09 abril 2017

Se ha suicidado un niño de 11 años

Ha sido una noticia reciente (http://www.20minutos.es/noticia/3007305/0/nino-suicida-novia-fingir-muerte/ ). En EEUU, una niña de 13 años y sus amigos hicieron creer al novio de ella, de 11 años, que ella se había suicidado. Y él reaccionó ahorcándose en su habitación. Lo encontró su madre y lo llevó al hospital, pero no sobrevivió. 

La niña ideó una broma de mal gusto, exagerada, infantilmente torturante (quizás acababa de leer una novela de Shakespeare), pero broma al fin. Sus amigos la siguieron en ese comportamiento tan humano de “hacer piña”, de colaborar con lo que sea por los amigos. Y lo extendieron por las redes sociales, rapidísimas, multiplicadoras de cualquier voz. 
Tysen Benz,  de once años, extrovertido, simpático y deportista, se lo creyó todo, porque era ella, porque eran sus amigos, porque salía en las redes sociales, porque a su edad no tenía más recursos de experiencias vitales para comprobarlo por sí mismo. Luego la decisión trágica, que sólo conociendo su mente y su entorno familiar podríamos llegar a entender.  

Y después la reacción de la madre, Katrina Goss. Con el ánimo hundido de dolor por la pérdida de un hijo necesita encontrar un culpable a quien volcarle ese peso. Averiguó que su hijo había comprado un móvil a escondidas, que se veía con la niña, a la que ella no llegó a conocer. El comportamiento habitual de dos niños que se gustan y empiezan a dar pasitos por la vida en esa nueva etapa.

De ahí a considerar a la niña culpable de asesinato va un abismo. La madre ha considerado que la niña es culpable de esa muerte, la acusa de haber utilizado un ordenador para cometer un crimen, de utilizar con maldad las redes sociales, y asegura que “con 13 años ya eres consciente de tus actos. Siento que se aprovechó de mi hijo para manipularlo porque era mayor que él. No creo que esto se deba tomar a la ligera”. No está hablando de adultos metidos en juegos macabros. Está hablando de niños a los que la broma se les fue de las manos.

La reacción de la madre, aun pudiendo ser entendible, es excesiva y muy cuestionable. Un suicidio es un hecho personal. Tysen decidió quitarse la vida, y con ese dolor seguirán viviendo sus padres y sus hermanos de 10 y 14 años. Probablemente ni la niña ni sus amigos esperaban algo así, probablemente ella está tan asustada e impactada como los amigos que participaron en la broma. Todos tendrán en su interior el peso de esa muerte, porque también era amigo de ellos, porque la niña y él eran “novietes”.

En las noticias publicadas dicen que la madre ha declarado que la niña “No hizo nada para ponerse en contacto conmigo o con las autoridades”. Lógico: la niña y sus padres están seguros de no haber cometido ningún delito, tienen su duelo propio y en todo caso, después de las declaraciones de la otra madre, mantienen las distancias. Pero Katrina Goss insiste en que es como un asesinato y quiere que tenga alguna clase de castigo.
La niña ya tiene castigo, y largo. En el colegio todos sabían que salían juntos, así que todos saben lo que ha pasado. En su casa también habrá tenido conversaciones sobre el uso del ordenador. La que nunca habló con ella es precisamente la que la acusa de asesinato.

A veces el dolor nubla los ojos. Los padres de ambos son los que han de tener un comportamiento adulto, no los niños. Las iniciativas, las conversaciones, las explicaciones, los pasos, los tienen que dar los adultos, y después hablar con los niños. Las decisiones se deben tomar después de hablar, de entender, de conocer todos los ángulos de lo que haya pasado.

Sólo entonces se podrá decidir si ha sido una maldita broma que se fue muy lejos, o si hay varios clientes para los sicólogos. Pero la salida no puede ser empezar por acusar de crimen a una niña de trece años. Eso, en un país con pena de muerte y que tiene a menores en la cárcel, puede coger un camino muy peligroso. 

07 abril 2017

El Celler de can Roca, un mundo en sí mismo

Dicen que lo que llenó nuestra infancia estará presente en toda nuestra vida, para bien y para mal. Los hermanos Roca (Joan, Josep y Jordi) crecieron entre fogones, cazuelas, verduras y carnes, y les han llenado la vida para bien. Con ellos han creado Can Roca, un universo absoluto, reconocido en todo el mundo y nombrado en 2013 El Mejor Restaurante del Mundo.
Ahora celebra sus 30 años sin haber querido nunca alejarse de la primera cocina, aquella de la infancia. Una trayectoria que ahora se exhibe el Palau Robert de Barcelona, encuadrada en el Año de la Gastronomía y Enoturismo, en el que Catalunya ha sido declarada Región Europea de la Gastronomía. 
La trayectoria vital de los hermanos Roca, su filosofía, sus proyectos y sus metas se recogen en una exposición con el acertadísimo título De la Tierra a la Luna, como aquella novela de Julio Verne que hacia real lo imposible. Y esa era la meta que parecían haberse marcado los Roca y que han conseguido sobradamente. Y sin haber perdido la tierra bajo los pies, ni las cazuelas de la madre y la abuela en aquel primer bar que dio origen a todo, donde los críos ayudaban en la cocina y jugaban a llevar platos en los brazos.


Sólo desde la pasión y el sentido de la vida como un todo que todo lo envuelve puede entenderse la trayectoria de los hermanos, lo que han conseguido y la inmensidad que han alcanzado casi sin haber sacado (simbólicamente) los pies de casa. 

Un sentido holístico de la vida para convertir cada idea, cada pensamiento, cada imagen, cada noticia, en un referente culinario y alimenticio, en un acto que llevará a incorporar esa vivencia al interior de uno mismo por la vía del gusto. Una afinidad de piano entre las capacidades y las peculiaridades de cada hermano, un sentido de la dirección en que han de remar todos, un respeto a la tradición y una absoluta entrega a la modernidad. Todo se une en el mundo de los Roca, en ese viaje vital que los lleva de la Tierra a la Luna continuamente.

Hubo  años de profesionalización, de especialización, de paso por el Bulli de Ferràn Adrià. De ir consolidando una carta que aúna novedades al lado de los platos de siempre, esos que han evolucionado en nuevos conceptos y presentaciones, sin haber olvidado nunca la raíz que les da sentido.

Los diferentes ámbitos de la exposición pasean por los conceptos de su cocina y de su proyecto, sus propuestas y hasta sus inventos, porque para crear algunos platos han tenido que empezar creando la máquina que los haría posibles. Su filosofía, su estrategia con todo el equipo que hace posible cada plato, e incluso su especialización: Son tres hermanos y cubren todo el espectro de una buena mesa, Joan en cocina, Josep en vinos y Jordi en postres.
Una parte de la visita recrea en 360º el universo de los Roca. Tres máscaras (a escoger) permiten al visitante observar desde dentro y con visión total los tres ámbitos del mundo Roca: guiso, vino, postre. En el de los vinos, Josep muestra y explica los “escenarios” que ha creado en su bodega para explicar a las visitas sus sensaciones y sus vinculaciones con clases de uva, con matices, con formas plásticas de explicar un sabor o una textura. Explica mirando al espectador que la uva Riesling le recuerda a la seda dorada, que los campos del Priorat son su infancia, que el vino tiene tierra y tiene cielo. En el de los postres, Jordi solidifica humo para un postre y recrea la filigrana de un pase de futbol que acabó en gol.

La implicación de todos los miembros del equipo, la fantasía, la poesía, la creatividad, la actualidad que los rodea, los recuerdos, la alegría, incluso la presencia de su coach Inma Puig (conocida por su labor en el FC Barcelona) una figura imprescindible para que el engranaje emocional y creativo de todo el equipo funcione como un reloj que marca la buena hora para todos.

Todo lo demás es el simbólico viaje a la Luna, los éxitos, los reconocimientos, e incluso los viajes de exhibición, en los que trasladan literalmente el restaurante, que sin embargo, nunca han querido clonar o multiplicar en otros lares. Viajan por todo el mundo para aprender de todo el mundo, para mostrarse a todo el mundo… y para volver siempre a casa, porque Can Roca está en la misma tierra desde siempre, y no hay sucursal en el mundo.


La exposición permanecerá en el Palau Robert hasta el 23 de abril de 2017. Web del propio Celler de Can Roca: Celler de Can Roca

Video promocional de la exposición (1,04’): Expo Palau Robert


13 marzo 2017

PèlaPèl, las mascotas que siempre están ahí.

Las mascotas son esos seres no humanos que llenan de humanidad el día a día de muchas casas. Gritan, se enfadan, rompen lo que les da la gana y a muchos hay que sacarlos a su “cuarto de baño exterior”. También son infinitamente pacientes, cariñosos, intuitivamente comprensivos y caritativos. Y gracias a Olga Muñoz Blasco, son modelos de pintura.

Olga Muñoz Blasco en su web se define a sí misma como: “Pintora y restauradora. Tengo estudios de Grado Superior de Artes Plásticas y Diseño realizados a la Escuela Massana y soy Conservadora – Restauradora por la Universitat de Barcelona.  Me he especializado en la Restauración de Colecciones de Ciencias Naturales. Imparto clases de Procedimientos Pictóricos en “Massana Permanent”, cursos de Formación Continuada.”

Después de esa presentación tan aséptica y profesional, Olga desgrana las imágenes de sus mascotas, retazos de piel doméstica en los que cada pelo tiene su lugar en el espacio, cada detalle conforma, con una inmensidad de luz, un volumen que le hace completamente real, físico. Todos juntos llenan la exposición PèlaPèl (Pelo a pelo) en Museu Blau de Barcelona.

Unas obras limpias, luminosas, claras, donde el trazo exacto imprime volumen a la obra. Las mascotas parecen vivas, relajadas, curiosas. Y las que están de frente realmente miran al visitante. El efecto es tan vital que sorprende no sentir ladridos y maullidos en esa zona de museo.

El pequeño video que acompaña la exposición muestra una pincelada de la forma de trabajar de la pintora. Su formación le imprime una forma de trabajar extraordinariamente detallista, minuciosa, dedicada a cada pelo (de ahí el nombre de la exposición, Pelo a Pelo) para que adquiera un volumen y un lugar concreto en la obra, para que sea un reflejo absolutamente real del animal que corretea por el estudio de la pintora. Obras hechas sin prisa, con grandes dotes de observación y un gran sentido del volumen y la perspectiva para que cada trazo sea inmediatamente un pelo.

Los lienzos reproducen pedacitos de mascota: una oreja, los colores del lomo, un ojo de mirada diáfana, un lugar donde se unen varios colores con pliegues de piel. Y todo bañado por una luz absoluta, clara. Una exposición que da calma, que mueve admiración por la precisión en el trazo… y que incita a encontrar una mascota que nos mire así.


La exposición PèlaPèl permanecerá en el Museu Blau, en pleno Fórum de Barcelona (Pl. Leonardo da Vinci, 4) hasta el próximo 29 de octubre de 2017.













05 febrero 2017

La Religión y la calle

Europa tenía civilización, progreso y relativa paz social mientras el poder lo tenía el imperio romano, con tantos dioses que era como no tener ninguno. Había ciudades con calles adoquinadas y sistema de alcantarillado, baños públicos con agua caliente, foro público para las cuestiones de la ciudad. En cuanto una religión monoteísta tomó las riendas de la historia, la vida cotidiana sufrió un retroceso de siglos, y se hundió en la Edad Media.

En las tierras orientales, las vidas de las gentes se regían por sus propias costumbres adaptadas a su geografía, sus climas y sus ciclos, y todo avanzaba a la velocidad de los Hombres. Se hacían grandes descubrimientos en astronomía y en matemáticas, se debatía sobre filosofía con gentes de todas las culturas. En cuanto una religión se adueñó del poder e impuso su tiempo no-terrenal, la vida de las gentes sufrió un retroceso y un desgarro insalvable con su entorno.

Los ejemplos se suceden a lo largo de este planeta tan castigado por sus propias criaturas. Mientras lo terrenal se rige por criterios terrenales, todo va avanzando con más o menos fortuna. A la que las cuestiones mundanas empiezan a regirse por parámetros no visibles, no tangibles, no de este mundo, todo se va desmoronando a una velocidad alarmante.

Los romanos tenían reguladas las relaciones entre hombres y mujeres, las cuestiones de salud pública, la urbanidad en sus ciudades, los embarazos y los partos. No es que fueran un modelo de santidad laica, pero abordaban las cuestiones de la gente desde un sentido práctico, humano, terrenal, y por tanto más fácil de entender y usar (también tenían machismo y esclavitud, que no son tema de este texto).

Cuando un grupo de gentes tomaron el poder en nombre de un solo dios, con el que sólo ellos podían comunicarse, que sólo ellos entendían y que sólo a ellos les transmitía los criterios con los que tenían que regirse todos, todo se fue a pique. Se estableció una jerarquía, unas relaciones de dominio, unas imposiciones y unas sanciones para el que no las cumpliera.

El tema de la injerencia de las religiones en la vida no religiosa es una de esas cuestiones que no se acaban de definir nunca. Los partidarios de esas religiones piden que su creencia esté presente en todo, puesto que quieren que todo cumpla esos criterios que alguien aseguró que un dios le había transmitido directamente en persona.

Los que no tienen religión a la que aferrarse piden a los que la tienen que su fe se quede en el ámbito de lo privado, y que la ciencia y la urbanidad marquen el día a día de todos, porque cada uno tiene su propia sensibilidad y todas son respetables. Así que lo público ha de ser exquisitamente a-teo, sin dios, escrupulosamente atento a las cuestiones públicas de las personas para que funcione en paz el día a día de la gente. Y las religiones en casa de cada uno.

Los que tienen una fe dicen que el ser humano no es un animal precisamente porque tiene fe, y que reducirla al ámbito privado es como avergonzarse de ella y abandonar lo público a la barbarie. Es un enfrentamiento muy antiguo, unas veces cruento y otras no, y que no tiene visos de acabarse pronto.

La religión, como cualquier organización colegiada, protege ferozmente a sus miembros. De vez en cuando afloran casos de pederastia (contra los más vulnerables, los niños), de robo (contra la base de su sistema: la confianza de los demás), de manipulación. De hombres que juraron celibato y se dedican a las orgías.

Pero lejos de depurarlos, las religiones los protegen o los esconden. El mensaje es claro: consideran más enemigo al que no es de su religión que al delincuente entre los suyos. Los fieles se desconciertan, los ateos se indignan, todos los ciudadanos pagan las consecuencias. Y las religiones siguen, impunes.

 Y por si no hubiera bastante con el conflicto ateo-religioso, tenemos la historia llena de conflictos religión-religión. Todas quieren ser la única, todas consideran que son la verdadera y todas quieren tener el monopolio del espacio público. Y si de paso pueden extirpar a las demás, mejor.    

Sin entrar en los valores de ninguna de ellas, una de las cosas que más las iguala es la violencia ejercida contra las personas más cercanas, los pobres, los desamparados, los desbordados por los problemas, que viven el día a día buscando soluciones donde sea. Todas las religiones dicen que son acogedoras, pero todas ejercen violencia (o indiferencia) contra esas gentes. Muchas veces porque no son evidentemente creyentes: no van a reuniones o a manifestaciones en las calles.  Cuando la tensión sobrepasa un punto  soportable, sólo queda marchar. Y eso obliga a grandes desplazamientos, a migraciones de miles de personas para salvar la vida.

Después, lo que tantas veces se ve en los noticiarios: penurias por el camino y problemas de acogimiento cuando no un rechazo directo por parte de la tierra de destino. Es terriblemente injusto, pero también es una reacción con una lógica visceral: los refugiados no van a ir a los barrios caros ni van a competir por los trabajos de grandes ejecutivos. Los refugiados son un peso y un riesgo para los más pobres de cada sociedad. Que también son los más solidarios porque conocen la miseria. Y ya está la bomba montada.

El ser humano siempre ha buscado respuestas a las grandes preguntas. Y ha elaborado religiones para moverse en esa inmensidad desconocida. Es un deseo muy humano, como humano es tener una convivencia en paz. Por eso las religiones han de estar escrupulosamente separadas de la gestión pública. No deben estar mantenidas con dinero público, porque eso obliga a los que no tienen esa fe a financiarla. No deben formar parte de los estudios a ningún nivel, porque no se puede examinar la fe o la creencia de nadie, ni se debe obligar a nadie a memorizar unos textos en los que no cree.


Todas las religiones en su conjunto necesitan un fuerte saneamiento después de siglos de impunidad y de no adaptarse al presente. Y eso no quita que sean respetables en esencia, y que sus fieles tengan su espacio privado para sus reuniones y ritos. Pero deben mantenerse escrupulosamente fuera de la calle de todos.


31 enero 2017

Museo del Perfume

El Paseo de Gracia barcelonés fue definido una vez como “el sueño de un pastelero” en referencia a las fachadas adornadas, que al comentarista le parecieron como enormes pasteles de boda.


En una de esas fachadas de pastel se ubica desde hace 80 años la antigua y soberana Perfumería Regia, uno de los establecimientos con más solera y más especializados en el mundo de los aromas. Y en la parte de atrás de su local se abre la magia de un museo.

El sentido del olfato es uno de los más biológicamente importantes para el desarrollo humano. Los primeros humanos encontraban las presas con las que comer por el olor y aprendieron que su propio olor podía espantarlas y a la vez atraer a quienes los cazarían a ellos. Durante siglos, se estudiaba el olor personal de alguien (feromonas) para conocer su salud y lo que comía. Los olores de algunas plantas servían para ahuyentar pequeños animales o para sanear atmósferas enfermas. Con el tiempo, los humanos creyeron en dioses y les hacían ofrendas de olor en forma de flores o inciensos o esencias concentradas, que acompañaban ritos y ruegos.

El olfato es uno de nuestros sentidos más intensos, y hay suficientes estudios que demuestran que los olores despiertan sensaciones y estímulos, pueden modificar el estado de ánimo, curar y enloquecer. El perfume ha tenido siempre un lugar propio en la sociedad, y por supuesto, se le ha enfrascado adecuadamente.

Con ese bagaje histórico e infinita curiosidad, Ramón Planas fue recopilando envases, objetos y curiosidades alrededor del mundo del perfume, hasta reunir una colección con la que abrir un museo en el Paseo de Gracia, en medio de ese “sueño de un pastelero”.

El Museo del Perfume fue inaugurado en 1961, y tal como reza su propia página, está dividido en dos grandes ámbitos: uno para los envases antiguos de esencias, ungüentos, ofrendas y cuidado personal. Y otro, más cercano en el tiempo y más mundano, para los perfumes comerciales, protagonistas de anuncios y de campañas, resultado ya de procesos industriales.

La información es impoluta, el primer ambiente, el más antiguo, resulta mágico. Frascos mínimos para contener esencias concentradísimas, lágrimas de flores o de resinas… o de venenos, que seguro que también estuvieron en maravillosos envases como esos. 



Soluciones originales para cuestiones cotidianas: a falta de higiene (propia o ajena), pendientes con pequeños receptáculos para difundir perfume alrededor de narices delicadas, o anillos. O dispositivos, como hisopos florales, para esparcir aromas y mezclas que sirvieran también de desinfectante. Las esencias no eran para pobres, y así también hay delicados envases labrados con botellitas de vidrio y el escudo de casas nobiliarias. Y envases de piedras semi-preciosas (opalina, fluorita) con tapones en filigrana de plata. O de oro.

La función de traer buena suerte también se aplicó a los aromas: unos cántires de cristal tallado de las islas Pitiusas, las almorratxes, con varias bocas, servían para esparcir aromas en las bodas para mejorar el olor ambiental y traer la buena suerte. Algunos cántires no tenían pie, no se podían apoyar de ninguna manera, porque su destino, después de regar el ambiente de buen olor y buena suerte, era ser estrellados en tierra para sellar el rito.

Los usos medicinales de esencias también llegaban hasta el final, con bálsamos y ungüentos para enfermedades y para el tratamiento de cadáveres: el museo guarda un ejemplar de la época romana del siglo II. Cada cultura tiene su propia estética, y al lado de los conocidos frascos occidentales se exponen cajitas con agujeros del mundo asiático, decoraciones y colores de Thailandia, China….

La parte del Museo que abarca la perfumería industrial se sumerge en bellísimos frascos, en nombres evocadores, en etiquetas multicolores y en campañas publicitarias que vendían emociones envasadas. Un perfume llamado “Bésame”, escenas de languidez y de hedonismo, perfumes en forma de polvo o de crema. También destacan los envases simpáticos, en forma de teclado de piano, de templete oriental, de torso humano…


Es una visita de las que llenan el ánima de buen humor, de las que bailan con las cuestiones puramente sensoriales, de olores, formas, colores, al lado de emociones más sutiles, de placidez, de leve sensualidad, de aquellas emociones atávicas que albergamos en lo más profundo de nuestro ser humano, porque a fin de cuentas, el olfato es uno de nuestros sentidos básicos, de los que conforman nuestra forma de ser y estar en este planeta. 



19 agosto 2016

Tiene 7 años y vende su peluche para poder comer: la miseria del Cuarto Mundo

No es una noticia de zona de guerra o de un país profundamente empobrecido. Ha sucedido en EEUU: un niño de siete años ha intentado vender su peluche para poder comer. Lo encontró un policía y el niño, con toda sinceridad, le dijo que tenía hambre desde hacía días, que necesitaba dinero. Mientras el policía lo llevaba a comer a un restaurante de comida rápida, sus compañeros fueron a la vivienda, donde encontraron a sus hermanos en medio de suciedad, abandono y podredumbre.

Es un caso más de hambre y miseria en el Primer Mundo, en esas sociedades cuya ideología les impulsa a correr desenfrenadamente hacia adelante, buscando el más y más cada día, despreciando al que no puede, no sabe o no tiene esa ideología, que queda varado en la cuneta como un bulto inservible. Pero es un ser humano. Son millones. Son el Cuarto Mundo.

El termino Cuarto Mundo fue acuñado por el sacerdote Joseph Wresinski en los años 70 para referirse a las personas en situación muy precaria que viven en los grandes países desarrollados. Simplificando, el Primer Mundo eran los países industrializados de ideología capitalista, el Segundo Mundo fueron los países de la órbita comunista, y el Tercer Mundo los que no llegaban al desarrollo de los dos anteriores.

Según Médicos del Mundo, en Europa residen 40 millones de ese Cuarto Mundo. En EEUU, 50 millones. Las recetas para curar esa situación tienen los más variopintos ingredientes, pero chocan con la raíz: el Cuarto Mundo existe porque lo genera el propio sistema. No se trata de cuestiones de beneficencia o de imponer un modelo que no permita a nadie enriquecerse por encima de la media. Se trata de conseguir que una sociedad sea social, es decir, que prime el beneficio humano por encima del económico. Que considere al ser humano como raíz de la sociedad, no como gasto. Que su salud sea parte del coste de la sociedad, no un fastidioso dispendio o un negocio para el que pueda pagarlo. No hay que olvidar que se trata de vidas humanas.

Con el añadido de que una sociedad social, genera menos problemas de salud, menos problemas de convivencia o de delincuencia, menos problemas de vandalismo… así que además, es económicamente más inteligente.

Las gentes más desfavorecidas gritan desde todos los puntos del planeta, montan en pateras, asaltan gobiernos y exigen derecho a vivir dignamente, porque si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo.


Quizás este sistema se esté acercando a su colapso, y sería más inteligente organizar los nuevos tiempos antes de que llegue a ser habitual ver niños por las grandes avenidas vendiendo peluches. 

14 agosto 2016

De hierro y de fuego

Hay algo profundo, instintivo, en el afán de domar el hierro y el fuego. En poder someter a un elemento con el otro, y a los dos, moldearlos según una idea propia. Construir con ellos algo duradero que resulte útil o simplemente hermoso, que es otra forma de utilidad. Tan importante es ese afán de dominio del fuego, que los romanos le asignaron todo un dios eterno (Vulcano) y aseguraron que de él son todos los volcanes de la tierra y toda la lava ardiente de las profundidades.

El hierro es uno de los  materiales más abundantes de la corteza de la tierra. Él es la causa del campo magnético planetario, y es tan útil como para definir toda una etapa del desarrollo humano, la  Edad de Hierro.

Tan duro como para necesitar 1.500ºC para fundirse. Tan dúctil como para adoptar prácticamente todas las formas. Tan versátil como para ser imán y acero. Tan compatible como para alearse con otros metales. Tan necesario como para estar en las estructuras de los miles de edificios que han cambiado el perfil de las ciudades, tan polifacético como para estar en los clips de la oficina y en los tenedores de la cocina.

Hay algo hipnótico en el trabajo de la forja, en la imagen de las piezas al rojo vivo, domeñadas y convertidas en obras de arte. Hay una enorme fuerza contenida en esos objetos de hierro que ya ha vuelto a ser negro, pero con otra forma de ser. El hombre convirtió este dominio en herramientas y armas. 

El conocimiento se convirtió en oficio y el oficio se vistió de arte. Todos los pobladores que han tenido vetas de hierro en su tierra han tenido forja, y los forjadores han sido uno de los oficios más importantes de los pueblos.

Forjadores tenían los romanos, y su trabajo se recrea cada año en la Magna Celebratio, ese fin de semana en que toda Badalona, la vieja Baetulo, se llena de tenderetes donde todos los maestros exponen lo que fue su oficio. Y donde los forjadores ponen su horno y su saber propio al alcance de la gente.

El Modernismo supo transformar ese hierro en hadas, ondas, flores y dragones. Quedaron diseminadas  ventanas, vallas y puertas ante las que brota el impulso de tocar como la necesidad de conocer las entrañas de la tierra dominada.

Los Martí, una de las familias tradicionales de forja en Catalunya, celebraron recientemente su centenario con una exposición en el Real Círculo Artístico de Barcelona. Su historia se remonta al siglo XVII. Dedicados a la crianza del vino, se acercaron al hierro para construir por sí mismos los modestos aros que necesitaban los toneles de vino. De ahí pasaron a los útiles de trabajo, a los pequeños adornos, a las grandes obras y al trabajo por encargo, porque llevan tres generaciones conviviendo con forjas y fuegos.

Hoy el hierro ha dejado paso a nuevas formas en nuevos materiales, ha quedado reducido y ha dejado su faceta laboral por otra decorativa, pero no por falta de interés del público, sino porque el trabajo y la disciplina que implica dominar el fuego y el hierro impone una servidumbre que no está adecuadamente compensada.


Un oficio y un saber con idioma propio: yunque, martinete, fuelle, acero, soldadura, templado, pavonado, palabras que suenan como conjuros necesarios para sobrevivir al trato con el hierro y el fuego.