05 abril 2016

Acoso escolar: Así aprenderás.

Una madre inglesa descubrió que su hijo de 12 años acosó y humilló a la niña nueva de la clase y le rompió sus zapatos nuevos.   La madre, para escarmentarlo, le quitó la paga para comprarle a la niña otro par de zapatos y un ramo de flores. Una gran reacción, si vino acompañada de conversaciones y de hacer sentir al niño empatía para con el dolor de la niña.

Pero luego la madre entró en una espiral de comportamientos agresivos contra él. Lo publicó en Facebook, escarneció al niño, se volvió viral, se enteró todo el mundo, hubo comentarios a favor y en contra. En ese momento la balanza ya empezaba a desequilibrarse. Como ella misma le decía a su hijo, los actos tienen consecuencias. Humillar a un niño en Internet es poner un dato que lo perseguirá toda la vida, porque nada desaparece. Y si es tu propio hijo, estás sembrando algo muy negro en su alma infantil. 

La noticia no da más datos, así que no se sabe cómo fueron las conversaciones madre-hijo, pero en todo caso, fueron conversaciones adulto-niño. Y en ese punto ya no parece una cuestión de educación, de inteligencia emocional, de impedir que florezca un acosador en casa. Parece una cuestión de poder, de aquí mando yo, de así aprenderás, de a mí no me avergüenza nadie, de yo sé educar a mi hijo, de que tomen nota las demás madres.

Ella es madre soltera, y ese es un papel nada fácil. Él tiene 12 años, una edad conflictiva porque empiezan a sentir una fuerza y un “aquí estoy yo” que realmente no es tan grande y que además, no dominan. Pero convertir esos tropiezos domésticos propios del crecimiento en una cuestión de escarnio público es sacar las cosas de quicio. La identidad de la niña se ha mantenido a salvo, y la compra de zapatos y flores se supone que pone fin al hecho, junto a la aceptación, por pura empatía, de los demás niños/as del colegio.

Pero el escarnio al que se ha sometido al niño durará en el tiempo, porque también lo han visto todos los demás niños que comparten varias horas al día las mismas aulas.  Es posible que el interior del niño crezca un sordo rencor hacia esa niña, causa primera de su situación actual. También es posible que crezca otro hacia su propia madre, que no ha tenido reparos en echarlo a la opinión pública como un gran delincuente.

En todo caso, la solución de todo conflicto pasa siempre por la conversación, las explicaciones, la educación, la empatía, la inteligencia emocional. El niño humilló a la niña desde una posición de poder, porque era veterano en el cole. La madre humilló al hijo desde una posición de poder, porque es la que manda en casa. La violencia contra la violencia, la agresión contra la agresión es un argumento que remacha la idea de que gana el más fuerte, no el mejor.

Quizás la Filosofía y la Inteligencia Emocional deberían figuran entre las asignaturas importantes del mundo escolar… y adulto. 


Fotos: Marga Alconchel

02 abril 2016

He congelado a mi hijo porque no puedo pagar el entierro.

Del Reino Unido llega una noticia social: una madre afectada por la crisis económica congeló el cadáver de su hijo hasta reunir el dinero suficiente para poder enterrarlo. Más que una práctica macabra, es una solución desesperada para dar una salida digna a un problema que cuando sucede no admite esperas: enterrar a los muertos propios.

En diciembre, en Asturias, un hombre dejó en la cama el cadáver de su madre fallecida y abandonó la vivienda, porque no podía pagar el alquiler ni el entierro

 Las generaciones anteriores convivían con una mortandad alta tanto de ancianos como de niños. Florecieron empresas de seguros funerarios, que por una cuota mensual aseguraban un entierro con los complementos que contratara el beneficiario. 

Fue una época en la que era corriente ver cada mes a los cobradores (no existía el pago domiciliado), carpeta en mano, llamando a los timbres de una portería y anunciándose directamente como “el de los muertos”.

La famosa crisis (y la ruina) que algunos políticos ven superada, o presente o escondida, o amenazante, según el color de su partido o el momento electoral, es una realidad absoluta, aplastante y cotidiana para muchísima gente.

 Las personas que han tenido que ir suprimiendo uno a uno todos los costes de su mini-bienestar, también suprimieron éste. Y una vez que la muerte ha sucedido, el trámite ha de ser solucionado en menos de 48 horas. Un entierro o una cremación es un gasto que se mide en miles de euros, sin entrar en si es abusivo o si realmente es el coste del servicio.

Así que se buscan salidas: Desde el que sólo puede pagar una cremación y se lleva la urna para echarla al mar (pobre mar, último destino de demasiadas cosas), hasta los que no pueden nada y donan el cuerpo a la ciencia, que se encarga de recogerlo sin coste. 

Y en España se han disparado tanto las donaciones de cuerpos, que en algunas instituciones ya no admiten más porque no tiene dónde guardarlos

Existe la necesaria e impecable fosa común, pero es un destino demasiado anónimo para la mayoría de los casos. Demasiadas veces, ciudadanos con nombre y apellido, que han pagado impuestos durante toda su vida en todos y cada uno de sus actos, han llegado a los últimos momentos con un grado de pobreza que amenaza en convertirlos en NN, No Name, sin nombre, acrónimo de los cadáveres sin identidad. Demasiadas veces, las familias golpeadas por la muerte de uno de los suyos necesitan un lugar donde llorarlo, donde dejar pedazos de pena en medio de la vorágine del día a día.

Quizás, además de solucionar esta crisis en la que nos metieron los que vivieron muy por encima de lo que nos estaban robando, deberían también cuestionarse que, igual que con nuestros impuestos el Estado cubre correctamente nuestro nacimiento, nuestra entrada en el mundo, debería cubrir en el mismo grado la salida de él, puesto que ese último paso es inevitable.  

29 marzo 2016

Quiero ir a la cárcel, hay médico gratis.

Una noticia humana sobresale en toda la vorágine de titulares repetidos entre política y masacres terroristas. Según The Financial Times, hace años que en Japón los ancianos cometen pequeños robos para que les lleven a la cárcel. No son grandes cosas, no hay violencia. Simplemente es la causa que necesitan para que les lleven a la cárcel, donde tienen asistencia médica gratuita. La noticia parecería casi una broma si no escondiera una realidad detrás: el 40% de los mayores de 60 años viven solos, los ingresos son bajos y el país es caro.

Más de la tercera parte de los hurtos (el 35%) son reincidentes, y no poco: en 2013 el 40% de ellos robaron más de seis veces. Comparado con 1991, una época de bonanza económica, han aumentado un 460%.

Es un síntoma de una sociedad (la moderna) en la que se estima que hacia 2060 casi la mitad de su población tendrá más de 60 años. Los estándares de vida actuales, los sistemas laborales y la poca protección a las capas no productivas de la sociedad (niños y mayores) están empujando a muchas personas a buscar soluciones desesperadas.

Porque ha de ser desesperante que la única solución para tener techo y comida cuando se han cumplido 60 años sea estar en la cárcel. Puede parecer una peculiaridad de la sociedad nipona, pero es un síntoma de lo que puede ocurrir en cualquier lugar.

La obsesión por hacer negocio con lo que sea, convirtiendo la salud en un producto más, es contraproducente. No sólo a nivel humano, por el desasosiego y el desamparo. No sólo a nivel social, por el abandono descarnado sobre aquellas personas que trabajaron durante décadas en la creación del status que tenemos todos. También a nivel poblacional: un colectivo empobrecido y enfermo consolida una sociedad y un país empobrecido y enfermo.

Los hospitales y la asistencia médica en sí misma, tiene un costo elevado. Las industrias farmacéuticas invierten muchísimos recursos en conseguir fórmulas y productos que mejoren la salud. Las empresas que fabrican maquinaria médica también han de pagar salarios e impuestos. Todo ese coste ha de ser cubierto, lógicamente. Pero hay un punto en que deja de ser beneficio razonable para entrar en usura.

No se puede etiquetar la salud, que no deja de ser Vida, como un negocio. Un estado debe proteger la vida de sus ciudadanos, porque ellos son la razón de ser de un Estado. Ningún país existiría, por definición, si no tuviera personas. Por tanto, las personas son lo principal, y han de estar protegidas por las instituciones a las que entregan sus impuestos y en las que delegan la gestión de las cuestiones públicas.

Los presupuestos han de contemplar el gasto sanitario como un coste de mantenimiento del país, no como un gasto por culpa de los enfermos. Gastar (invertir) en la salud de la población implica, en poco tiempo, que las cifras se reduzcan porque la población está sana. Mercadear con la salud, privatizar lo que se levantó con el dinero de todos, cerrar hospitales…  es poner el primer motivo para que nuestros mayores (que no son de Japón) empiecen a robar manzanas en los mercados.



06 marzo 2016

El descenso del Amazonas

El descenso del Amazonas es un libro escrito por Joe Kane. El subtítulo reza: “El relato de la primera expedición que logró recorrer el Amazonas desde la fuente hasta la desembocadura en el Océano Atlántico.”

No es el último best seller en libros de viajes, es uno de esos volúmenes de fondo de librería, uno de esos relatos que esperan pacientemente al lector adecuado, porque no atienden modas, sino modos de leer.
 
Nueve hombres y una mujer, de Polonia, Inglaterra, Costa Rica, Sudáfrica y Estados Unidos. Deportistas, científicos, aventureros, una doctora, un periodista. Ellos, sus miserias y sus heroicidades cotidianas se embarcaron en kayak para recorrer el Amazonas desde la fuente hasta la desembocadura, 4.500 km. más allá.
No es el argumento de una novela, es un viaje real realizado en 1985. Las motivaciones de ellos fueron tan variadas como los vericuetos del rio, los ramales que tuvieron que escoger, las decisiones sobre sus propias vidas que el rio les iba imponiendo. Desde el que quiere filmar un documental hasta el aventurero o en científico, pasando por el que quiere demostrarse a sí mismo que no es cobarde. Las vidas de la gente del río, los que viven minúsculamente en las orillas del mayor río del mundo, y el periodista que ha de escribirlo todo.

No fue sólo un viaje físicamente largo y extenuante, lleno de maravillas y de sorpresas, de hielo andino, calor tropical, humedad asfixiante y un río que va convirtiéndose en ocho kilómetros de anchura. Fue un recorrido que muchas veces rozaba lo suicida, que algunos abandonaron a mitad de trayecto. Y que les cambió la vida a todos.
La obra, escrita por Joe Kane en 1989, narra en primera persona las sensaciones del periodista y lo que observa de los demás. Su texto es claro, con los adjetivos justos y con las descripciones más elegantes de las escenas menos elegantes. No esconde sus miedos, su retos físicos, el rechazo de algunos hacia él y de él hacia algunos, su cobardía, su lucha contra ella, sus cambios de opinión… todo en medio de un mundo que es agua en permanente movimiento, océano de líquido en movimiento que va a travesando poblados, lugares que no merecen ni ese nombre, miserias, gentes felices y gentes permanentemente asombradas, gentes estancadas y atrapadas en las orillas de un río que siempre se va. Páginas para aprender qué son aguas bravas, aprender a leer en los remolinos y en los rugidos, aprender a ser tan prudente como valiente.

Los libros de viajes tienen una garra que se aferra al pecho del lector, lo arranca del sillón y lo empuja fuera de casa, a irse aunque no sepa a dónde. Pasar las páginas de esas vivencias mientras se está cómodamente sentado en algún sitio es sentir que algo se nos escapa, que estamos perdiendo alguna oportunidad magnífica, que la aventura está llamándonos desde no sabemos dónde, y que criaremos una enorme panza de aburridos si no le hacemos caso.

Las páginas de Kane hay que leerlas y después digerirlas, aceptar esa confesión de las propias contradicciones, la descripción de un sentimiento en una dirección, que a la hora de expresarlo en voz alta, se convierte en un razonamiento en dirección contraria. El protagonista, agotado y asustado por el río, madura durante un buen rato las razones por las que ha decidido abandonar la expedición. Llega ante el guía y simplemente dice. “Cuenta conmigo, llegaré hasta el final”.

Ese es el gran mérito del libro, de la narración: todos nos sentimos de alguna forma identificados con ese miedo que sentimos dentro y que convive con esos actos valientes que llegamos a hacer. Y exactamente lo contrario, también sentimos como propios esos valores que aseguramos tener dentro y acabamos actuando alguna vez con la mayor cobardía. Las contradicciones de estar vivo.

A fin de cuentas, todos, en nuestras pequeñas vidas, navegamos por nuestro Amazonas particular, permanentemente hacia la desembocadura, conociendo gentes y lugares que nunca acaban de ser nuestros, situaciones, riesgos, maravillas y penas que siempre van quedando atrás.

Y un buen día nos encontramos como los protagonistas, que no saben si han llegado al final de su aventura hasta que uno bebe del agua en que navegan y simplemente dice: sal.  




22 diciembre 2015

Nuestro viejo presente

Varias décadas de historia se sustentan sobre unas piernas artríticas, calzadas con unas bambas de colores chillones (“me las ha regalado mi nieto, son cómodas”). Saca una lupa del bolsillo y escruta el listado de médicos que hay pegado en la pared del ambulatorio, porque no encuentra el despacho del suyo: “Antes estaba después del mostrador, pero ahora no sé dónde está”.


Se sienta pacientemente, con sus temblores, su boina (“mi nieto dice que me ponga gorro, que la boina es de viejos, pero los gorros son de críos”), sus papeles en la mano.


Son nuestro pasado, nuestras raíces, nuestra historia. Y también nuestro presente, porque ése lo conformamos todos, desde los bebés hasta estos retazos de historia viva.

Estamos en resaca electoral, pero no quieren hablar de política. Se confunden con los discursos y las estrategias, sólo quieren tranquilidad para ellos y progreso para los suyos. Nacieron cuando la guerra civil, una larga tragedia que les marcó de forma subliminal de por vida, y ahora cualquier rifirrafe entre políticos les incomoda mucho. No quieren este estado de cosas, pero cuando un partido habla de grandes cambios y revoluciones, a sus oídos vuelven las bombas y las granadas, y en su estómago la tenaza del hambre. Y el miedo.

No quieren esto, pero temen las consecuencias de lo otro. Y sacan su instinto de supervivencia: resistir, al precio que sea, sobrevivir. Callar, no molestar, caminar pegados a la pared, adaptarse a un subsidio limosnero y a unas facturas de luz megalómanas. Su única fuerza es su voto, un papelito dentro de un sobre, una gota en medio del temporal electoral. Y como desconfían, muchas veces no van a votar, porque “total, ¿para qué? si harán lo que les dé la gana”.

Entran a la consulta del médico que les habla de analíticas y de porcentajes y de colesterol y azúcar en sangre (“¿cómo puede haber azúcar en la sangre?”) y diuréticos y hacer ejercicio. Y ellos, trabajadores desde antes de ser críos, se preguntan si después de sesenta años trabajando aún han de hacer ejercicio.

Pasean por nuestro lado por las calles, nadie les hace caso, están más enfermos de soledad de que ácido úrico, les duele más no existir en el mundo que no entender dónde está Internet. Se sientan al sol para que se les calienten las rodillas, para ver lo hermosos que son esos críos con edad de nietos sonrosados, que tienen de todo y nunca han conocido más hambre que la de desear chocolate a todas horas.

Son nuestro pasado vivo y nuestro presente. La juventud cree que los únicos presentes son ellos, pero en el tiempo presente estamos todos, en el pasado estuvieron ellos y en el futuro nadie lo sabe. Se les debe un respeto y un afecto, y sólo consiguen indiferencia.

Oyen la vorágine de los pactos postelectorales, de las alianzas contra-natura, de las noticias del mundo. Oyen que nosedónde han masacrado a un pueblo entero porque no era de su misma religión. Y que en otro sitio venden niñas de cinco años, y en otro, los niños son soldados asesinos. Y nuestros ancianos, los nuestros, se van con el paso renqueante a comprar el pan y un litro de leche desnatada. Algunos, para comer en soledad. Otros, para compartir como puedan su escuálida pensión con su hijo y su nuera y los críos, todo el mundo en paro.

Y algún partido da zarpazos inmisericordes en la hucha de sus pensiones, como si el dinero que se acumuló después de décadas de trabajo obrero no tuviera mejor destino que tapar las vergüenzas de los especuladores y los intereses inconfesables. Y les dicen que en el fondo es por su bien. Ese bien debe estar muy en el fondo, porque no se ve.

Y ellos se duelen en silencio, porque su historia no está hecha de gritos y reivindicaciones, sino de resistencia, resistencia numantina desde aquella guerra, aquellas hambres, aquellos trabajos durísimos…. Esta crisis, esta pensión mísera, estos apuros para sobrevivir a la vejez. Este ver a los hijos a los que se pagó los mejores estudios posibles que ahora estén a salto de mata con mini-trabajos mal pagados, de cuatro días, y siempre con la opción (¿opción?) de irse al extranjero a conseguir lo que aquí les han robado: el presente.

Y los políticos en la tele siguen hablando del futuro.



01 diciembre 2015

Tenia 49 años

Tenía 49 años y vivía sola en un piso de un edificio pequeño, encima de unas oficinas, en una calle peatonal de Cádiz. Estuvo cinco años muerta sobre la colcha de su cama sin que nadie la echara de menos. Y se ha descubierto el caso porque unos obreros de un edificio cercano vieron el esqueleto a través de la ventana. (El País: http://politica.elpais.com/politica/2015/11/30/actualidad/1448899789_192239.html?id_externo_rsoc=FB_CM)


Pilar era enfermera y estaba de baja desde 2010 “por problemas sicológicos”. Viendo el desarrollo de la historia parece que debió ser una depresión profunda, y si así era, la causa es más que evidente: una soledad inmensa. Nadie la ha echado de menos, así que es deducible que no tenía ninguna amistad, nadie a quien le importara su silencio o su compañía. No tenía conocidos que se interesasen por su vida. Su familia se reducía a un pariente que no vivía cerca. Su cuerpo debió descomponerse durante meses con el correspondiente olor, que debió notarse en las oficinas y en la calle, y en los pisos colindantes. Nadie avisó a algún servicio municipal, pese a que el olor a carne descompuesta es inconfundible y muy intenso. A nadie le importaba.

Lamentablemente no es un caso único, hay un goteo de ancianos que viven solos y que un día son noticia porque un lejano pariente viene a quedarse el piso, o se les ha embargado por impago, o hay filtraciones en la finca y están buscando el origen. En todo caso, son vidas que han quedado arrambladas en los laterales del río del tiempo, historias vividas y tristemente mal acabadas.

Pero Pilar tenía 49 años. Era a duras penas una mujer madura, era enfermera, tenía trabajo, debía estar en contacto con mucha gente cada día, debía dedicarles atención sanitaria, conversación, debía comprar en el supermercado, saludar a los de la oficina, ir al banco alguna vez. Y de todos esos contactos no surgió una mínima amistad como para que alguien se preocupara por ella, se diera cuenta de que la correspondencia del banco se amontonaba en el buzón, de que de su casa salía un mal olor muy sospechoso.

Decía el filósofo John Donne que nadie es una isla. Sin embargo, la realidad suele ponerlo a prueba. Pilar no le importaba a nadie, y muy probablemente esa soledad en medio de tanta gente le pesaba sobre el pecho, con una sensación física, de falta de aire. Las personas que sufren soledad comentan ese peso y la dolorosa intriga con que observan la vida de los demás: ¿Por qué los demás tienen gente?¿Cómo puede ser que de toda la gente que hay en el mundo nadie les quiera conceder un poco de tiempo, una calidez, algo de amistad? ¿Qué es lo que a ellos les falta, qué es lo que les sobra?

La policía cumple su cometido y sigue el protocolo de estos casos: el cadáver no presentaba signos de violencia, no hay destrozos en la vivienda, la palabra la tiene ahora el forense para dictar la causa de la muerte. Mientras, la noticia deja de tener interés, el pariente lejano quizás se haga cargo del piso, los de la oficina comentarán el caso durante unos días y todo volverá a la rutina de siempre, a la maldita y dulce rutina que envuelve la vida de todos garantizando unos lazos que mantengan alejada la Soledad, con mayúsculas.


La cita completa de Donne fue utilizada en la novela Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway: «Nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; por eso la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la Humanidad; y por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti».

09 noviembre 2015

Un millón de euros hechos confeti

Una noticia de tinte casi cómico ha ocupado unos cuantos titulares recientemente: una anciana armada de tijeras ha hecho tiritas con 950.000 euros en efectivo. En billetes de 100 y 500, para ser exactos. (http://www.huffingtonpost.es/2015/11/06/mujer-destruye-dinero_n_8491222.html?utm_hp_ref=spain)


La buena mujer destruyó meticulosamente su cartilla de ahorros y todos los billetes. Tranquilamente sentada en la habitación de una residencia en la ciudad austríaca de Wiener Neustad, a 45 km. de Viena, donde la había ingresado la familia cinco dias antes.

Al margen de esa acción de destruir una ingente cantidad de billetes, que es un sueño puntual para mucha gente, hay algunos detalles a tener en cuenta. Por la información que ha trascendido, lo destruyó todo para que sus herederos no pudiesen cobrar.

Tenía 85 años, dinero y herederos. Pero la ingresaron en una residencia. La mayor pena que comentan muchos ancianos en esa situación es sentirse abandonados. Olvidados, solos. Volverse prescindibles para aquellos que se beneficiarán de todo lo que ellos dejen.

Se puede imaginar a la anciana dirigirse a su banco con un gran bolso de mano y pedir el saldo de su cuenta en efectivo, y cargar esa cantidad de papel (probablemente unos 3.000 billetes) hasta su nueva residencia, esa que será la última. Imaginarla sentada con las tijeras en la mano y verla pacientemente hacer tiritas con todos los billetes, con las cartillas, con los recuerdos, con las caras de los herederos, con los sentimientos, con la soledad. Cinco días le llevó hacer trizas toda su vida. Después falleció. Ya no tenía nada más que hacer.
 
La primera reacción general ha sido la fácil: estaba loca. La segunda, la de los herederos, la previsible: “¿Se puede recuperar ese dinero?” El Banco Nacional Austríaco dice que si los datos son ciertos, pueden restituir el dinero. Normalmente sólo restituyen los billetes deteriorados por el uso que no superen el 50% del billete, pero en este caso harán una excepción. Porque si no, podrían estar castigando a la gente equivocada, ya que no saben si la anciana se volvió loca.  El director del banco, Friedrich Hammerschmied, aseguró que probablemente ella no sabía lo que hacía y que cada año tienen entre tres y cinco casos así.

El comentario de la policía también ha sido el esperado: el fiscal Erich Habitzl asegura que no se abrirá investigación ya que los hechos no suponen infracción penal: no hay delito, nadie se queja, no hay caso.

Y en el trasfondo, una anciana que quiso castigar a aquellos que le negaban lo que todo ser humano busca: compañía, calidez, todo lo que ponga distancia entre uno mismo y ese frío al que llaman soledad. Una anciana que sabía que su tiempo iba contrarreloj, que a la tumba no se llevaría nada y que aquellos que se lo quedarían todo le negaban lo único que a estas alturas quería: compañía.

Las estadísticas indican que hay un alto porcentaje de ancianos que caen en grandes depresiones cuando entran en una residencia. No es demencia, no es un problema de la calidad de las instalaciones o de la bondad de las personas que trabajan allí. Es la sensación de estar de más, de que no caben en la vida de aquellos a los que les dieron la vida. De que “residencia” sea una manera elegante de decir “almacén de viejos”.

Naturalmente hay toda una casuística detrás, no todos los que viven en una residencia están olvidados por su gente. Hay gente mayor que está a gusto porque están bien atendidos, rodeados de gente de su misma generación y porque antes estaban siempre solos, con toda la familia trabajando y obligada por compromisos. También hay quienes quieren estar ahí porque tienen el médico muy a mano y el  día a día en perfecto estado.

Y también hay brotes de ilusión y de primavera nacida en esos pasillos, de parejas que se han formado construyendo minuciosamente un amor a medida.

Dicen que desde que salió la noticia del millón hecho confeti, hay movimiento en algunas residencias, que algunos residentes hablan en corrillos y están haciendo acopio de tijeras y consultando sus saldos, mientras muchos familiares empiezan a incorporar las visitas al abuelo como parte de la agenda de los fines de semana….