29 marzo 2016

Quiero ir a la cárcel, hay médico gratis.

Una noticia humana sobresale en toda la vorágine de titulares repetidos entre política y masacres terroristas. Según The Financial Times, hace años que en Japón los ancianos cometen pequeños robos para que les lleven a la cárcel. No son grandes cosas, no hay violencia. Simplemente es la causa que necesitan para que les lleven a la cárcel, donde tienen asistencia médica gratuita. La noticia parecería casi una broma si no escondiera una realidad detrás: el 40% de los mayores de 60 años viven solos, los ingresos son bajos y el país es caro.

Más de la tercera parte de los hurtos (el 35%) son reincidentes, y no poco: en 2013 el 40% de ellos robaron más de seis veces. Comparado con 1991, una época de bonanza económica, han aumentado un 460%.

Es un síntoma de una sociedad (la moderna) en la que se estima que hacia 2060 casi la mitad de su población tendrá más de 60 años. Los estándares de vida actuales, los sistemas laborales y la poca protección a las capas no productivas de la sociedad (niños y mayores) están empujando a muchas personas a buscar soluciones desesperadas.

Porque ha de ser desesperante que la única solución para tener techo y comida cuando se han cumplido 60 años sea estar en la cárcel. Puede parecer una peculiaridad de la sociedad nipona, pero es un síntoma de lo que puede ocurrir en cualquier lugar.

La obsesión por hacer negocio con lo que sea, convirtiendo la salud en un producto más, es contraproducente. No sólo a nivel humano, por el desasosiego y el desamparo. No sólo a nivel social, por el abandono descarnado sobre aquellas personas que trabajaron durante décadas en la creación del status que tenemos todos. También a nivel poblacional: un colectivo empobrecido y enfermo consolida una sociedad y un país empobrecido y enfermo.

Los hospitales y la asistencia médica en sí misma, tiene un costo elevado. Las industrias farmacéuticas invierten muchísimos recursos en conseguir fórmulas y productos que mejoren la salud. Las empresas que fabrican maquinaria médica también han de pagar salarios e impuestos. Todo ese coste ha de ser cubierto, lógicamente. Pero hay un punto en que deja de ser beneficio razonable para entrar en usura.

No se puede etiquetar la salud, que no deja de ser Vida, como un negocio. Un estado debe proteger la vida de sus ciudadanos, porque ellos son la razón de ser de un Estado. Ningún país existiría, por definición, si no tuviera personas. Por tanto, las personas son lo principal, y han de estar protegidas por las instituciones a las que entregan sus impuestos y en las que delegan la gestión de las cuestiones públicas.

Los presupuestos han de contemplar el gasto sanitario como un coste de mantenimiento del país, no como un gasto por culpa de los enfermos. Gastar (invertir) en la salud de la población implica, en poco tiempo, que las cifras se reduzcan porque la población está sana. Mercadear con la salud, privatizar lo que se levantó con el dinero de todos, cerrar hospitales…  es poner el primer motivo para que nuestros mayores (que no son de Japón) empiecen a robar manzanas en los mercados.



06 marzo 2016

El descenso del Amazonas

El descenso del Amazonas es un libro escrito por Joe Kane. El subtítulo reza: “El relato de la primera expedición que logró recorrer el Amazonas desde la fuente hasta la desembocadura en el Océano Atlántico.”

No es el último best seller en libros de viajes, es uno de esos volúmenes de fondo de librería, uno de esos relatos que esperan pacientemente al lector adecuado, porque no atienden modas, sino modos de leer.
 
Nueve hombres y una mujer, de Polonia, Inglaterra, Costa Rica, Sudáfrica y Estados Unidos. Deportistas, científicos, aventureros, una doctora, un periodista. Ellos, sus miserias y sus heroicidades cotidianas se embarcaron en kayak para recorrer el Amazonas desde la fuente hasta la desembocadura, 4.500 km. más allá.
No es el argumento de una novela, es un viaje real realizado en 1985. Las motivaciones de ellos fueron tan variadas como los vericuetos del rio, los ramales que tuvieron que escoger, las decisiones sobre sus propias vidas que el rio les iba imponiendo. Desde el que quiere filmar un documental hasta el aventurero o en científico, pasando por el que quiere demostrarse a sí mismo que no es cobarde. Las vidas de la gente del río, los que viven minúsculamente en las orillas del mayor río del mundo, y el periodista que ha de escribirlo todo.

No fue sólo un viaje físicamente largo y extenuante, lleno de maravillas y de sorpresas, de hielo andino, calor tropical, humedad asfixiante y un río que va convirtiéndose en ocho kilómetros de anchura. Fue un recorrido que muchas veces rozaba lo suicida, que algunos abandonaron a mitad de trayecto. Y que les cambió la vida a todos.
La obra, escrita por Joe Kane en 1989, narra en primera persona las sensaciones del periodista y lo que observa de los demás. Su texto es claro, con los adjetivos justos y con las descripciones más elegantes de las escenas menos elegantes. No esconde sus miedos, su retos físicos, el rechazo de algunos hacia él y de él hacia algunos, su cobardía, su lucha contra ella, sus cambios de opinión… todo en medio de un mundo que es agua en permanente movimiento, océano de líquido en movimiento que va a travesando poblados, lugares que no merecen ni ese nombre, miserias, gentes felices y gentes permanentemente asombradas, gentes estancadas y atrapadas en las orillas de un río que siempre se va. Páginas para aprender qué son aguas bravas, aprender a leer en los remolinos y en los rugidos, aprender a ser tan prudente como valiente.

Los libros de viajes tienen una garra que se aferra al pecho del lector, lo arranca del sillón y lo empuja fuera de casa, a irse aunque no sepa a dónde. Pasar las páginas de esas vivencias mientras se está cómodamente sentado en algún sitio es sentir que algo se nos escapa, que estamos perdiendo alguna oportunidad magnífica, que la aventura está llamándonos desde no sabemos dónde, y que criaremos una enorme panza de aburridos si no le hacemos caso.

Las páginas de Kane hay que leerlas y después digerirlas, aceptar esa confesión de las propias contradicciones, la descripción de un sentimiento en una dirección, que a la hora de expresarlo en voz alta, se convierte en un razonamiento en dirección contraria. El protagonista, agotado y asustado por el río, madura durante un buen rato las razones por las que ha decidido abandonar la expedición. Llega ante el guía y simplemente dice. “Cuenta conmigo, llegaré hasta el final”.

Ese es el gran mérito del libro, de la narración: todos nos sentimos de alguna forma identificados con ese miedo que sentimos dentro y que convive con esos actos valientes que llegamos a hacer. Y exactamente lo contrario, también sentimos como propios esos valores que aseguramos tener dentro y acabamos actuando alguna vez con la mayor cobardía. Las contradicciones de estar vivo.

A fin de cuentas, todos, en nuestras pequeñas vidas, navegamos por nuestro Amazonas particular, permanentemente hacia la desembocadura, conociendo gentes y lugares que nunca acaban de ser nuestros, situaciones, riesgos, maravillas y penas que siempre van quedando atrás.

Y un buen día nos encontramos como los protagonistas, que no saben si han llegado al final de su aventura hasta que uno bebe del agua en que navegan y simplemente dice: sal.  




22 diciembre 2015

Nuestro viejo presente

Varias décadas de historia se sustentan sobre unas piernas artríticas, calzadas con unas bambas de colores chillones (“me las ha regalado mi nieto, son cómodas”). Saca una lupa del bolsillo y escruta el listado de médicos que hay pegado en la pared del ambulatorio, porque no encuentra el despacho del suyo: “Antes estaba después del mostrador, pero ahora no sé dónde está”.


Se sienta pacientemente, con sus temblores, su boina (“mi nieto dice que me ponga gorro, que la boina es de viejos, pero los gorros son de críos”), sus papeles en la mano.


Son nuestro pasado, nuestras raíces, nuestra historia. Y también nuestro presente, porque ése lo conformamos todos, desde los bebés hasta estos retazos de historia viva.

Estamos en resaca electoral, pero no quieren hablar de política. Se confunden con los discursos y las estrategias, sólo quieren tranquilidad para ellos y progreso para los suyos. Nacieron cuando la guerra civil, una larga tragedia que les marcó de forma subliminal de por vida, y ahora cualquier rifirrafe entre políticos les incomoda mucho. No quieren este estado de cosas, pero cuando un partido habla de grandes cambios y revoluciones, a sus oídos vuelven las bombas y las granadas, y en su estómago la tenaza del hambre. Y el miedo.

No quieren esto, pero temen las consecuencias de lo otro. Y sacan su instinto de supervivencia: resistir, al precio que sea, sobrevivir. Callar, no molestar, caminar pegados a la pared, adaptarse a un subsidio limosnero y a unas facturas de luz megalómanas. Su única fuerza es su voto, un papelito dentro de un sobre, una gota en medio del temporal electoral. Y como desconfían, muchas veces no van a votar, porque “total, ¿para qué? si harán lo que les dé la gana”.

Entran a la consulta del médico que les habla de analíticas y de porcentajes y de colesterol y azúcar en sangre (“¿cómo puede haber azúcar en la sangre?”) y diuréticos y hacer ejercicio. Y ellos, trabajadores desde antes de ser críos, se preguntan si después de sesenta años trabajando aún han de hacer ejercicio.

Pasean por nuestro lado por las calles, nadie les hace caso, están más enfermos de soledad de que ácido úrico, les duele más no existir en el mundo que no entender dónde está Internet. Se sientan al sol para que se les calienten las rodillas, para ver lo hermosos que son esos críos con edad de nietos sonrosados, que tienen de todo y nunca han conocido más hambre que la de desear chocolate a todas horas.

Son nuestro pasado vivo y nuestro presente. La juventud cree que los únicos presentes son ellos, pero en el tiempo presente estamos todos, en el pasado estuvieron ellos y en el futuro nadie lo sabe. Se les debe un respeto y un afecto, y sólo consiguen indiferencia.

Oyen la vorágine de los pactos postelectorales, de las alianzas contra-natura, de las noticias del mundo. Oyen que nosedónde han masacrado a un pueblo entero porque no era de su misma religión. Y que en otro sitio venden niñas de cinco años, y en otro, los niños son soldados asesinos. Y nuestros ancianos, los nuestros, se van con el paso renqueante a comprar el pan y un litro de leche desnatada. Algunos, para comer en soledad. Otros, para compartir como puedan su escuálida pensión con su hijo y su nuera y los críos, todo el mundo en paro.

Y algún partido da zarpazos inmisericordes en la hucha de sus pensiones, como si el dinero que se acumuló después de décadas de trabajo obrero no tuviera mejor destino que tapar las vergüenzas de los especuladores y los intereses inconfesables. Y les dicen que en el fondo es por su bien. Ese bien debe estar muy en el fondo, porque no se ve.

Y ellos se duelen en silencio, porque su historia no está hecha de gritos y reivindicaciones, sino de resistencia, resistencia numantina desde aquella guerra, aquellas hambres, aquellos trabajos durísimos…. Esta crisis, esta pensión mísera, estos apuros para sobrevivir a la vejez. Este ver a los hijos a los que se pagó los mejores estudios posibles que ahora estén a salto de mata con mini-trabajos mal pagados, de cuatro días, y siempre con la opción (¿opción?) de irse al extranjero a conseguir lo que aquí les han robado: el presente.

Y los políticos en la tele siguen hablando del futuro.



01 diciembre 2015

Tenia 49 años

Tenía 49 años y vivía sola en un piso de un edificio pequeño, encima de unas oficinas, en una calle peatonal de Cádiz. Estuvo cinco años muerta sobre la colcha de su cama sin que nadie la echara de menos. Y se ha descubierto el caso porque unos obreros de un edificio cercano vieron el esqueleto a través de la ventana. (El País: http://politica.elpais.com/politica/2015/11/30/actualidad/1448899789_192239.html?id_externo_rsoc=FB_CM)


Pilar era enfermera y estaba de baja desde 2010 “por problemas sicológicos”. Viendo el desarrollo de la historia parece que debió ser una depresión profunda, y si así era, la causa es más que evidente: una soledad inmensa. Nadie la ha echado de menos, así que es deducible que no tenía ninguna amistad, nadie a quien le importara su silencio o su compañía. No tenía conocidos que se interesasen por su vida. Su familia se reducía a un pariente que no vivía cerca. Su cuerpo debió descomponerse durante meses con el correspondiente olor, que debió notarse en las oficinas y en la calle, y en los pisos colindantes. Nadie avisó a algún servicio municipal, pese a que el olor a carne descompuesta es inconfundible y muy intenso. A nadie le importaba.

Lamentablemente no es un caso único, hay un goteo de ancianos que viven solos y que un día son noticia porque un lejano pariente viene a quedarse el piso, o se les ha embargado por impago, o hay filtraciones en la finca y están buscando el origen. En todo caso, son vidas que han quedado arrambladas en los laterales del río del tiempo, historias vividas y tristemente mal acabadas.

Pero Pilar tenía 49 años. Era a duras penas una mujer madura, era enfermera, tenía trabajo, debía estar en contacto con mucha gente cada día, debía dedicarles atención sanitaria, conversación, debía comprar en el supermercado, saludar a los de la oficina, ir al banco alguna vez. Y de todos esos contactos no surgió una mínima amistad como para que alguien se preocupara por ella, se diera cuenta de que la correspondencia del banco se amontonaba en el buzón, de que de su casa salía un mal olor muy sospechoso.

Decía el filósofo John Donne que nadie es una isla. Sin embargo, la realidad suele ponerlo a prueba. Pilar no le importaba a nadie, y muy probablemente esa soledad en medio de tanta gente le pesaba sobre el pecho, con una sensación física, de falta de aire. Las personas que sufren soledad comentan ese peso y la dolorosa intriga con que observan la vida de los demás: ¿Por qué los demás tienen gente?¿Cómo puede ser que de toda la gente que hay en el mundo nadie les quiera conceder un poco de tiempo, una calidez, algo de amistad? ¿Qué es lo que a ellos les falta, qué es lo que les sobra?

La policía cumple su cometido y sigue el protocolo de estos casos: el cadáver no presentaba signos de violencia, no hay destrozos en la vivienda, la palabra la tiene ahora el forense para dictar la causa de la muerte. Mientras, la noticia deja de tener interés, el pariente lejano quizás se haga cargo del piso, los de la oficina comentarán el caso durante unos días y todo volverá a la rutina de siempre, a la maldita y dulce rutina que envuelve la vida de todos garantizando unos lazos que mantengan alejada la Soledad, con mayúsculas.


La cita completa de Donne fue utilizada en la novela Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway: «Nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; por eso la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la Humanidad; y por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti».

09 noviembre 2015

Un millón de euros hechos confeti

Una noticia de tinte casi cómico ha ocupado unos cuantos titulares recientemente: una anciana armada de tijeras ha hecho tiritas con 950.000 euros en efectivo. En billetes de 100 y 500, para ser exactos. (http://www.huffingtonpost.es/2015/11/06/mujer-destruye-dinero_n_8491222.html?utm_hp_ref=spain)


La buena mujer destruyó meticulosamente su cartilla de ahorros y todos los billetes. Tranquilamente sentada en la habitación de una residencia en la ciudad austríaca de Wiener Neustad, a 45 km. de Viena, donde la había ingresado la familia cinco dias antes.

Al margen de esa acción de destruir una ingente cantidad de billetes, que es un sueño puntual para mucha gente, hay algunos detalles a tener en cuenta. Por la información que ha trascendido, lo destruyó todo para que sus herederos no pudiesen cobrar.

Tenía 85 años, dinero y herederos. Pero la ingresaron en una residencia. La mayor pena que comentan muchos ancianos en esa situación es sentirse abandonados. Olvidados, solos. Volverse prescindibles para aquellos que se beneficiarán de todo lo que ellos dejen.

Se puede imaginar a la anciana dirigirse a su banco con un gran bolso de mano y pedir el saldo de su cuenta en efectivo, y cargar esa cantidad de papel (probablemente unos 3.000 billetes) hasta su nueva residencia, esa que será la última. Imaginarla sentada con las tijeras en la mano y verla pacientemente hacer tiritas con todos los billetes, con las cartillas, con los recuerdos, con las caras de los herederos, con los sentimientos, con la soledad. Cinco días le llevó hacer trizas toda su vida. Después falleció. Ya no tenía nada más que hacer.
 
La primera reacción general ha sido la fácil: estaba loca. La segunda, la de los herederos, la previsible: “¿Se puede recuperar ese dinero?” El Banco Nacional Austríaco dice que si los datos son ciertos, pueden restituir el dinero. Normalmente sólo restituyen los billetes deteriorados por el uso que no superen el 50% del billete, pero en este caso harán una excepción. Porque si no, podrían estar castigando a la gente equivocada, ya que no saben si la anciana se volvió loca.  El director del banco, Friedrich Hammerschmied, aseguró que probablemente ella no sabía lo que hacía y que cada año tienen entre tres y cinco casos así.

El comentario de la policía también ha sido el esperado: el fiscal Erich Habitzl asegura que no se abrirá investigación ya que los hechos no suponen infracción penal: no hay delito, nadie se queja, no hay caso.

Y en el trasfondo, una anciana que quiso castigar a aquellos que le negaban lo que todo ser humano busca: compañía, calidez, todo lo que ponga distancia entre uno mismo y ese frío al que llaman soledad. Una anciana que sabía que su tiempo iba contrarreloj, que a la tumba no se llevaría nada y que aquellos que se lo quedarían todo le negaban lo único que a estas alturas quería: compañía.

Las estadísticas indican que hay un alto porcentaje de ancianos que caen en grandes depresiones cuando entran en una residencia. No es demencia, no es un problema de la calidad de las instalaciones o de la bondad de las personas que trabajan allí. Es la sensación de estar de más, de que no caben en la vida de aquellos a los que les dieron la vida. De que “residencia” sea una manera elegante de decir “almacén de viejos”.

Naturalmente hay toda una casuística detrás, no todos los que viven en una residencia están olvidados por su gente. Hay gente mayor que está a gusto porque están bien atendidos, rodeados de gente de su misma generación y porque antes estaban siempre solos, con toda la familia trabajando y obligada por compromisos. También hay quienes quieren estar ahí porque tienen el médico muy a mano y el  día a día en perfecto estado.

Y también hay brotes de ilusión y de primavera nacida en esos pasillos, de parejas que se han formado construyendo minuciosamente un amor a medida.

Dicen que desde que salió la noticia del millón hecho confeti, hay movimiento en algunas residencias, que algunos residentes hablan en corrillos y están haciendo acopio de tijeras y consultando sus saldos, mientras muchos familiares empiezan a incorporar las visitas al abuelo como parte de la agenda de los fines de semana….


22 octubre 2015

Las voces de la radio

La radio tiene voces que son magia: imágenes sonoras que nos llegan a través de algo tan aparentemente modesto como un auricular. Hubo quien aseguraba que la tele mataría la radio a golpe de imágenes, pero ella (la radio) no se deja eliminar tan fácilmente. Ha encontrado un nuevo espacio. La radio tiene segunda residencia en la red, en esas cápsulas podcast donde vive por tiempos y nos permite oírla y volverla a oír, a la hora que nos convenga, hagamos lo que hagamos, sin tener que mirarla.  
Porque no hay nada más fiel que esa voz, esa presencia que nos acompaña pero no nos ve, así que no sabe que andamos con la boca llena de pasta de dientes, con los pelos en guerra de recién levantados o buscando las malditas gafas.

Hay voces en la radio graves, moduladas, envolventes. De esas que llenan el coche y parecen tener peso específico, nos desgranan información, opiniones, nos dan el parte del tráfico, nos dicen el tiempo para el fin de semana o nos plantean sin previo aviso la cuestión existencial que nos llenará el pensamiento mientras las manos llevan el volante.

Hay voces risueñas, frescas, que parecen un amigo siempre a punto de contar un buen chiste o de acompañarte al dentista para darte ánimo. Que te cuentan el estado del mundo mientras pelas cebollas y te hacen llorar. De esas que oyes en la mesa del despacho y no quieres levantarte por si se callan. Hay voces que estando en la montaña te llevan a mares lejanos, estando en la playa te suben a las altas cumbres, que te hacen volar entre vocales y consonantes.

Por eso ver a la gente que hay detrás de los micrófonos tiene un algo de asombro, como si se desvelara el secreto de un prestidigitador. Porque las personas que hay detrás de los micros cuidan esas voces como un instrumento de orquesta, y le saben sacar en cada momento su tono exacto. El tono intimista, el inquisitivo, el respetuoso, el estereofónicamente silencioso. Y eso implica cuerdas vocales, respiración, entonación… y sed, mucha sed.


Las escuelas clásicas de radio enseñaban a respirar, a mantener la postura que facilite el paso del aire por las cuerdas vocales, a pronunciar cada letra por sí misma, porque consideraban que el oyente quiere oír, no interpretar ruidos. A componer las frases con la cantidad de palabras que se puedan pronunciar antes de ahogarse, a aprender a levantar el ritmo o a decrecerlo según vaya a ser principio de charla o final. Incluso enseñaban a escribir guiones en los que se marcaba con signos el tono que debía tener cada pausa.

Después se buscó una mayor “normalidad”, un hablar que fuera como el del vecino o la dependienta de la tienda, sin más trabajo. Tan buena es una opción como la otra, corresponden a momentos sociales distintos. La radio siguió su andadura, y de entre todas las voces siguieron destacando, como solistas de orquesta, las voces especiales que llenan el espacio.
Y la radio siguió siendo la compañía discreta en las habitaciones de hospital, en el bolsillo de los invidentes, en el de los vigilantes o la gente que está de guardia.

Y sus voces han seguido siendo la compañía de la intimidad, del momento en que sin pedir permiso lanzan al aire la frase que te detiene el gesto, que te obliga a mirar el aparato con cara de impacto, porque acaban de poner en sonido tu propio pensamiento. Voces arropadas en sus silencios, esos abrigos del pensamiento, espacios donde la idea crece porque nada la entorpece, donde cada oyente la modela a su criterio. Porque la boca no es para hablar, sino para callar, según asegura el escritor Manuel Rivas

06 octubre 2015

Pagar hoy la esclavitud de ayer

David Cameron ha estado recientemente de visita por Jamaica, uno de los países caribeños con un pasado esclavo. Y ha destacado las inversiones millonarias de su país en el desarrollo de infraestructuras en la isla. Pero lo que flotaba en el aire era si trataría del pago de compensaciones por ese pasado. (Cameron en Jamaica).

Los países americanos de ascendencia africana periódicamente reclaman indemnizaciones  por los millones de esclavos con los que se formó su país. Los países de origen, también. Los países antiguos esclavistas reconocen ese pasado y se disculpan (más o menos) pero no quieren hablar de pagos. La columnista Julia Hartley, del Telegraph, pregunta: “A mí me molesta bastante lo que hicieron los romanos a mis antepasados británicos, por no mencionar las atrocidades de los vikingos. Entonces, ¿voy a reclamarle a los italianos y los daneses por ello? ¿Hasta cuándo: 200 años, 500 años, 1.000 años después? ¿O podemos pedir compensaciones por todo lo que ha ocurrido desde el Big Bang?”

No es una cuestión retórica. Por un lado, queda por dilucidar si todos los negros de hoy en esos países son realmente hijos de esclavos. La esclavitud era un comercio legal en aquellos momentos. Pero no todos los ciudadanos blancos de los países esclavizantes tenían esclavos. Y muchos negros nacieron directamente libres.

Y si se pide compensación “de país a país”, un estado estaría asumiendo las responsabilidades de sus ciudadanos más ricos, mientras a los demás se les pediría que pagasen por algo que no sólo no es culpa suya, sino que sucedió antes de que nacieran.

Todos los países del mundo han robado y han sido robados, han invadido y han sido invadidos, han matado y han sido muertos. La esclavitud es una práctica tan vieja como el ser humano, ya la practicaban los cavernícolas cuando descubrieron que uno fuerte puede obligar a otro a trabajar para los dos.

La esclavitud es una carnicería imperdonable y vergonzante para todo el género humano, que ha existido prácticamente en todos los rincones del planeta a lo largo de  milenios. Y todas las sociedades han ido evolucionando y trampeando como han podido con su presente, con su pasado, con sus glorias y con sus miserias. De la esclavitud africana (y europea, y china) que llenó las tierras de América han pasado siglos. ¿Qué han hecho en ese tiempo esos países, esas gentes en esas situaciones?

Hilary Beckles, director de la comisión de Reparaciones de la Comunidad del Caribe, ha dicho: "No pedimos limosnas o cualquier otra forma de sumisión indecente. Simplemente pedimos que se asuma la responsabilidad y se den pasos para contribuir en un programa conjunto de rehabilitación y renovación".

Esa dignísima declaración tiene otra cara: adjudicar muy hacia atrás la ruinosa situación del presente. Pedir que otros países solucionen los problemas de éstos, pagando con dinero de hoy las deudas de ayer.

Hacen orfebrería matemática para calcular cuántos jornales se hicieron y trasladarlos al precio de hoy. Pero la cantidad exacta de esclavos no se sabe, y los salarios hubieran sido muy dispares, porque no tenían la misma calificación los esclavos del campo que los urbanos. Si se quisieran aplicar criterios actuales, habría que descontar alimentación y vivienda de esos esclavos, llegando a una aberración inclasificable.

Puestos a ser justísimos, muchas personas de esos países esclavizantes, tienen en sus pasados mucha gente que vivió como los esclavos, aunque no fueran de color oscuro. Y tendrían que pagar? Los lugares a los que se llevó esa mano de obra tenían indígenas, que sufrieron doble invasión y casi extinción por enfermedades importadas y condiciones de vida inhumanas ¿Deberían los descendientes de esclavos pagar indemnizaciones a los descendientes de nativos porque formaron parte de sus tragedias? Otra aberración.

La esclavitud es una práctica histórica del ser humano, miserable e inhumana. Pero los mercaderes europeos arribaron a las costas africanas para comprar esclavos en los mercados que ya existían, controlados por tribus africanas para vender gente de otras tribus. No fue un invento europeo. Ni lo pagarían ahora los herederos de los unos ni lo cobrarían los descendientes de los otros.

La palabra “esclavo” deriva de eslavo, que fueron los primeros pueblos esclavizados en masa por el imperio romano. La esclavitud temporal para saldar deudas fue común en Europa durante siglos. La movilización de mano de obra esclava para grandes obras ha sido una práctica habitual en todo el mundo, incluidas Rusia, India y China. Millones de chinos también fueron llevados a América y ellos están demasiado ocupados levantando su propio país como para andar con reclamaciones.

El tema de la esclavitud es un atolladero político cíclico, que sirve a muchas naciones para justificar su ruina económica, para reclamar permanentemente más dinero y para acallar las bocas de los que preguntan por  todo el dinero que ya se les ha enviado. Y ahí juega la carta de corrupciones, desconocimientos e intereses inconfesables. Y deudas.

Muchos de esos países están endeudados con entidades financieras internacionales que se llevan la mayor parte de su producción. Muchos tienen sus materias primas en manos de multinacionales que no tienen más patria que el beneficio económico. Esa es su esclavitud actual, esa es la causa de su ruina actual, esa es la clave para que levanten cabeza.

Que afronten su presente y que tomen el poder de sus propios recursos y de la formación de su gente, que gestionen su presente, como han hecho todos los países, asumiendo su propia historia, con sus luces y sus miserias.

Hay varios libros que tratan el tema de la esclavitud con seriedad histórica, y que merecen, pese a lo durísimo del tema, una lectura detenida. Historia de la Esclavitud (de José Antonio Saco), y el gran volumen La Trata de Esclavos, Historia del tráfico de seres humanos, de Hugh Tomas.


No se trata de olvidar la esclavitud, o de tratarla como un tema menor, o dejar de vigilar para que no vuelva a suceder. Se trata de asumir la historia de la Humanidad como lo que es: memoria y aprendizaje del pasado.


Porque el trabajo que tenemos todos por delante es construir el futuro.