ETA acaba de asesinar a dos hombres poniendo una bomba lapa en su coche. Y ayer saltó por los aires toda una fachada gracias a los mismos. Declaraciones tremebundas de unos y silencio tremebundo de otros. ETA celebra su cumple como todo el mundo, de forma coherente con su estilo. La disquisición no es sobre quienes son o el giro sin clase que han tomado (mercenarios, drogas, jóvenes sin ideales), sino su entorno. No se trata de lamentar que sus presos estén lejos de sus familiares; los que ellos han matado están mucho más lejos. O de que en ese norte todo el mundo tiene un familiar dentro y a ver cómo denuncias a tu sobrino. Se trata de controlar a los que están de su parte.
Se trata de mirar entre los nuestros quien es el que le indica a qué hora pasa esta furgoneta, o cual es el coche que levantará menos sospechas. Se trata de mirar entre los nuestros quien es el que les señala a un vecino y les dice: ése es una víctima fácil.
A partir de ahí podemos elucubrar que si es un negocio, que si la culpa la tiene el Estado de las Autonomías que les ha dado vuelos independentistas. A esas voces antediluvianas les preguntaría si ese “impulso” terrorista también lo han detectado en Extremadura. O en Castilla. O en Murcia. Porque también son autonomías.
Más bien tendrían que analizar que el impulso independentista violento nació hace cincuenta años y desde 1978 (la Constitución) ya no tiene razón de ser, ya es otra cosa. Así que lo que hay que atacar no es esa idea, tan defendible en buena lid como cualquier otra aspiración humana, sino que se use como excusa para mantener un negocio, un chantaje multimillonario en nombre del miedo a la muerte.
Y de pasada, los políticos que viven en esa tierra y tienen etarras cerca tampoco hacen gran cosa, porque si la atención no estuviera sobre ETA y se miraran otras cosas vascas, el sistema foral y la solidaridad estatal crujirían muy en serio.
Así que asesinos sí, culpables sí, aislados no. Y peor todavía: hasta dónde llega su sombra y a cambio de qué? El vecino que les da las rutas de paso y el camino de huida, porqué lo hace? O cuánto ha cobrado, sabiendo para qué será la información que ha dado? Y si el Estado y las redes de Internet nos tienen fichados hasta en la talla de zapatos, cómo es que no se ha estrangulado esa red de chivatos?
Hay un hálito de esperanza: Ellos tienen público, pero nosotros somos más. Ellos dan miedo, pero no se puede asustar a todo el mundo todo el tiempo. Su “sostenello i no enmendallo” se ahoga en sí mismo. Han cansado a todos los estamentos y han quemado las posibilidades de salida digna con todos los partidos (de todo el arco político) que se han sentado a hablar con ellos.
De momento, nosotros estamos perdiendo. Pero que nadie se distraiga: El éxito nace del fracaso.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Los fundamentalistas islámicos iraníes atacan a la población que pide libertad. Los fundamentalistas católicos irlandeses atacan a la población que pide libertad. Los de este país meten en el mismo saco a homosexuales y asesinos. Parece que religión y libertad no caben juntas en ningún país.
Los poderosos de las religiones apelan a sus libros sagrados y a su interpretación de la voluntad de su dios comos si sólo ellos tuvieran el número de teléfono de los cielos. Y apelan a situaciones con muchos siglos de historia para pedir que todo vuelva a ser lo de antes. Como en los tiempos feudales, pero ellos con coche y chófer. Como en los tiempos antiguos, pero ellos con móvil, ordenador y aire acondicionado. Como en los tiempos medievales, pero con ametralladoras. Como en otros tiempos, pero sólo para el pueblo.

El sentido de trascendencia es humano, forma parte de ese algo especial que nos separó de los demás animalitos hace millones de años. Nos ha aportado ética y una sensibilidad especial hacia todo lo sublime. Cada cultura lo ha manifestado a su manera, le ha puesto un nombre divino y una liturgia. Y con el correr de los siglos todo eso ha llegado a parecerse más a una empresa etérea que a una fe. Por definición, una creencia no tendría que estar reñida con la libertad porque nace precisamente de ella, de estar libres de los condicionantes puramente primarios de los demás seres vivos.
Pero una cosa es la religión (todas las religiones) y otra los poderes religiosos. Esas ricas empresas etéreas se basan en la sumisión de su gente, sin la que no tendrían ingresos ni razón de ser. No quieren libertad para nadie, porque es enemiga de su poder. Y sus creyentes, sufriendo entre la vida y la fe, acaban llegando a la violencia.
No se trata de anular de un plumazo las religiones y meter a todos sus representantes a picapedreros, se trata de circunscribir el espacio de cada uno. Todas las religiones tienen una vertiente de consuelo y de consejo para las personas desorientadas o angustiadas. Y una vertiente de solidaridad para con las necesidades acuciantes de los más desesperados. Son un sólido pilar que ha ayudado a mucha gente. Sin embargo, al ver la obsesión de poder que tienen algunos prelados, algunos imanes o algunos rabinos da la impresión de que las religiones tienen dos caras, y los creyentes sufren entre contradicciones tan sangrantes.
Se olvidan que la historia siempre va hacia delante, que todo evoluciona, que no se puede ir contra la gente porque es ir contra la vida. Que dejar a la gente vivir es la mejor manera de transmitirles espirtualidad. Y que como dijo Iñaki Gabilondo, nada es nunca como siempre.
Texto: Marga Alconchel
La muerte reciente de Vicente Ferrer ha vuelto a recordarnos que las ONG están para algo. Pero las ayudas y las fundaciones se multiplican y el problema no se reduce. Algo va mal.
Fundaciones para desgravar impuestos. Ayuda a países que tienen petróleo o minerales estratégicos. Ayudas estatales a las órdenes del Banco Mundial. Ayudas médicas sí, pero fabricación de genéricos económicos, no. Clínicas que operan desinteresadamente a gente desahuciada, donde sus médicos adquieren la experiencia que después les hará ganar millones. Empresas que instalan fábricas que dan trabajo a centenares de personas que manejan material tóxico o peligroso sin protección.
Bajo el paraguas de “solidaridad” se amparan demasiadas cosas. Desde los que se desgarran ante el dolor ajeno y se entregan incansablemente, hasta los que sanean por unos euros su conciencia sin profundizar más o los que ven una oportunidad de hacer negocio sin competencia: Se pueden enviar sacos de semillas, media docena de tractores y abono con un pequeño truco, semillas estériles que den una planta útil pero que no se reproduce. Con lo que los ayudados tendrán que comprar la siguiente partida de semillas. Y los repuestos para los tractores. Todo a precio ajustado, por supuesto. Para eso los han convertido en clientes cautivos.
Hacer negocio es uno de los incentivos del hombre, y es absolutamente humano y lícito, es la recompensa al trabajo y a la inventiva. Y si en paralelo ayuda a gente necesitada, doblemente mejor. El problema, como en tantas cosas, está en la medida. Un buen beneficio a costa de los que son tan pobres que con medio sueldo ya están contentos, no es ético. Y con el tiempo, es antieconómico.
ONG’s que se instalan en condiciones muy precarias para dar primeros auxilios, asistencia alimentaria o para construir un pozo que suministre el agua imprescindible. Gente voluntaria que dedica mucho más que tiempo y esfuerzo. Y también, ONG que instalan sus reales en una urbanización del sureste asiático aislada de sus vecinos, con vigilantes, donde los esforzados blancos puedan descansar del duro trabajo de los demás llevando un nivel de vida que ni en sus países de origen. Y que sale de las aportaciones que deberían volcarse en esa zona.
Demasiados contrastes en un tema tan delicado, pero por encima de todo, una incoherencia brutal: con tantas décadas de ayuda y tantísima gente colaborando y tantísimo dinero destinado, la situación a nivel planetario prácticamente es la misma. El conjunto del tercer mundo (que son dos terceras partes del planeta, no nos engañemos) está prácticamente estancado. Y eso es un fallo de raíz, no cosmético.
Algo muy malo tiene que haber en el modelo para que sólo funcione en una parte del hemisferio norte. No es capitalismo ni comunismo, los dos con llagas estructurales. Tampoco es cuestión de religiones (judeo-cristianos ricos e islámicos y animistas pobres) porque hay grandes desequilibrios en el seno de esos inmensos colectivos.
Tampoco es lo de blancos malísimos contra indígenas inocentes o colonizadores sádicos contra pacíficos residentes: todos los pueblos del mundo han invadido y han sido invadidos, han robado y han sido robados, han matado y han sido muertos. La historia de Europa es de colonizaciones sucesivas: griegos, romanos, árabes... cada una ha dejado un poso y con todos juntos hemos ido saliendo adelante. Las claves ha de estar en otro tema.
Quizás una esté en que queremos ver el planeta como un todo que ha de ser homogéneo, que cualquier ciudadano de cualquier esquina ha de tener coche y vestir pantalones tejanos y comer carne dos veces por semana. Y no lo es. Ni por clima, ni por geología, ni por colectivo humano. Quizás tengamos que asumir que el modelo es para nosotros, no para ellos, y que ellos (dos terceras partes del planeta, repito), llevan otros ritmos. Eso no implica olvidar el hambre o las enfermedades, sino abordarlas de otra manera. No se trata de ir echando dinero permanentemente como agua a la arena, pero tampoco de pretender que vistan como nosotros, coman como nosotros, piensen como nosotros. La grandeza del planeta es la diversidad, palabra que sólo parecen aplicar a animalitos y plantas.
De hecho, si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo.
Texto: Marga Alconchel
Imaginemos que tenemos mucho poder y todo el anonimato. Y que somos de un país que se jacta de ser el más rico del mundo. Y que analizamos muchas cosas que nadie sabe, y deducimos que para la siguiente etapa nos hace falta alguien especial, un comodín que sirva para casi todo y guste a casi todos.
Imaginemos que trazamos un perfil: un hombre de una raza oprimida, para que levante simpatías. Pero educado en la raza poderosa, para que genere confianza. Creyente de una religión, aunque no demasiado practicante. Y criado en otra, para que tenga credibilidad entre las dos. Y con muchas razas mezcladas en su historia, pero todas comedidas. Y por supuesto, criado por unos abuelos blancos más que muy tolerantes, para que despierte simpatías entre la gran masa del pueblo.
Imaginemos que buscamos entre 200 millones de personas (ahí debe haber de todo) y encontramos alguien que se adapta mucho al perfil. Una vez seleccionado, es cuestión de entrenarlo. Y una de sus bazas ha de ser una absoluta confianza en sí mismo que arrastre a amigos y enemigos. Y ya tenemos al candidato ideal para cambiar el mundo.
Imaginemos que lo ponemos en campaña, una escenografía milimétricamente estudiada. Y que una vez que gana, ponemos en su equipo de colaboradores más cercanos a algunos de sus enemigos vencidos (muestra de bonhomía y pragmatismo), algunos triunfadores de legislaciones pasadas (el país no olvida a sus hombres), algunas mujeres (ya no hay nadie machista) y razas variadas. Todo el mundo se siente representado por algún lado y todo el mundo se siente ganador, por algún lado.
Y se le echa a rodar por el mundo. Un proyecto de años, con mucha gente involucrada y mucho más en la sombra que a la luz. El hombre con más poder del mundo que compra sus propias hamburguesas en el restaurante de la esquina, con todo su séquito y las cámaras, y hace cola como todos. Un hombre con indudable carisma y con una biografía real, salpicadita de incidencias que lo hagan humano (algún porrete, alguna multa menor). Un hombre que habla los idiomas necesarios en el momento actual, que conoce las claves para comunicarse con los colectivos más problemáticos y que se vende como el sueño americano en carne viva.
Todo esto es una especulación, y el presidente norteamericano de momento ha demostrado buen pulso para todo lo que está haciendo. Tanto buen pulso y tan adecuadas propuestas que da la impresión de ser todo una magnífica puesta en escena. De hecho parece una versión s. XXI de un mesías religioso que ha aparecido en el momento oportuno.
Esperemos que sus cientos de asesores y las toneladas de informes que manejan les den las claves para sanear el desastre en el que vivimos todos y del que tienen buena parte de culpa. Porque toda esta crisis es a causa del dinero y los que más tienen son ellos.
No podemos hacer mucho más que observar lo que hace y valorar si realmente los de bambalinas han puesto sobre la tarima a un mesías. El Iching, que lleva cinco mil años observando el futuro, dice en una de sus tiradas: El Príncipe auténtico acierta al halcón con una sola flecha.
Texto: Marga Alconchel
Hay una crisis económica de espanto y de repente sale una gripe porcina en un destino turístico. Se disparan las alarmas, se venden como caramelos las mascarillas que no sirven para nada pero quedan muy propias y se pone en marcha toda la maquinaria.
Esa gripe porcina que ha mutado y que se pasa a los humanos y a la que se le ha cambiado el nombre (A) para que no suene tan feo… mata menos que la gripe benigna de todos los inviernos. A 27 de mayo de 2009 en 48 países (cientos de millones de habitantes) había 13.398 personas contagiadas, de las que habían muerto… 95. México es la zona donde la gripe ha resultado más letal, con un porcentaje del 1,82%, o sea, 83 personas en la capital, donde viven 15 millones. La proporción da risa. Lo dicho, un resfriado mata más gente. Ya lo dicen las pelis de polis: ¿A quién beneficia todo esto?
Bajo el cartel de una pandemia, los carísimos antivirales se venden desesperadamente, y las multinacionales farmacéuticas hacen caja, y los vendedores de miedo consiguen grandes dividendos. Se recomienda el principio oseltamivir, que se comercializa con el nombre de Tamiflu, fabricado por los laboratorios suizos Hoffmann-La Roche. Es el que se hizo famoso con la gripe aviar y ahora se vende entre 40 y 100 dólares. El otro principio activo recomendado es zanamivir, comercializado por Glaxo Smith Kline bajo el nombre de Relenza, a 40 euros caja. Este no sirve contra ninguna gripe, pero ambos se están vendiendo por toneladas.
En nombre de la A, Egipto, país de confesión islámica (religión que prohíbe el cerdo por precepto de culto) ha aprovechado para sacrificar la mayor parte de su cabaña porcina, aun a costa de arruinar a miles de pequeños ganaderos y por encima de todos los informes de que no se transmite directamente de animal a persona. China ha aprovechado para restringir más el movimiento de la gente, Japón ha multiplicado las medidas sanitarias (y el gasto medio por habitante), México decretó cuatro días de encierro voluntario en casa que sirvieron para domesticar las calles, sujetar a la población y asear los espacios públicos… Vendedores de miedo.
Además de las multinacionales químicas, todos los gobiernos se han apuntado a la fiesta. Dicen que en España (47 millones) tenemos 100 contagiados. O sea, hemos de hablar con 470.000 personas para encontrar un griposo A. Algunos políticos se desgarran los trajes a medida, algunos vociferan contra todo y contra todos porque es su única manera de captar atención, los médicos simplemente recomiendan reposo y mucho líquido…
Y la crisis económica va quedando en un segundo término. No me refiero a las medidas que se están adoptando con más o menos acierto, sino al control sobre las causas para que no se repitan. Y eso sí que está matando gente poco a poco. Grandes constructoras, grandes bancos, grandes especuladores de riesgo… todos en su butaca. Un sistema económico que evidentemente es dañino desde la raíz y sólo se parchea. Lógicamente no se pueden destruir todas las instituciones económicas de una tacada y empezar desde cero, las cosas se han de hacer paulatinamente. Pero se han de hacer. Y eso empieza por unas depuraciones y unas responsabilidades penales que no se ven. ¡…Pero como es muy urgente atender una gripe tan grave!…
Y los de a pie qué hacemos con la A? Pues analizar los datos, consultar con el médico si es que los síntomas son exagerados, dejarse de histerias caras y seguir con la vida sin perder de vista todo lo que no es gripe. Recordar a Machado (“distingo entre las voces y los ecos”) y vigilar que los que ganan con todo esto no nos la estén dando con queso por la puerta de atrás. Como dicen los castellanos viejos, bueno es si bien acaba.
Texto: Marga Alconchel
Que los piratas somalíes asaltan a los barcos mercantes porque sí. Que no, que en realidad son pobres africanos llamando la atención porque grandes pesqueros han arruinado sus fondos con redes de arrastre y ya no hay peces. Que es que han convertido sus aguas en un vertedero de materias tóxicas que ha matado la pesca de la que viven. Que no, que los asaltantes son de las mafias locales y han encontrado un filón en los rescates. Que el gobierno que no gobierna en ese país dice que no puede hacer nada porque es pobre, que lo hagan los países asaltados. Que no, que quiere sacar tajada. Que es un problema de islámicos contra todo lo que huela a no islámico. Que no, que se han hecho islámicos por desesperación.
Todo eso es verdad y no lo es. Que las aguas somalíes son un vertedero de materias tóxicas es más que probable. Que no hay pesca en la zona, también. Y que las cosas no son tan simples, también. Y que es bochornoso que sigan con el cuento de los malo-malísimos blancos expoliando a los bueno-buenísimos negros. Todos los países del mundo han sido invadidos y expoliados en sucesivas guerras a o largo de la memoria de la Humanidad. Todos. En Africa no son excepción, vale ya de hacerse los víctimas eternos. Toca trabajar, como han trabajado todos los países para salir de sus respectivas miserias. Muchos de sus enemigos tienen el mismo color de su piel.
De momento, los piratas llevan armamento nuevo y municiones, y son dos cosas que no se venden a crédito ni a cambio de pescadito. De momento, los rescates son de millones de euros, y ahora mismo hay veinte barcos retenidos a la espera de que se junte el dinero. Y desde que esta moda se ha multiplicado en el cuerno de Africa, el dinero corre por los prostíbulos, en la compra de coca, en los coches de lujo y en los sobornos, pero no se ha levantado ni una sola industria ni un solo hospital, pese a que el mal sexo y la droga han multiplicado el sida.
Somalia es un país fracasado, no existe como tal. Lo que planea por encima es una cuestión de dinero. Dinero para armar a los hombres asaltantes (el eslabón más débil, aunque no el más delicado), dinero de rescate, dinero para los traficantes de armas y de droga, dinero de los países asaltados enviando barcos y diplomáticos y recursos, dinero desviado de un país sin gobierno que en nombre de su pobreza también pide dinero.
Los asaltados son barcos mercantes de paso, no de guerra, no pesqueros. Las potencias asaltadas han enviado barcos de guerra, han analizado el tema, y han enviado recursos para levantar la zona de donde salen la mayoría de los piratas. Y aunque sea una medida correcta, es una gota en el desierto. Mientras con un solo golpe consigan millones, quien se va a dedicar a la pesca o la carpintería? Mientras a fuerza de secuestros consigan ayudas millonarias extranjeras, para qué el ímprobo trabajo de construir un país? Mientras los dirigentes islámicos les digan que es bueno todo lo que sea malo para el infiel, quién se resiste? Mientras los intermediarios londinenses se lleven de comisión lo mismo que se paga de secuestro, quién lo va a impedir?
No es una cuestión de negros o de islámicos. Es una cuestión de desesperanza. No tienen otro presente ni ven otro futuro. Inyectar millones en rescates sólo sirve para alimentar esta situación. Llevar a los piratas al país de al lado para que sean juzgados parece un chiste.
Por cuestión de principios, no se deben pagar rescates. Y se debe evitar el riesgo de que el secuestro se convierta en una moda rentable. Los cientos de barcos que cruzan la zona podrían llevar mangueras a alta presión para alejar las barcas que quieran abordarlos. Y los gobiernos implicados, negociar con Somalia el fin de esta situación que a ese gobierno le va muy bien. Sin ingenuidades: Ningún somalí hace nada por impedirlo, y muchas potencias occidentales ya están invirtiendo en infraestructuras en las zonas más depauperadas del país. El gobierno africano pide que los ricos inviertan. Y los ricos dicen que en un país que no es serio no se puede invertir, que es tirar agua al mar. Y que si se compran armas y drogas es que hay dinero.
Por cuestión humanitaria, se debe ayudar a las personas necesitadas. Las empresas que han arrasado las zonas de pesca aprovechando un vacío de poder, deben recompensar invirtiendo en empresas locales que generen puestos de trabajo. Y el gobierno de Somalia ejercer como tal. Recientemente se vio en un documental a todo un ministro, con su coche todoterreno y seis hombres armados como escolta, acompañar (previo pago) a unos periodistas para hacer un reportaje de la situación. Llegados a un pueblo, el portavoz de los piratas le dijo que se fuera que no era bienvenido. Y sencillamente se giró y se fue.
Texto y fotos: Marga Alconchel
Queríamos independencia, libertad, vida. Nos casábamos enseguida (lo de vivir juntos era muy problemático) y nos metíamos en mini-pisos de 28 metros cuadrados, donde el sofá era también cama, asiento para la mesa, despacho y confesionario. No era lo que queríamos, era lo que podíamos pagar. Trabajábamos en cualquier cosa por cualquier sueldo. Después vinieron otros que con más de tres décadas en el DNI seguían negándose a salir del nido de sus papás, convertido en hotel gratis, hasta que tuvieran un pisazo en las mismas condiciones que aquel que sus padres consiguieron después de 30 años de trabajo y deudas. No tienen deseos de libertad ni de independencia, porque de eso ya tienen. No tienen ansias, tampoco ilusiones. Parecen cascarones desmotivados. Dicen que los alquileres son caros, las hipotecas prohibitivas, los trabajos precarios y sus personitas no están hechas para carencias. "Yo no estoy dispuesto a vivir como has vivido tú”,me han dicho.
Los precios siempre han sido caros para los que se emancipan, porque son los primeros pasos independientes de una vida, y todo está por hacer. Y los trabajos tampoco son lo mejor del mundo, porque se accede a ellos sin experiencia. Prolongar indefinidamente la estancia en la casa paterna es un comportamiento de adolescentes impunes, de permanentes inmaduros. Dicen que ellos no fabricaron este mundo, se lo encontraron así. Bienvenidos a la vida, señoritos, porque nosotros tampoco fabricamos el que nos encontramos, también lo encontramos hecho. Hasta los cavernícolas se encontraron el mundo como estaba.
Los señoritos dicen que no pidieron nacer, así que se les debe manutención indefinida. Cierto, no pidieron nacer: por eso deben dar gracias por la vida que se les regaló, y por todos y cada uno de los días que han vivido a costa de unos padres que acertaron o no en la educación, pero que dedicaron a ello sus esfuerzos, buena parte de sus ingresos y de su tiempo. Y ya es hora de que los señoritos se valgan por sí mismos.
Pero hacerse cargo de la propia vida es muy cansado; hay que vigilar la despensa y el armario, hay que lavar y cocinar y asear y gestionar papeles y perderse en esas menudencias en las que las mamás son tan expertas y dedican jornadas inacabables. Y los papás son buenos ordenanzas y porteadores. Si se encargan de sí mismos luego les falta tiempo para perderlo, para cervezas y amigos y cine y ligoteo y el famoso dolce fare niente. Pretenden ser eternamente adolescentes irresponsables.
Los que los hemos visto crecer les avisamos que así no van bien, que tanta tontería les está atrasando el entrenamiento en vivir, que pasarlo bien no está reñido con que, además, se responsabilicen de sí mismos. Y nos miran como si fuéramos momias parlantes, artilugios desfasados que no saben de qué hablan. Lamentablemente somos nosotros los que sabemos de qué hablamos; son ellos los que no tienen idea de la que les espera. Porque tanta falta de entrenamiento los ha hecho muy vulnerables: no saben volar con sus propias alas, y el primer contratiempo los tira al suelo. Ellos dicen que su mundo es otro, que el futuro es suyo, que nosotros somos pasado. Hasta en eso son adolescentes: el pasado pasó, el futuro no ha llegado. Todos somos presente.
No son mala gente, sólo inmaduros, abusones impunes que no quieren pasar de los quince años mentales. Las cosas empezaron con una educación equivocada, sí, pero eso no los disculpa: con más de 30 años a la espalda, buena parte de la culpa ya es suya.
Vamos a ponernos de acuerdo: Estamos todos en el mismo planeta, que da vueltas cada día sin tener en cuenta si nos gusta o no. Vamos a entendernos y a asumir la parte de todo que nos corresponde a cada uno. Y cuando dejemos de mirarnos como si el otro fuera un estorbo, encontraremos el truco para hacer el mundo y la vida mucho más habitable.
Texto y fotos: Marga Alconchel