo, si nada fuera más alto o más bajo o más denso o más ligero, todo sería una masa amorfa y muerta. Un grado de desequilibrio, de diferencia, es el secreto de la vida.
Las relaciones sociales y las comunidades humanas no están exentas de ese principio. Se desarrollan, se comunican, se pelean, se invaden y se encuentran desde que el hombre bajó del árbol. Y todo eso genera diferentes situaciones y diferentes velocidades, favorecidas por el entorno tanto humano como geofísico. Y con los siglos, las diferencias son tan llamativas como las sociedades tecnológicas y aparentemente ricas frente a las sociedades más rústicas y aparentemente más pobres.
Si no hubiera nada mejor de lo que ya se tiene, nadie movería un dedo por crecer. Si nadie se atreviera a desarrollar un invento alterando su entorno, no hubiera habido ni rueda en la historia del hombre. Y que alguien tenga ese atrevimiento no significa que le esté robando nada al vecino; implica que sigue su idea y asume un riesgo.
Naturalmente hay auténticos casos aberrantes creados por personas aberrantes que impiden, incluso por la fuerza, el desarrollo de comunidades enteras para beneficio de unos pocos. Y que el desequilibrio sea una fuente de vida no significa que haya de ser un escalón insalvable y asesino. El afán de mejorar ha hecho avanzar al ser humano y le ha dotado de una tecnología y una calidad de vida como no había tenido nunca. Que sistema y sus autores se hayan extralimitado y en una huida hacia adelante se esten precipitando solitos hacia el barranco no le quita valor a la idea, sólo la acota.
El capitalismo extremo es suicida, tal como ya anunciaban sus propios creadores. Se acelera en una huida hacia adelante que siembra el camino de cadáveres de perdedores y mendigos. Y ha demostrado ser dañino incluso para el planeta. El comunismo extremo era suicida tal como también anunciaban sus propios pioneros porque anulaba al individuo, montaba unos grupos mortecinos y artrósicos por falta de estímulo. Y ha dejado millones de muertos por hambrunas y millones de personas con el ánima hecha ceniza.
Y como siempre en la vida, la solución está en un mestizaje que tome lo mejor de cada propuesta y lo amase hasta dar con la solución más adecuada. Con el grado justo de mercado que dé estimulo para arriesgar, con el grado justo de protección social para que ningún ser humano quede desamparado, con el grado justo de beneficio al que ha arriesgado y ha trabajado duro. Y con todas las flexibilidades y las adaptaciones que sean necesarias.
La vergonzosa distancia entre ricos y pobres, entre desarrollo y atraso ha de reducirse, innegablemente. La tecnología ha de llegar a todos para mejorar su calidad de vida, sin discusión. Y todos han de respetar el planeta en el que vivimos. Hay voces que abogan por quitarles todo a los ricos para repartirlo entre toda la humanidad; sólo conseguirían que todos fuéramos igual de pobres y sin expectativa de más, algo que mataría al propio mundo. No tiene nombre que 1000 millones se personas del tercer (y cuarto) mundo mueran de hambre mientras se construyen palacios con la grifería de oro, pero tampoco serviría que todo el mundo viviera en un anodino dia a dia con el mismo menú. No es ese el objetivo ideal.
La primera potencia capitalista, la que parece más rica y es la más endeudada, la que ha propiciado esta catástrofe financiera junto con la Gran Banca, estira el cuello y asegura que su sistema es el mejor del mundo, que necesita algún parche y poco más. Las potencias emergentes dicen que ahora les toca a ellos marcar la pauta, pero no dicen cómo. Y los del tercer mundo dicen que si
sólo les dieron migajas del menú, no tienen que pagar los platos rotos.
Habría que inventar un tercer sistema, pero no tenemos tiempo. Así que tendrán que hacer un sistema de tránsito que reúna lo menos malo de los dos y asumir que la etapa del primer mundo y el segundo y la guerra fría ya ha acabado. Se impone un nuevo modelo que tenga en mente lo mejor y lo peor de lo vivido hasta ahora, y que se atreva a los cambios rotundos que hacen falta. A asumir desequilibrios y su maravillosa oportunidad para crear nuevos ritmos.
Nos jugamos la vida.
Texto y fotos: Marga Alconchel