Imaginemos que tenemos mucho poder y todo el anonimato. Y que somos de un país que se jacta de ser el más rico del mundo. Y que analizamos muchas cosas que nadie sabe, y deducimos que para la siguiente etapa nos hace falta alguien especial, un comodín que sirva para casi todo y guste a casi todos.
Imaginemos que trazamos un perfil: un hombre de una raza oprimida, para que levante simpatías. Pero educado en la raza poderosa, para que genere confianza. Creyente de una religión, aunque no demasiado practicante. Y criado en otra, para que tenga credibilidad entre las dos. Y con muchas razas mezcladas en su historia, pero todas comedidas. Y por supuesto, criado por unos abuelos blancos más que muy tolerantes, para que despierte simpatías entre la gran masa del pueblo.
Imaginemos que buscamos entre 200 millones de personas (ahí debe haber de todo) y encontramos alguien que se adapta mucho al perfil. Una vez seleccionado, es cuestión de entrenarlo. Y una de sus bazas ha de ser una absoluta confianza en sí mismo que arrastre a amigos y enemigos. Y ya tenemos al candidato ideal para cambiar el mundo.
Imaginemos que lo ponemos en campaña, una escenografía milimétricamente estudiada. Y que una vez que gana, ponemos en su equipo de colaboradores más cercanos a algunos de sus enemigos vencidos (muestra de bonhomía y pragmatismo), algunos triunfadores de legislaciones pasadas (el país no olvida a sus hombres), algunas mujeres (ya no hay nadie machista) y razas variadas. Todo el mundo se siente representado por algún lado y todo el mundo se siente ganador, por algún lado.
Y se le echa a rodar por el mundo. Un proyecto de años, con mucha gente involucrada y mucho más en la sombra que a la luz. El hombre con más poder del mundo que compra sus propias hamburguesas en el restaurante de la esquina, con todo su séquito y las cámaras, y hace cola como todos. Un hombre con indudable carisma y con una biografía real, salpicadita de incidencias que lo hagan humano (algún porrete, alguna multa menor). Un hombre que habla los idiomas necesarios en el momento actual, que conoce las claves para comunicarse con los colectivos más problemáticos y que se vende como el sueño americano en carne viva.
Todo esto es una especulación, y el presidente norteamericano de momento ha demostrado buen pulso para todo lo que está haciendo. Tanto buen pulso y tan adecuadas propuestas que da la impresión de ser todo una magnífica puesta en escena. De hecho parece una versión s. XXI de un mesías religioso que ha aparecido en el momento oportuno.
Esperemos que sus cientos de asesores y las toneladas de informes que manejan les den las claves para sanear el desastre en el que vivimos todos y del que tienen buena parte de culpa. Porque toda esta crisis es a causa del dinero y los que más tienen son ellos.
No podemos hacer mucho más que observar lo que hace y valorar si realmente los de bambalinas han puesto sobre la tarima a un mesías. El Iching, que lleva cinco mil años observando el futuro, dice en una de sus tiradas: El Príncipe auténtico acierta al halcón con una sola flecha.
Texto: Marga Alconchel
Hay una crisis económica de espanto y de repente sale una gripe porcina en un destino turístico. Se disparan las alarmas, se venden como caramelos las mascarillas que no sirven para nada pero quedan muy propias y se pone en marcha toda la maquinaria.
Esa gripe porcina que ha mutado y que se pasa a los humanos y a la que se le ha cambiado el nombre (A) para que no suene tan feo… mata menos que la gripe benigna de todos los inviernos. A 27 de mayo de 2009 en 48 países (cientos de millones de habitantes) había 13.398 personas contagiadas, de las que habían muerto… 95. México es la zona donde la gripe ha resultado más letal, con un porcentaje del 1,82%, o sea, 83 personas en la capital, donde viven 15 millones. La proporción da risa. Lo dicho, un resfriado mata más gente. Ya lo dicen las pelis de polis: ¿A quién beneficia todo esto?
Bajo el cartel de una pandemia, los carísimos antivirales se venden desesperadamente, y las multinacionales farmacéuticas hacen caja, y los vendedores de miedo consiguen grandes dividendos. Se recomienda el principio oseltamivir, que se comercializa con el nombre de Tamiflu, fabricado por los laboratorios suizos Hoffmann-La Roche. Es el que se hizo famoso con la gripe aviar y ahora se vende entre 40 y 100 dólares. El otro principio activo recomendado es zanamivir, comercializado por Glaxo Smith Kline bajo el nombre de Relenza, a 40 euros caja. Este no sirve contra ninguna gripe, pero ambos se están vendiendo por toneladas.
En nombre de la A, Egipto, país de confesión islámica (religión que prohíbe el cerdo por precepto de culto) ha aprovechado para sacrificar la mayor parte de su cabaña porcina, aun a costa de arruinar a miles de pequeños ganaderos y por encima de todos los informes de que no se transmite directamente de animal a persona. China ha aprovechado para restringir más el movimiento de la gente, Japón ha multiplicado las medidas sanitarias (y el gasto medio por habitante), México decretó cuatro días de encierro voluntario en casa que sirvieron para domesticar las calles, sujetar a la población y asear los espacios públicos… Vendedores de miedo.
Además de las multinacionales químicas, todos los gobiernos se han apuntado a la fiesta. Dicen que en España (47 millones) tenemos 100 contagiados. O sea, hemos de hablar con 470.000 personas para encontrar un griposo A. Algunos políticos se desgarran los trajes a medida, algunos vociferan contra todo y contra todos porque es su única manera de captar atención, los médicos simplemente recomiendan reposo y mucho líquido…
Y la crisis económica va quedando en un segundo término. No me refiero a las medidas que se están adoptando con más o menos acierto, sino al control sobre las causas para que no se repitan. Y eso sí que está matando gente poco a poco. Grandes constructoras, grandes bancos, grandes especuladores de riesgo… todos en su butaca. Un sistema económico que evidentemente es dañino desde la raíz y sólo se parchea. Lógicamente no se pueden destruir todas las instituciones económicas de una tacada y empezar desde cero, las cosas se han de hacer paulatinamente. Pero se han de hacer. Y eso empieza por unas depuraciones y unas responsabilidades penales que no se ven. ¡…Pero como es muy urgente atender una gripe tan grave!…
Y los de a pie qué hacemos con la A? Pues analizar los datos, consultar con el médico si es que los síntomas son exagerados, dejarse de histerias caras y seguir con la vida sin perder de vista todo lo que no es gripe. Recordar a Machado (“distingo entre las voces y los ecos”) y vigilar que los que ganan con todo esto no nos la estén dando con queso por la puerta de atrás. Como dicen los castellanos viejos, bueno es si bien acaba.
Texto: Marga Alconchel
Que los piratas somalíes asaltan a los barcos mercantes porque sí. Que no, que en realidad son pobres africanos llamando la atención porque grandes pesqueros han arruinado sus fondos con redes de arrastre y ya no hay peces. Que es que han convertido sus aguas en un vertedero de materias tóxicas que ha matado la pesca de la que viven. Que no, que los asaltantes son de las mafias locales y han encontrado un filón en los rescates. Que el gobierno que no gobierna en ese país dice que no puede hacer nada porque es pobre, que lo hagan los países asaltados. Que no, que quiere sacar tajada. Que es un problema de islámicos contra todo lo que huela a no islámico. Que no, que se han hecho islámicos por desesperación.
Todo eso es verdad y no lo es. Que las aguas somalíes son un vertedero de materias tóxicas es más que probable. Que no hay pesca en la zona, también. Y que las cosas no son tan simples, también. Y que es bochornoso que sigan con el cuento de los malo-malísimos blancos expoliando a los bueno-buenísimos negros. Todos los países del mundo han sido invadidos y expoliados en sucesivas guerras a o largo de la memoria de la Humanidad. Todos. En Africa no son excepción, vale ya de hacerse los víctimas eternos. Toca trabajar, como han trabajado todos los países para salir de sus respectivas miserias. Muchos de sus enemigos tienen el mismo color de su piel.
De momento, los piratas llevan armamento nuevo y municiones, y son dos cosas que no se venden a crédito ni a cambio de pescadito. De momento, los rescates son de millones de euros, y ahora mismo hay veinte barcos retenidos a la espera de que se junte el dinero. Y desde que esta moda se ha multiplicado en el cuerno de Africa, el dinero corre por los prostíbulos, en la compra de coca, en los coches de lujo y en los sobornos, pero no se ha levantado ni una sola industria ni un solo hospital, pese a que el mal sexo y la droga han multiplicado el sida.
Somalia es un país fracasado, no existe como tal. Lo que planea por encima es una cuestión de dinero. Dinero para armar a los hombres asaltantes (el eslabón más débil, aunque no el más delicado), dinero de rescate, dinero para los traficantes de armas y de droga, dinero de los países asaltados enviando barcos y diplomáticos y recursos, dinero desviado de un país sin gobierno que en nombre de su pobreza también pide dinero.
Los asaltados son barcos mercantes de paso, no de guerra, no pesqueros. Las potencias asaltadas han enviado barcos de guerra, han analizado el tema, y han enviado recursos para levantar la zona de donde salen la mayoría de los piratas. Y aunque sea una medida correcta, es una gota en el desierto. Mientras con un solo golpe consigan millones, quien se va a dedicar a la pesca o la carpintería? Mientras a fuerza de secuestros consigan ayudas millonarias extranjeras, para qué el ímprobo trabajo de construir un país? Mientras los dirigentes islámicos les digan que es bueno todo lo que sea malo para el infiel, quién se resiste? Mientras los intermediarios londinenses se lleven de comisión lo mismo que se paga de secuestro, quién lo va a impedir?
No es una cuestión de negros o de islámicos. Es una cuestión de desesperanza. No tienen otro presente ni ven otro futuro. Inyectar millones en rescates sólo sirve para alimentar esta situación. Llevar a los piratas al país de al lado para que sean juzgados parece un chiste.
Por cuestión de principios, no se deben pagar rescates. Y se debe evitar el riesgo de que el secuestro se convierta en una moda rentable. Los cientos de barcos que cruzan la zona podrían llevar mangueras a alta presión para alejar las barcas que quieran abordarlos. Y los gobiernos implicados, negociar con Somalia el fin de esta situación que a ese gobierno le va muy bien. Sin ingenuidades: Ningún somalí hace nada por impedirlo, y muchas potencias occidentales ya están invirtiendo en infraestructuras en las zonas más depauperadas del país. El gobierno africano pide que los ricos inviertan. Y los ricos dicen que en un país que no es serio no se puede invertir, que es tirar agua al mar. Y que si se compran armas y drogas es que hay dinero.
Por cuestión humanitaria, se debe ayudar a las personas necesitadas. Las empresas que han arrasado las zonas de pesca aprovechando un vacío de poder, deben recompensar invirtiendo en empresas locales que generen puestos de trabajo. Y el gobierno de Somalia ejercer como tal. Recientemente se vio en un documental a todo un ministro, con su coche todoterreno y seis hombres armados como escolta, acompañar (previo pago) a unos periodistas para hacer un reportaje de la situación. Llegados a un pueblo, el portavoz de los piratas le dijo que se fuera que no era bienvenido. Y sencillamente se giró y se fue.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Queríamos independencia, libertad, vida. Nos casábamos enseguida (lo de vivir juntos era muy problemático) y nos metíamos en mini-pisos de 28 metros cuadrados, donde el sofá era también cama, asiento para la mesa, despacho y confesionario. No era lo que queríamos, era lo que podíamos pagar. Trabajábamos en cualquier cosa por cualquier sueldo. Después vinieron otros que con más de tres décadas en el DNI seguían negándose a salir del nido de sus papás, convertido en hotel gratis, hasta que tuvieran un pisazo en las mismas condiciones que aquel que sus padres consiguieron después de 30 años de trabajo y deudas. No tienen deseos de libertad ni de independencia, porque de eso ya tienen. No tienen ansias, tampoco ilusiones. Parecen cascarones desmotivados. Dicen que los alquileres son caros, las hipotecas prohibitivas, los trabajos precarios y sus personitas no están hechas para carencias. "Yo no estoy dispuesto a vivir como has vivido tú”,me han dicho.
Los precios siempre han sido caros para los que se emancipan, porque son los primeros pasos independientes de una vida, y todo está por hacer. Y los trabajos tampoco son lo mejor del mundo, porque se accede a ellos sin experiencia. Prolongar indefinidamente la estancia en la casa paterna es un comportamiento de adolescentes impunes, de permanentes inmaduros. Dicen que ellos no fabricaron este mundo, se lo encontraron así. Bienvenidos a la vida, señoritos, porque nosotros tampoco fabricamos el que nos encontramos, también lo encontramos hecho. Hasta los cavernícolas se encontraron el mundo como estaba.
Los señoritos dicen que no pidieron nacer, así que se les debe manutención indefinida. Cierto, no pidieron nacer: por eso deben dar gracias por la vida que se les regaló, y por todos y cada uno de los días que han vivido a costa de unos padres que acertaron o no en la educación, pero que dedicaron a ello sus esfuerzos, buena parte de sus ingresos y de su tiempo. Y ya es hora de que los señoritos se valgan por sí mismos.
Pero hacerse cargo de la propia vida es muy cansado; hay que vigilar la despensa y el armario, hay que lavar y cocinar y asear y gestionar papeles y perderse en esas menudencias en las que las mamás son tan expertas y dedican jornadas inacabables. Y los papás son buenos ordenanzas y porteadores. Si se encargan de sí mismos luego les falta tiempo para perderlo, para cervezas y amigos y cine y ligoteo y el famoso dolce fare niente. Pretenden ser eternamente adolescentes irresponsables.
Los que los hemos visto crecer les avisamos que así no van bien, que tanta tontería les está atrasando el entrenamiento en vivir, que pasarlo bien no está reñido con que, además, se responsabilicen de sí mismos. Y nos miran como si fuéramos momias parlantes, artilugios desfasados que no saben de qué hablan. Lamentablemente somos nosotros los que sabemos de qué hablamos; son ellos los que no tienen idea de la que les espera. Porque tanta falta de entrenamiento los ha hecho muy vulnerables: no saben volar con sus propias alas, y el primer contratiempo los tira al suelo. Ellos dicen que su mundo es otro, que el futuro es suyo, que nosotros somos pasado. Hasta en eso son adolescentes: el pasado pasó, el futuro no ha llegado. Todos somos presente.
No son mala gente, sólo inmaduros, abusones impunes que no quieren pasar de los quince años mentales. Las cosas empezaron con una educación equivocada, sí, pero eso no los disculpa: con más de 30 años a la espalda, buena parte de la culpa ya es suya.
Vamos a ponernos de acuerdo: Estamos todos en el mismo planeta, que da vueltas cada día sin tener en cuenta si nos gusta o no. Vamos a entendernos y a asumir la parte de todo que nos corresponde a cada uno. Y cuando dejemos de mirarnos como si el otro fuera un estorbo, encontraremos el truco para hacer el mundo y la vida mucho más habitable.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Judíos contra árabes, árabes contra judíos. En un espacio relativamente pequeño, una tierra atiborrada de historia antigua en la que todos tienen puesto el quid de sus creencias. Y a todos les sobra las presencias de los otros. Guerras por el territorio, por las piedras, por el espacio, por el pastel turístico. Jerusalén para todos en exclusiva. Jerusalén para nadie.
Se podría hacer un ejercicio de gimnasia intelectual: Y si Jerusalén, por algún extraño cataclismo, quedase reducida a grava? Ni siquiera a piedras que se pudiesen adorar como reliquias. Pura grava. Nunca más el templo de Salomón. Nunca más el Muro de las Lamentaciones, Nunca más nada que adorar. Nunca más la posibilidad de discutir por piedras. Y naturalmente, nunca más hordas de turistas en busca del sentido de una fe.
¿Qué harían los fundamentalistas de las tres religiones que la consideran el ombligo del mundo? Qué harían los gobiernos de los dos estados que dicen no caber en la misma tierra? Cuando unos niños se pelean por el mismo juguete, a veces se les quita, con lo que la bronca sigue para recuperarlo. A veces se le concede sólo a uno, con lo que el otro se enfada, ofendido, y busca recuperarlo. A veces se rompe ante los dos, para que sepan que ya no tienen causa para seguir peleando.
Y a veces se les obliga a sentarse y pactar qué van a hacer con el juguete, bajo la amenaza de destruirlo delante de ellos. Y los niños, que no suelen entender todavía de matices, saben dejar de lado sus enfados para atender un interés superior: pactar un uso y unas condiciones para tener un poco de juguete antes que nada. Y al cabo de un tiempo no muy largo, suelen jugar sin muchos más problemas.
Dos naciones o dos religiones no son dos niños. Pero a veces tantos árboles no dejan ver el bosque. Arrasar Jerusalén sería una salvajada imperdonable, porque como todo lo que ha hecho el hombre, forma parte del patrimonio cultural de la Humanidad. Pero como ejercicio cerebral, como especulación, no deja de tener su interés.
También quedaría el asunto de qué se hace con semejante espacio cuando ya sólo sea un solar. Siguiendo con la gimnasia intelectual, podrían ser jardines urbanos de la ciudad nueva. O una biblioteca al estilo de la antigua de Alejandría dedicada al estudio de todas las religiones del hombre.
O un parque temático que solucionara el otro tema de fondo de la ciudad tres veces santa: el pastel económico de las visitas turísticas. Y eso quizás si los pusiera de acuerdo.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Tiempos de desconcierto, de desesperación y de reflexiones sombrías. No es necesario que sea una crisis económica mundial, basta con que sea una crisis personal. Un divorcio, la pérdida de empleo, una amistad que revienta con amarguras podridas. De repente parece que nada tiene sentido, que hemos navegado con rumbo equivocado, en un barco equivocado, en un mar equivocado. Y buscamos ayuda.
Juegan la economía y la vergüenza a la hora de preferir un libro de autoayuda antes que la consulta de un profesional. Es más barato y además más privado; se puede mantener oculto y nadie sabe que uno está absolutamente perdido. Así que se compra alguno que se haya vendido mucho. Y se descubre, en el pasar de las páginas, que el trasfondo es un “¡cambie de actitud, criatura, y tómese menos en serio a usted mismo!” Pero el mensaje no ayuda mucho. Qué cambio? Cómo? Porqué? Y porqué no cambian los otros? Y realmente seré feliz si cambio tantísimo? O me quedaré irreconocible para mí mismo? He de ser frívolo para ser feliz o para entender el mundo?
Cincuenta libros después, se piensa en el sicólogo. Se comenta de pasada a alguien y ese alma caritativa que también pasó por ese calvario te da un par de pistas: 100 euros por semana durante tres o cuatro años. Y uno piensa si para hablarle a alguien que escucha sin opinar es necesario arruinarse. Así que uno se apunta a todos los cursillos de todas las cosas posibles, a ver si en el trato con mucha gente se aprende algo. Y descubre que la gente va a los cursillos a lo mismo, así que tampoco hay muchas soluciones existenciales en la confección de patchwork o el bricolage con latas de cerveza.
Con todo eso, van pasando las semanas, los meses. Y la inevitable comedura de coco, y la comparación con los demás... depende de la materia con que esté hecha el alma de uno, se hace limpieza interior, se entienden algunas cosas, se archivan otras y se encamina cojeando a la próxima estación de la vida. Pero si el alma es otra, puede perderse en un mar de nubes negras en el que no se puede orientar, y acabar cociendo eternamente rencores, miedos, y reviviendo continuamente las escenas que está deseando olvidar.
La gente que se ha quedado si empleo en nombre de esta crisis anda en una versión laboral de ese laberinto. Y la depre les acecha como una mala gripe. Si la empresa cierra, a dónde voy? Si la empresa sólo ha echado a unos cuantos, porqué a mí? Y si en casa se acumulan las facturas impagadas y las amenazas de cortar luz, agua, gas, teléfono y hasta los cordones de los zapatos, la ansiedad echa la armonía por la ventana. Necesita ayuda económica, evidentemente. Pero también necesita ayuda anímica. Para sobrevivir sin volverse loco, para descartar lo realmente superfluo de su vida, para hacerse fuerte de cara a la siguiente crisis. Porque no hay que engañarse: las crisis son yo-yos, vuelven siempre, pero no siempre por el mismo sitio. Estar vivo implica deslizarse por un mundo lleno de problemas y alegrías, o sea, de tropiezos duros y otros alegres, pero tropiezos.
La ayuda no puede venir de un libro. Ni de un sicólogo. La ayuda viene de un libro, más un sicólogo, más unos amigos, más unas reflexiones, más un pasar el tiempo... Las crisis no suelen ser simplonas y tampoco tienen soluciones simplonas. Pero en todo caso, lo que evidencian es que el ser humano necesita seres humanos. De todas las clases: amigos, familias, amantes... Como decía Joan Barril, es en la sociedad, y no en la soledad, donde nos curamos.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Entra decidida por los pasillos de la biblioteca, llega al mostrador y con una sonrisa pregunta si puede pasar a sala. La bibliotecaria le dice un sonriente “pasa, América” y ella entra en un habitáculo titulado “multimedia”. Se sienta silenciosamente, saca del bolso la libreta de los apuntes, se pone las gafas de leer en la punta de la nariz y con decisión un tanto asustada, escribe una dirección web. Tiene 73 años y una cuenta de correo.

Lee concienzudamente los mensajes que le escriben sus sobrinos, sus hijos, la familia lejana. Contestar cada correo es una tarea entretenida, sobretodo porque “responder” y “adjuntar” son cuestiones complicadas que ha de consultar en su libreta. Le pone voluntad y paciencia hasta que se enfada con la máquina y con sus dedos y decide pedir ayuda. El chico que se sienta a su lado le sonríe, le habla con mucho afecto y en dos golpes de tecla le soluciona el problema. Y ella siempre se disculpa repitiendo que es nueva en esto, que aun tiene mucho que aprender.
A su otro lado se sienta un señor de su misma juventud. También despliega una libreta, un boli, y algunos folletos. Abre una página que lleva por título “como hacer su propia web”. Y le cuenta que quiere escribirse con su nieto y que el crío no lo trate como a un viejo.
Alrededor de los dos pululan inmigrantes abriendo páginas en caracteres extraños, jóvenes escuchando músicas o consultando cientos de páginas veloces. En los ordenadores de estos dos el tiempo pasa de otra forma.
Cuando termina su turno ella sale satisfecha de la sala: ha visitado la página del pueblo donde nació y la otra del pueblo de sus hermanos. También está preocupada por solucionar las dudas que le traen las máquinas. A su espalda la bibliotecaria la mira con mucha calidez y le comenta a la otra chica que esta mujer viene desde hace meses, que hizo un cursillo, que no lo deja, que está animada y acobardada a la vez. Y América se va a casa con la cabeza llena de links, presentaciones power point, páginas interactivas y fotos, muchas fotos.
Ella comentó un día que le hubiera gustado aprender a escribir a máquina. Y como las máquinas ya estaban desfasadas, por su casa aterrizó un ordenador sencillo. Y ella, tan emocionada como desbordada, buscó un libro de poemas de Rosalía de Castro y lo colocó sobre un atril. Sujetó las páginas con una pinza de tender la ropa, se caló las gafas de leer y se empeñó en copiarlo entero para memorizar dónde estaba cada tecla. Quería ir a un cursillo, pero primero quería tener algunos conocimientos previos.
Se peleó con acentos, con negritas y sangrías, con copiar y guardar, se familiarizó con webs, usuarios y passwords. Y fue a clase con la ilusión de la novedad, y tuvo su cuenta y nos apuntaba su dirección copiándola de la libreta para que no se le escapara una letra.
Va guisando un arroz y preguntando cómo se reenvían las fotos de su sobrino. Pela alcachofas comentando un power point. Sufre cuando envía una nota porque tiene faltas de ortografía, aunque se le entiende perfectamente. Recibe la admiración de todo el mundo y palabras de ánimo. Y siempre responde extrañada con los ojos muy abiertos si es que se creen que es demasiado vieja o demasiado tonta.
Tiene 73 años y un mail. Y es mi madre.
Texto y fotos: Marga Alconchel