Hay políticos y gente que está en la política. Políticos que tienen Sentido de Estado y gentes que se apuntaron al carro de lo público “para forrarse”. Políticos que llegaron a lo público como cumbre de una carrera de fondo, llena de trabajo, estudio y compromiso. Y personajillos que llegaron a lo público de cualquier manera, desde los amiguismos a los asaltos militares, según el país. Desde los trajes de marca a las marcas verde oliva de algunos trajes.
Son gentes que están, pero no son. Usan grandes sillones, tienen micrófonos atentos, se desgarran ofendidísimos por cualquier opinión que no sea la suya…Pero siguen sin ser políticos. No entienden lo que significa Cosa Pública, no entienden lo que significa Interés General, Situación Multicultural, Compromisos Internacionales. Lo suyo siempre es personalísimo, o como mucho, está partido.
Tener Sentido de Estado se define más por lo que no es: No tienen Sentido de Estado los presidentes americanos que fuerzan elecciones para perpetuarse en el poder, salvapatrias de guiñol. No tiene Sentido de Estado el que bloquea todo cambio en su isla, convirtiéndola en patrimonio hereditario en la figura de su hermano. No tienen Sentido de Estado los políticos europeos (incluidísimos los españoles) que confunden las instituciones del estado con el partido en el poder, y se dedican a ensuciarlas aprovechando cualquier atril, sea dentro de las fronteras o fuera. No tienen Sentido de Estado los reyezuelos africanos que cobran ayudas millonarias para salvar la miseria de su tierra y después envían a sus tres esposas favoritas a buscar objetos de lujo por el mundo para decorar su nueva mansión. No tienen Sentido de Estado los que insultan todo lo que se mueva si no es de los suyos.
No tienen Sentido de Estado los que quieren aplicar una apisonadora sobre las culturas que no conocen o sobre las aspiraciones de la gente que no piensa como ellos, usando el argumento de que como fueron anulados como nación hace siglos, hace siglos que no tienen derecho a nada. No tienen Sentido de Estado los que exigen la cabeza de los corruptos ajenos y aplican la tolerancia y el beneficio de la duda sobre los propios. No tienen Sentido de Estado los que menosprecian la formación de un gobierno ajeno porque tiene demasiadas mujeres (“gobierno rosa” lo llamó el italiano), los que se apropian de los medios de comunicación para que sólo se comunique lo conveniente (el italiano, el venezolano), los que conocen información peligrosa y la callan hasta el momento que más les convenga. No tienen Sentido de Estado los que insultan a la Judicatura (un Poder del Estado, no lo olvidemos) cuando no les da la razón y que trufan la vida pública de denuncias sólo por protagonismo, convirtiendo el trabajo de gestionar un país en una carrera de obstáculos innecesarios.
No se ve, entre los nombres más conocidos del politiqueo interno y externo, ni una sola persona con Sentido de Estado. Ni en esta península-puente entre dos continentes y dos aguas, ni en los países que la rodean ni en los que están más lejos. No significa que no haya, sino que no se les oye ni se les ve. Y las gentes de a pie estamos deseando que se manifiesten. Estamos deseando que las personas que ocupan los grandes cargos tengan también grandes contenidos, grandes palabras y grandes hechos. Barack Obama es una hermosa esperanza, pero de momento sólo es eso.
Sabemos que todos somos humanos, que cualquiera puede cometer un desliz y que cualquiera puede verlo. Y que la grandeza de esas personas con Sentido de Estado está también en asumir sus errores y sus debilidades. Entonar el mea culpa los engrandece, igual que hacer limpieza en las propias filas cuando corresponde. La frasecita de “no admito ni media lección de honestidad” es una estupidez contraproducente; la historia ha demostrado sobradamente que todos tienen que recibir muchas lecciones.
A los votantes de a pie, sean del color y partido que sea, se les ruborizan hasta las rodillas cuando se enteran de sobornos y trapicheos. Y cuando descubren que aquellos que se llevaron carretadas de votos han sido pillados y han puesto vergonzosamente de cabeza de turco al último monín y después quieren cerrar el asunto sin más. Cuidado: las heridas cerradas en falso revientan en pus.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Pantalón de Obama fuera de moda. Lifting de Berlusconi. Culo de la Bruni contra culo de la Leti. Eso son las noticias que se exhiben en los noticiarios de máxima audiencia y en las portadas de los diarios de máxima tirada. Realmente eso es lo más destacado que ha pasado en el mundo en 24 h.?
Comentarios: Que éste está gordo, que aquel lleva peluquín, que el muerto negro que parecía blanco tiene hijos blancos del semen de sus amigos. ¿Eso es todo lo que se les ocurre con lo que está cayendo? No se trata de ponerse moralistas ni de convertir cada diario en un berrinche o un lacrimal sin cura. Pero seguro que han pasado otras cosas por ahí mucho más interesantes. Porque realmente, a alguien le importa de verdad si un político lleva peluquín o quién se acuesta con quién? Y si realmente tienen tanta gente preocupada por esas cuestiones, que las traspasen a esos programas de sobremesa de tanta audiencia.
Llevamos una temporada larga con los accidentes de tráfico en prime-time. ¿Dónde está la novedad de que un coche se salga de carril y se empotre en la bionda de una curva? Vale que se quiera ayudar a disminuir la siniestralidad, pero tanto tema repetido parece más un anuncio de compañía de seguros que un noticiario. Y ni aumenta ni disminuye la cantidad de accidentes, porque acaba resultando indiferente.
Un chico ha muerto de un navajazo en un barrio marginal de una ciudad. ¿Eso es noticia? ¡Mueren a docenas cada día! Se busca la imagen chillona, la proximidad, el comentario simplón del vecino más indignado o más dolido. Y mientras nos dan una hora de menudencias trufadas de publicidad (con alguna guinda válida para compensar), el mundo va haciendo de las suyas y nosotros nos enteramos cuando les da la gana.
El noticiario de la noche es el mismo del mediodía, con alguna cosita para distinguirlos. Y es casi el mismo del día siguiente de madrugada, comprimido en menos minutos. Y al final nos dan un mundo muy pequeño, donde pasan sólo las cosas muy evidentes y donde casi todas las preguntas quedan sin respuesta.
¿Dónde están los grandes analistas de la bolsa, que además transmitan la información económica, de la que dependemos todos, de una forma entendible y amena? ¿Dónde están los grandes analistas de política que sepan interpretar entre tanto griterío de parvulario cutre, por dónde van los tiros? Cuando sacan el navajazo del barrio, dónde está la mínima investigación para exponer la situación en la zona? Resumiendo: dónde están los periodistas?
Al final, entre noticias simples, temas que no se tocan y repeticiones vagas, acabamos con desidia mental. Y caemos en lo que dijo Machado: “Esa segunda inocencia que da en no creer en nada”.
Texto: Marga Alconchel
Lamentablemente, yo no tengo un bosque. Así que cuando arden miles de hectáreas, cuando mueren abrasados 11 hombres intentando apagarlos y cuando me dicen que tardarán noventa años en volver a estar como estaba, siento que se ha perdido algo mío que no es mío. Porque los bosques son de todos, pero en su mayoría tienen dueño con nombre y apellidos, no son públicos.
En algún sitio el propietario de un bosque comentaba que es carísimo cuidarlo y que no les dejan sacar beneficio razonable de ese cuidado. Y que encima es imposible vallarlo, y los domingueros lo llenan de basura que lo enferma y ayuda a propagar incendios. Que cuando todo está bien, es gracias a todos. Y cuando está mal, es culpa del propietario. Y que al final acaban tirando la toalla.
Imagino que tener una propiedad de tropecientas hectáreas de bosque de pinos y matorral significa tener mucha madera que no puedes tocar. Y mucho suelo que no puedes sembrar ni edificar. Y mucho “monte de caza” que no puedes alquilar alegremente. Mucho dinero al que no tienes acceso, pero por el que pagas impuestos. También imagino que Ayuntamientos y propietarios tienen muy claro que es importante que esos bosques estén vivos y en perfecto estado. Como patrimonio verde, por salud planetaria y por atracción turística, que todo cuenta. Los ayuntamientos dicen que no tienen personal para limpiar los bosques, pero también es cierto que no es una actividad espectacular que levante votos.
La Ley de montes dice cómo hay que cuidarlos. También está escrito que sólo se cumple en un 13%. Hay quien habla de que arden por el rayo, otros por abandono, otros dicen que por pirómanos enloquecidos, otros hablan de venganzas vecinales, de herencias mal definidas y terrenos peor marcados. Como en las pelis, preguntamos otra vez: ¿A quién beneficia todo esto?
En el pueblo de Salt (Girona) han cogido infraganti a un pirómano que encendió 7 fuegos al lado de la carretera. No era tontería juvenil, tiene 72 años y antecedentes. A veces detrás de esos comportamientos hay odios enconados durante toda una vida. ¿Y qué culpa tienen los árboles?
¿Y los que son puro accidente, cómo los evitamos? El invierno pasado se avisó que había llovido mucho, que la primavera sería fértil y por tanto el verano, con alto riesgo de fuego. ¿Con seis meses de antelación ya se sabía y ha tenido que arder medio país? Se habla de concienciar a las generaciones que suben. La mayoría ya están concienciadas, se toman muy en serio la vida verde. Pero una cosa es la conciencia y otra el curro. Alguien no está haciendo los deberes.
Si los habitantes de los pueblos, los que están justo al ladito, se quejan de abandono y las instituciones forestales de que no dan abasto, algo hay que cambiar. Quizás trabajos de reinserción social, quizás condenas severas y rápidas a los culpables, quizás trabajos forestales que den créditos lectivos a los estudiantes, quizás brigadas de soldados que hagan algunas semanas de ejercicio bajo las copas… Se aceptan ideas: Se nos quema el país.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Siete chicos han violado por turnos a una chica de 13 años. Y a los pocos días, otra chica, otros chicos, mismo hecho. No es una cuestión de sexo: es violencia contra alguien vulnerable. No se les puede meter en la cárcel, tampoco deberían estar en la calle. Algo muy serio falla cuando les importa más pertenecer a un grupo que el daño que causan.
Unas voces piden bajar la edad penal: mal anda una sociedad que para atajar la violencia mete en la cárcel a niños de menos de 14 años. Los que lo defienden dicen que si ya tienen edad de hacer daño, tienen edad para pagarlo. Eso entraría en el convencimiento de que hay gente (niños) que nacen intrínsecamente malos y por tanto sólo se les puede encarcelar. Dicen que las leyes son demasiado permisivas. La historia de la Humanidad ha demostrado sobradamente que se gana más educando que pegando.
En este problema hay dos lados que atender, la víctima y los atacantes. Mirando a los atacantes, hay dos cuestiones que decidir: que se hace ahora con éstos, y cómo evitar que más adelante lo hagan otros. Y de dónde salen éstos para evitar que salgan otros.
Y ahí nos encontramos con niños asilvestrados que han crecido sin guía familiar, ambientes donde los pequeños delitos son lo habitual, climas sociales donde el concepto de bien/mal es muy, muy flexible. Críos llenos de dudas que las solucionan con lo que ven a su alrededor: gana el que pega primero. Es evidente que solucionar eso es mucho más complejo que educar a los chicos para que no ataquen, pero ese es un principio.
En esos ambientes marginales también hay una inmensa bolsa de inmigración que traen sus propias leyes y sus propias culturas, no siempre respetuosas. Y todos se influyen entre sí. Una maestra de escuela me comentaba que tenía un alumno islámico que cuando cumplió 7 años empezó a no hacerle caso porque en casa le habían dicho que las mujeres son inferiores y él ya era un hombre. Y por supuesto, los demás críos de la clase querían seguir su ejemplo. Esas son las causas que hay que atajar para que no vuelva a suceder.
Por supuesto, también están los que no han conocido problemas económicos y sencillamente creen que son superiores y eso les concede impunidad. Y si sobrevienen problemas, papápaga. Tampoco han de ir a la cárcel, pero también tienen mucho que aprender.
Y con lo que ya ha pasado, qué hacemos? Dejar en la calle a un chico que sabe que ha hecho mal y ha comprobado que puede burlar a la justicia con las propias armas de la justicia es un ejemplo muy peligroso. Esos niños concretos necesitan un severo trabajo sicológico, en una institución cerrada o no, según determinen los que de eso saben. Pero no pueden quedarse impunes. Tienen que aprender ahora lo que no aprendieron en su momento. Y saber que hacer daño nunca es la salida para nada.
En una ocasión, un chico que conducía a lo loco y ponía en riesgo a los demás, fue condenado a realizar trabajos sociales en una clínica de rehabilitación de tetrapléjicos, muchos de ellos por accidentes de tráfico. Quedó concienciado de por vida, sin un sólo bofetón.
Quizás por ahí haya un poco de esperanza para este caso, porque con 13 años no se puede decir que son irrecuperables. Martín Luther King dijo: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, hoy todavía plantaría un árbol”.
Texto y fotos: Marga Alconchel
ETA acaba de asesinar a dos hombres poniendo una bomba lapa en su coche. Y ayer saltó por los aires toda una fachada gracias a los mismos. Declaraciones tremebundas de unos y silencio tremebundo de otros. ETA celebra su cumple como todo el mundo, de forma coherente con su estilo. La disquisición no es sobre quienes son o el giro sin clase que han tomado (mercenarios, drogas, jóvenes sin ideales), sino su entorno. No se trata de lamentar que sus presos estén lejos de sus familiares; los que ellos han matado están mucho más lejos. O de que en ese norte todo el mundo tiene un familiar dentro y a ver cómo denuncias a tu sobrino. Se trata de controlar a los que están de su parte.
Se trata de mirar entre los nuestros quien es el que le indica a qué hora pasa esta furgoneta, o cual es el coche que levantará menos sospechas. Se trata de mirar entre los nuestros quien es el que les señala a un vecino y les dice: ése es una víctima fácil.
A partir de ahí podemos elucubrar que si es un negocio, que si la culpa la tiene el Estado de las Autonomías que les ha dado vuelos independentistas. A esas voces antediluvianas les preguntaría si ese “impulso” terrorista también lo han detectado en Extremadura. O en Castilla. O en Murcia. Porque también son autonomías.
Más bien tendrían que analizar que el impulso independentista violento nació hace cincuenta años y desde 1978 (la Constitución) ya no tiene razón de ser, ya es otra cosa. Así que lo que hay que atacar no es esa idea, tan defendible en buena lid como cualquier otra aspiración humana, sino que se use como excusa para mantener un negocio, un chantaje multimillonario en nombre del miedo a la muerte.
Y de pasada, los políticos que viven en esa tierra y tienen etarras cerca tampoco hacen gran cosa, porque si la atención no estuviera sobre ETA y se miraran otras cosas vascas, el sistema foral y la solidaridad estatal crujirían muy en serio.
Así que asesinos sí, culpables sí, aislados no. Y peor todavía: hasta dónde llega su sombra y a cambio de qué? El vecino que les da las rutas de paso y el camino de huida, porqué lo hace? O cuánto ha cobrado, sabiendo para qué será la información que ha dado? Y si el Estado y las redes de Internet nos tienen fichados hasta en la talla de zapatos, cómo es que no se ha estrangulado esa red de chivatos?
Hay un hálito de esperanza: Ellos tienen público, pero nosotros somos más. Ellos dan miedo, pero no se puede asustar a todo el mundo todo el tiempo. Su “sostenello i no enmendallo” se ahoga en sí mismo. Han cansado a todos los estamentos y han quemado las posibilidades de salida digna con todos los partidos (de todo el arco político) que se han sentado a hablar con ellos.
De momento, nosotros estamos perdiendo. Pero que nadie se distraiga: El éxito nace del fracaso.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Los fundamentalistas islámicos iraníes atacan a la población que pide libertad. Los fundamentalistas católicos irlandeses atacan a la población que pide libertad. Los de este país meten en el mismo saco a homosexuales y asesinos. Parece que religión y libertad no caben juntas en ningún país.
Los poderosos de las religiones apelan a sus libros sagrados y a su interpretación de la voluntad de su dios comos si sólo ellos tuvieran el número de teléfono de los cielos. Y apelan a situaciones con muchos siglos de historia para pedir que todo vuelva a ser lo de antes. Como en los tiempos feudales, pero ellos con coche y chófer. Como en los tiempos antiguos, pero ellos con móvil, ordenador y aire acondicionado. Como en los tiempos medievales, pero con ametralladoras. Como en otros tiempos, pero sólo para el pueblo.

El sentido de trascendencia es humano, forma parte de ese algo especial que nos separó de los demás animalitos hace millones de años. Nos ha aportado ética y una sensibilidad especial hacia todo lo sublime. Cada cultura lo ha manifestado a su manera, le ha puesto un nombre divino y una liturgia. Y con el correr de los siglos todo eso ha llegado a parecerse más a una empresa etérea que a una fe. Por definición, una creencia no tendría que estar reñida con la libertad porque nace precisamente de ella, de estar libres de los condicionantes puramente primarios de los demás seres vivos.
Pero una cosa es la religión (todas las religiones) y otra los poderes religiosos. Esas ricas empresas etéreas se basan en la sumisión de su gente, sin la que no tendrían ingresos ni razón de ser. No quieren libertad para nadie, porque es enemiga de su poder. Y sus creyentes, sufriendo entre la vida y la fe, acaban llegando a la violencia.
No se trata de anular de un plumazo las religiones y meter a todos sus representantes a picapedreros, se trata de circunscribir el espacio de cada uno. Todas las religiones tienen una vertiente de consuelo y de consejo para las personas desorientadas o angustiadas. Y una vertiente de solidaridad para con las necesidades acuciantes de los más desesperados. Son un sólido pilar que ha ayudado a mucha gente. Sin embargo, al ver la obsesión de poder que tienen algunos prelados, algunos imanes o algunos rabinos da la impresión de que las religiones tienen dos caras, y los creyentes sufren entre contradicciones tan sangrantes.
Se olvidan que la historia siempre va hacia delante, que todo evoluciona, que no se puede ir contra la gente porque es ir contra la vida. Que dejar a la gente vivir es la mejor manera de transmitirles espirtualidad. Y que como dijo Iñaki Gabilondo, nada es nunca como siempre.
Texto: Marga Alconchel
La muerte reciente de Vicente Ferrer ha vuelto a recordarnos que las ONG están para algo. Pero las ayudas y las fundaciones se multiplican y el problema no se reduce. Algo va mal.
Fundaciones para desgravar impuestos. Ayuda a países que tienen petróleo o minerales estratégicos. Ayudas estatales a las órdenes del Banco Mundial. Ayudas médicas sí, pero fabricación de genéricos económicos, no. Clínicas que operan desinteresadamente a gente desahuciada, donde sus médicos adquieren la experiencia que después les hará ganar millones. Empresas que instalan fábricas que dan trabajo a centenares de personas que manejan material tóxico o peligroso sin protección.
Bajo el paraguas de “solidaridad” se amparan demasiadas cosas. Desde los que se desgarran ante el dolor ajeno y se entregan incansablemente, hasta los que sanean por unos euros su conciencia sin profundizar más o los que ven una oportunidad de hacer negocio sin competencia: Se pueden enviar sacos de semillas, media docena de tractores y abono con un pequeño truco, semillas estériles que den una planta útil pero que no se reproduce. Con lo que los ayudados tendrán que comprar la siguiente partida de semillas. Y los repuestos para los tractores. Todo a precio ajustado, por supuesto. Para eso los han convertido en clientes cautivos.
Hacer negocio es uno de los incentivos del hombre, y es absolutamente humano y lícito, es la recompensa al trabajo y a la inventiva. Y si en paralelo ayuda a gente necesitada, doblemente mejor. El problema, como en tantas cosas, está en la medida. Un buen beneficio a costa de los que son tan pobres que con medio sueldo ya están contentos, no es ético. Y con el tiempo, es antieconómico.
ONG’s que se instalan en condiciones muy precarias para dar primeros auxilios, asistencia alimentaria o para construir un pozo que suministre el agua imprescindible. Gente voluntaria que dedica mucho más que tiempo y esfuerzo. Y también, ONG que instalan sus reales en una urbanización del sureste asiático aislada de sus vecinos, con vigilantes, donde los esforzados blancos puedan descansar del duro trabajo de los demás llevando un nivel de vida que ni en sus países de origen. Y que sale de las aportaciones que deberían volcarse en esa zona.
Demasiados contrastes en un tema tan delicado, pero por encima de todo, una incoherencia brutal: con tantas décadas de ayuda y tantísima gente colaborando y tantísimo dinero destinado, la situación a nivel planetario prácticamente es la misma. El conjunto del tercer mundo (que son dos terceras partes del planeta, no nos engañemos) está prácticamente estancado. Y eso es un fallo de raíz, no cosmético.
Algo muy malo tiene que haber en el modelo para que sólo funcione en una parte del hemisferio norte. No es capitalismo ni comunismo, los dos con llagas estructurales. Tampoco es cuestión de religiones (judeo-cristianos ricos e islámicos y animistas pobres) porque hay grandes desequilibrios en el seno de esos inmensos colectivos.
Tampoco es lo de blancos malísimos contra indígenas inocentes o colonizadores sádicos contra pacíficos residentes: todos los pueblos del mundo han invadido y han sido invadidos, han robado y han sido robados, han matado y han sido muertos. La historia de Europa es de colonizaciones sucesivas: griegos, romanos, árabes... cada una ha dejado un poso y con todos juntos hemos ido saliendo adelante. Las claves ha de estar en otro tema.
Quizás una esté en que queremos ver el planeta como un todo que ha de ser homogéneo, que cualquier ciudadano de cualquier esquina ha de tener coche y vestir pantalones tejanos y comer carne dos veces por semana. Y no lo es. Ni por clima, ni por geología, ni por colectivo humano. Quizás tengamos que asumir que el modelo es para nosotros, no para ellos, y que ellos (dos terceras partes del planeta, repito), llevan otros ritmos. Eso no implica olvidar el hambre o las enfermedades, sino abordarlas de otra manera. No se trata de ir echando dinero permanentemente como agua a la arena, pero tampoco de pretender que vistan como nosotros, coman como nosotros, piensen como nosotros. La grandeza del planeta es la diversidad, palabra que sólo parecen aplicar a animalitos y plantas.
De hecho, si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo.
Texto: Marga Alconchel