02 febrero 2009

73 años y un mail

Entra decidida por los pasillos de la biblioteca, llega al mostrador y con una sonrisa pregunta si puede pasar a sala. La bibliotecaria le dice un sonriente “pasa, América” y ella entra en un habitáculo titulado “multimedia”. Se sienta silenciosamente, saca del bolso la libreta de los apuntes, se pone las gafas de leer en la punta de la nariz y con decisión un tanto asustada, escribe una dirección web. Tiene 73 años y una cuenta de correo.

Lee concienzudamente los mensajes que le escriben sus sobrinos, sus hijos, la familia lejana. Contestar cada correo es una tarea entretenida, sobretodo porque “responder” y “adjuntar” son cuestiones complicadas que ha de consultar en su libreta. Le pone voluntad y paciencia hasta que se enfada con la máquina y con sus dedos y decide pedir ayuda. El chico que se sienta a su lado le sonríe, le habla con mucho afecto y en dos golpes de tecla le soluciona el problema. Y ella siempre se disculpa repitiendo que es nueva en esto, que aun tiene mucho que aprender.


A su otro lado se sienta un señor de su misma juventud. También despliega una libreta, un boli, y algunos folletos. Abre una página que lleva por título “como hacer su propia web”. Y le cuenta que quiere escribirse con su nieto y que el crío no lo trate como a un viejo.

Alrededor de los dos pululan inmigrantes abriendo páginas en caracteres extraños, jóvenes escuchando músicas o consultando cientos de páginas veloces. En los ordenadores de estos dos el tiempo pasa de otra forma.

Cuando termina su turno ella sale satisfecha de la sala: ha visitado la página del pueblo donde nació y la otra del pueblo de sus hermanos. También está preocupada por solucionar las dudas que le traen las máquinas. A su espalda la bibliotecaria la mira con mucha calidez y le comenta a la otra chica que esta mujer viene desde hace meses, que hizo un cursillo, que no lo deja, que está animada y acobardada a la vez. Y América se va a casa con la cabeza llena de links, presentaciones power point, páginas interactivas y fotos, muchas fotos.

Ella comentó un día que le hubiera gustado aprender a escribir a máquina. Y como las máquinas ya estaban desfasadas, por su casa aterrizó un ordenador sencillo. Y ella, tan emocionada como desbordada, buscó un libro de poemas de Rosalía de Castro y lo colocó sobre un atril. Sujetó las páginas con una pinza de tender la ropa, se caló las gafas de leer y se empeñó en copiarlo entero para memorizar dónde estaba cada tecla. Quería ir a un cursillo, pero primero quería tener algunos conocimientos previos.

Se peleó con acentos, con negritas y sangrías, con copiar y guardar, se familiarizó con webs, usuarios y passwords. Y fue a clase con la ilusión de la novedad, y tuvo su cuenta y nos apuntaba su dirección copiándola de la libreta para que no se le escapara una letra.

Va guisando un arroz y preguntando cómo se reenvían las fotos de su sobrino. Pela alcachofas comentando un power point. Sufre cuando envía una nota porque tiene faltas de ortografía, aunque se le entiende perfectamente. Recibe la admiración de todo el mundo y palabras de ánimo. Y siempre responde extrañada con los ojos muy abiertos si es que se creen que es demasiado vieja o demasiado tonta.

Tiene 73 años y un mail. Y es mi madre.

Texto y fotos: Marga Alconchel

19 enero 2009

Pon un burka en tu vida

Las noticias sobre trato sin nombre a las mujeres en Afganistán y en varias zonas de influencia fundamentalista islámica ya no sorprenden a nadie. A todos nos parecen salvajadas, pero son tan habituales que se nos ha encurtido el corazón para no morir de pena.

Mujeres tratadas como bultos azules bajo un burka. Mujeres asesinadas legalmente a pedradas por haberse acostado con un hombre por voluntad propia (al varón ni se le riñe). Mujeres violadas como actitud de guerra para desmoralizar al enemigo o desvirtuar su raza. Mujeres casadas a los 9 años con veteranos de guerra mutilados para ahorrarse enfermeras.

No es un gusto islámico. Es una brutalidad primitiva ejercida como muestra clara de poder y de miedo: En Egipto dos terceras partes de las mujeres adultas han sido mutiladas de niñas para que lo se les desbocara la líbido. Según una tradición faraónica, las mujeres son insaciables y perderían la virginidad antes de casarse, que es para lo único que valoran a una mujer. Y es importantísimo que sea virgen para que no haya duda sobre la paternidad de todos los hijos que vaya engendrando, uno tras otro. Que a fin de cuentas, son mano de obra de su progenitor y serán sus herederos. Por su puesto, que no pueda comparar tamaños varoniles también tiene su peso, pero de eso no se habla.

Así que una mujer no vale ni una cabra? Pues nos las llevamos a todas. Imagínense por un momento qué sucedería en esas sociedades (en todas las sociedades, no nos engañemos) si de repente esas despreciadas mujeres que sostienen la reproducción de la especie, la economía doméstica, el cuidado de los ancianos y el día a dia de todos, desaparecieran. Ancianas, jóvenes o bebés. Todas. Volatilizadas.

Ninguna para llevar la casa. Ninguna para atender a los mayores. Ninguna para hacer la limpieza. Ninguna para el sexo. El sexo, esa inmensa parcela de la sique humana tan exhibida como ocultada, tan sobrevalorada como maltratada. Cómo llevarían ellos las dobles y triples jornadas diarias que llevan la mayoría de mujeres? Qué harían millones de varones islámicos, con una ley que les condena a muerte por homosexualidad, si no hubiera ni una mujer en ningún país? Y no durante un día, como si fuera una excursión, sino por tiempo indefinido. Y no hablamos de una proporción testimonial de la población: las mujeres somos el 52 % del mundo.

Serrat cantaba que “no hay nada más hermoso que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí”.

Esperemos que no tengan que morir todas para ser consideradas humanas.

Texto y fotos: Marga Alconchel 

24 noviembre 2008

La verdad se empeña en no morir

Recientemente el juez Garzón abrió grandes esperanzas incoando actuaciones por las desapariciones de republicanos en tiempos de Franco. Le dijeron que no quedaba ningún responsable vivo. Pidió el certificado de defunción del dictador cuando faltaba un mes para celebrar el 33 aniversario de ese óbito y todos creyeron que era una estupidez para mantenerse en la actualidad. Recibido el documento, cerró el expediente y pasó el caso a los juzgados ordinarios salpicados por toda la península donde se ubican los 140.000 enterrados en fosas comunes.

Garzón es cualquier cosa menos tonto o ignorante de los procesos judiciales. Siendo un asunto de tamaño nacional, le correspondía incoarlo y buscar al culpable. Y si ha fallecido, tenia que aportar el certificado legal para que el asunto pudiese pasar a los juzgados cercanos a las tumbas, donde se seguiera el proceso y las familias pudieran exhumar los restos y obtener certezas. Lo que ha hecho Garzón ha sido seguir escrupulosamente la ley para que esa úlcera oculta pudiera sanarse sin que la cerrara en falso un tecnicismo.

Una noticia llegada del otro lado del océano habla de las últimas declaraciones del presidente chileno Salvador Allende. Después de 35 años con una versión oficial sobre sus últimas palabras y los responsables de que se hubieran salvado, resulta que no fue así. El periodista Rubén Adrián Valenzuela, afincado en Barcelona, desvela que fue él y no otros quien recogió esa voz, que no fue una llamada sino tres, que habló personalmente con el presidente y que tiene la grabación y recuerda los comentarios de Allende en sus últimos momentos, antes del asalto definitivo al Palacio de la Moneda. Que el fallecido confiaba en el general Pinochet y no creía que estuviera detrás de los tanques que querían matarlo. La prueba de que Valenzuela fue testigo directo lo certifican las heridas de bala que recibió en el asalto.

Parece que la verdad se empeña en no morir. Hechos que sucedieron hace décadas, versiones oficiales, méritos que alguien se adjudica injustamente, silencios cómplices o piadosos que han ido poniendo una capa de sangre hecha cenizas sobre la historia. Y cualquier dia se alzan voces que dispersan ese polvo, argumentos que revuelven conciencias. Son testimonios que se niegan a vivir en el olvido, que es una forma de estar muerto. Y delante de ellos, oídos de gente que ni había nacido entonces y que escuchan desconcertados unos relatos que les suenan a rancio.

Unos afectados directos quieren saber qué pasó de verdad. Otros quieren que de verdad se deje en paz lo que pasó. Los dos apelan al tiempo transcurrido, unos porque ha sido de mentira injusta, otros porque remover huesos de muertos y perturbar protagonistas ancianos no mejora nada: los muertos, muertos van a seguir, lo que fue injusto, injusto sigue siendo. Los méritos que se apuntó alguien, convencido de que eran una especie de verdad sin dueño, tienen que ser desenmascarados. A cualquier lado el océano. Y poco más. Descubrir las mentiras sangrantes de un culpable y dejarlo en evidencia ante sus vecinos y su familia después de décadas de silencio plomizo ya es suficiente afrenta. Pretender enfrentarlos a su conciencia sería presuponer que tienen, y eso no siempre está claro.

Y todos estos clamores en medio de un presente que está por cualquier tema menos éste. Un presente de unas generaciones a las que todo eso le suena a prehistoria, unos hijos de culpables que quieren paz para sus ancianos, unos hijos de víctimas que quieren paz para sus recuerdos. Que prefieren gastar el tiempo y el dinero en presentes y futuros, no en pasados amargos y difusos.


A Lincoln se le atribuye una frase: "los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla". Quizás por ahí esté el tercer camino, la medicina de esta sociedad. Que no se olvide la propia historia, que quede recogida con letras de molde, que cada hecho tenga sus autores y sus víctimas y sus cifras. Que los culpables sean declarados culpables. Y poco más. Llenar las cárceles de ancianos es volver al estado de barbarie, pese a que los asesinos también llegan a viejos. Descubrirle a un hombre que no es quien cree ser, sino hijo de unos desaparecidos y fue regalado a sus segundos padres es una carnicería moral. Es desguazarle la vida sin alternativas, cuando además no es culpable de nada. Abrir causas penales, sacar listas de culpables a voz en grito, buscar condenas… No es ese el camino de la paz. Poner cada cosa en su sitio, sí. Y poco más.

No podemos acusar a un colectivo de destrozar vidas y a la vez ponernos a destrozar las suyas: nos igualaríamos a ellos. Tampoco podemos dejar impunes delitos y heridas que todavía sangran, porque tal como comentó Ian Gibson, “no se reabre una herida, porque nunca se cerró”. Hemos de tener el honor que ellos no tuvieron nunca, la nobleza que jamás encontró sitio en sus corazones de mala calidad. Limpiar la historia para que luzca verdadera, con todos sus matices y con todos los agujeros que ha creado el paso del tiempo. Darle a cada uno el mérito que fue suyo o la culpa que le corresponde. Hacer las paces con nuestro dolor y nuestras ausencias.

Y seguir caminando.

Texto y fotos: Marga Alconchel

16 noviembre 2008

El desequilibrio imprescindible

Cuando se habla de países ricos y pobres se utiliza la argucia soterrada de que deberían ser todos iguales, de que los ricos lo son porque los pobres lo son. Cuando se habla de gente con estudios y gente analfabeta se usa la misma argucia: las oportunidades de unos lo son a costa de los otros. El desequilibrio entre países, entre culturas y entre clases sociales es un hecho innegable. Y que es brutal e injusto, también. Pero no lo inventaron ni el capitalismo y ni el comunismo, es tan viejo como el hombre.

Un río existe porque su nacimiento está más alto que su entorno. Un mar existe porque su cuenca está más baja que su entorno. Una montaña nace porque hay una presión desequilibrada entre placas tectónicas. Si todo estuviera equilibradísimo, si nada fuera más alto o más bajo o más denso o más ligero, todo sería una masa amorfa y muerta. Un grado de desequilibrio, de diferencia, es el secreto de la vida.

Las relaciones sociales y las comunidades humanas no están exentas de ese principio. Se desarrollan, se comunican, se pelean, se invaden y se encuentran desde que el hombre bajó del árbol. Y todo eso genera diferentes situaciones y diferentes velocidades, favorecidas por el entorno tanto humano como geofísico. Y con los siglos, las diferencias son tan llamativas como las sociedades tecnológicas y aparentemente ricas frente a las sociedades más rústicas y aparentemente más pobres.

Si no hubiera nada mejor de lo que ya se tiene, nadie movería un dedo por crecer. Si nadie se atreviera a desarrollar un invento alterando su entorno, no hubiera habido ni rueda en la historia del hombre. Y que alguien tenga ese atrevimiento no significa que le esté robando nada al vecino; implica que sigue su idea y asume un riesgo.

Naturalmente hay auténticos casos aberrantes creados por personas aberrantes que impiden, incluso por la fuerza, el desarrollo de comunidades enteras para beneficio de unos pocos. Y que el desequilibrio sea una fuente de vida no significa que haya de ser un escalón insalvable y asesino. El afán de mejorar ha hecho avanzar al ser humano y le ha dotado de una tecnología y una calidad de vida como no había tenido nunca. Que sistema y sus autores se hayan extralimitado y en una huida hacia adelante se esten precipitando solitos hacia el barranco no le quita valor a la idea, sólo la acota.

El capitalismo extremo es suicida, tal como ya anunciaban sus propios creadores. Se acelera en una huida hacia adelante que siembra el camino de cadáveres de perdedores y mendigos. Y ha demostrado ser dañino incluso para el planeta. El comunismo extremo era suicida tal como también anunciaban sus propios pioneros porque anulaba al individuo, montaba unos grupos mortecinos y artrósicos por falta de estímulo. Y ha dejado millones de muertos por hambrunas y millones de personas con el ánima hecha ceniza.

Y como siempre en la vida, la solución está en un mestizaje que tome lo mejor de cada propuesta y lo amase hasta dar con la solución más adecuada. Con el grado justo de mercado que dé estimulo para arriesgar, con el grado justo de protección social para que ningún ser humano quede desamparado, con el grado justo de beneficio al que ha arriesgado y ha trabajado duro. Y con todas las flexibilidades y las adaptaciones que sean necesarias.

La vergonzosa distancia entre ricos y pobres, entre desarrollo y atraso ha de reducirse, innegablemente. La tecnología ha de llegar a todos para mejorar su calidad de vida, sin discusión. Y todos han de respetar el planeta en el que vivimos. Hay voces que abogan por quitarles todo a los ricos para repartirlo entre toda la humanidad; sólo conseguirían que todos fuéramos igual de pobres y sin expectativa de más, algo que mataría al propio mundo. No tiene nombre que 1000 millones se personas del tercer (y cuarto) mundo mueran de hambre mientras se construyen palacios con la grifería de oro, pero tampoco serviría que todo el mundo viviera en un anodino dia a dia con el mismo menú. No es ese el objetivo ideal.

La primera potencia capitalista, la que parece más rica y es la más endeudada, la que ha propiciado esta catástrofe financiera junto con la Gran Banca, estira el cuello y asegura que su sistema es el mejor del mundo, que necesita algún parche y poco más. Las potencias emergentes dicen que ahora les toca a ellos marcar la pauta, pero no dicen cómo. Y los del tercer mundo dicen que si  
sólo les dieron migajas del menú, no tienen que pagar los platos rotos.

Habría que inventar un tercer sistema, pero no tenemos tiempo. Así que tendrán que hacer un sistema de tránsito que reúna lo menos malo de los dos y asumir que la etapa del primer mundo y el segundo y la guerra fría ya ha acabado. Se impone un nuevo modelo que tenga en mente lo mejor y lo peor de lo vivido hasta ahora, y que se atreva a los cambios rotundos que hacen falta. A asumir desequilibrios y su maravillosa oportunidad para crear nuevos ritmos.

Nos jugamos la vida.

Texto y fotos: Marga Alconchel

14 octubre 2008

De talantes y malentendidos

La comunicación es un arte y una técnica. Pero que funcione tiene una clave inevitable: las voluntades de los implicados. Creer que poseemos la verdad absoluta es un primer y sanote impulso que tenemos todos y que nos mueve a actuar. Afortunadamente, la vida, el desarrollo de la inteligencia y la tolerancia nos va demostrando que esa afirmación tiene muchos matices.

“El ser y el hacer no coinciden. Nadie refleja perfectamente su alma en su acción y por lo mismo, es grosero juzgar a alguien por lo que hace”. Esa máxima, firmada por Keiserling, debería estar en la cabecera de todos los intelectuales y en la carpeta de todos los negociadores. Y en el corazón y el talante de todo ser humano. Un comentario desafortunado, un malentendido o una reacción jocosa pueden ocasionar grandes males. Es el famoso efecto mariposa, que no por ser conocido deja de ser cierto.

Los foros internacionales están trufados de desacuerdos a los que se ha llegado por partir de posturas extremas y del cerrilismo intolerante (y cobarde) de no querer oir más voz que la propia. Todos tenemos culturas diferentes y talantes diferentes, pero por encima de todo, lo que impide la fluidez en las comunicaciones es el miedo al otro. De la voz del otro, las experiencias del otro, la realidad del otro.

En una negociación, los que se sientan frente a frente son dos seres humanos, aunque cada uno de ellos lleve en sí toda una nación o una clase social. Una baraja tiene ases y figuras, pero también tiene cartas simples y sin ellas no está completa; al dialogar, las pequeñas miserias de cada uno existen junto a sus grandes virtudes y sobre el tapete, cualquiera de ellas puede decidir la partida.


Gente que se autonombra portavoz de quien no los conoce, gente que toma la lanza en defensa de quien no ha pedido ayuda, gente que decide atacar a quien no se ha declarado enemigo. Gente que entiende la libertad de expresión como un derecho exclusivamente suyo. Todos esos comportamientos anti-personas son los que van minando las comunicaciones entre la gente, son los que van haciendo de este planeta un espacio ensordecido y de confrontamiento, en el que se considera que la actuación propia ha sido de defensa, el que ataca siempre es el otro. Distintas caras del mismo miedo.

Y sin embargo, detrás de esas lanzas y esas soflamas y esos griteríos, sigue habiendo un ser humano. Y muy probablemente, un ser humano curioso que quisiera aprender, conocer, saber de otras verdades, de otros verbos, de otras gentes. Un ser humano que tiene tantas ganas de aprender como miedo al extraño. Un pavor que le lleva a un comportamiento incoherente: desear oir otros discursos y a la vez, rehusar la voz del que no dice lo que él espera oir. Miedo al otro y al cambio.

Miedo a un discurso que no sea el de siempre, de creer que el que no está a nuestro lado repitiendo las mismas consignas, es porque es enemigo y malo. Es un virus que infecta las mayúsculas relaciones internacionales y las minúsculas relaciones personales, que ensucia los foros y los sofás. Hasta guerras se han declarado por malentendidos que se hubieran solucionado en el metro cuadrado de una mesa y dos sillas.

El que no piensa como nosotros es eso, uno que no piensa como nosotros. El que vive en otro país o con otra cultura, es eso, una persona de otra cultura. El que tiene otra visión de las cosas es eso, una persona con otra visión. Y del debate amistoso de todo sale la variedad multicolor y multicultural en la que existimos todos. La comunicación es movimiento de ideas, la vida es movimiento y en el movimiento hay vida.

Hace unos años se hizo famosa una imagen en la que el seguidor de un perdedor se encaraba con un seguidor del ganador: “No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé hasta el final su derecho a decirlo”.

Así sea.

Texto y fotos: Marga Alconchel

22 septiembre 2008

Cuba y sus cubanadas

Dos ciclones han puesto patas arriba lo poco que había en pie en Cuba. Hay voces que claman para que de una vez también se arrase la penosidad cotidiana y la situación política que existe enquistada desde hace más de medio siglo. Que Cuba necesita grandes cambios lo saben hasta los que lo niegan. Pero ahora no es el momento.

Dos ciclones han arrasado la isla. No se pueden arrasar ahora las instituciones estatales, porque sería destruir el propio país. Son necesarias soluciones inteligentes y prudentes, dos piezas que no suelen prodigarse en los discursos latinos. No se puede rechazar una importante ayuda norteamericana (cinco millones) en nombre de una malentendida dignidad, que suele ser el nombre que le dan a la obcecación inadaptada. No se puede mantener un discurso de paranoia persecutoria. Es un argumento que solamente busca captar la atención y forzar el odio de los isleños en una única dirección externa a la isla, para que no se preocupen de nada más.  


Insuflar odio antinorteamericano en el discurso, mientras se cobra el alquiler de Guantánamo y se practica  béisbol americano. Imitar todo lo yanki, usar barbarismos ingleses y a la vez, reafirmar la condición de latinos. Cubanadas. Adorar a San Fidel es tan patéticamente ingenuo como satanizarlo. Nadie es totalmente bueno ni totalmente malo y todo tiene su momento. La soluciones que quizás fueron válidas en un momento pueden ser gravemente contraproducentes si no se entiende que el tiempo pasa por encima de todos, nos guste o no.

El mundo no empieza ni acaba en EUU. El embargo existe y es una chulería de matón barriobajero. Pero no es tan salvaje como lo fue en sus comienzos. De hecho, para el que puede pagarlo, hay de todo en la isla. Y ni Cuba es lo mejor del mundo, ni los cubanos son supermán en versión antillana, dos concepto que se les insufla en las venas a los isleños después de prohibirles salir de la isla y conectarse a Internet y mantenerlos bajo un sistema de control casa por casa.

El momento actual es muy delicado: empezaban las discretas aperturas, que tuvieron mucha aceptación en un país que todavía funciona con cartillas de racionamiento. Pero no hay que olvidar que no sólo son los hermanos de largo discurso los que ostentan el poder. Hay mucha más gente implicada, tentáculos imbricados en la sociedad civil. Las aperturas han de ser sin prisa y sin pausa para minimizar los daños colaterales.

Cuba necesita dinero, pero ahora no tiene producción, ni industria, ni siquiera fluido eléctrico. No es buen cliente para un crédito, además de que el mercado norteamericano, que sigue siendo su obsesión, ha demostrado que no es financieramente estable. La isla se dedica mayoritariamente al sector servicios y tiene que importar el 80% de los alimentos, a la vez que mantiene el 40% de las tierras de cultivo abandonadas. Y con la que está cayendo, ha subido la gasolina el 100%.

Podría acudir a otros mercados económicos. Desde Europa, que ya tiene mucho invertido (los españoles Meliá son los mejores hoteles de Cuba), hasta China, que está invirtiendo fuera de su país (en Africa) mucho más de lo que parece. India es una potencia consolidada (con sus peculiaridades, pero lo es) y todo el sureste asiático está despegando con fuerza.

Cuba exige que se le atienda sin preguntar. Pero todo el que presta dinero tiene derecho a saber para qué. Europa tiene una larga tradición de dolor y guerras y unas instituciones comunitarias que han costado larguísimas negociaciones. Ahora está en su derecho de no querer financiar a quienes no respetan la voz del disidente o mantienen unas actitudes de enfrentamiento, unos principios que costaron sangre en estas tierras. El Viejo Continente tiene sus contradicciones y no pequeñas, pero estamos hablando de créditos.

La solución, como siempre, está en la comunicación, en el diálogo. Que Cuba se siente y negocie créditos, inversiones, aportaciones. Sin bravuconadas, sin dignidad de opereta, sin oscurantismos, sin cubanadas. Como país es un mercado interesante, porque lo tiene todo por hacer. Con una aceptación previa: Cuba forma parte del mundo, y no puede pretender que sea el mundo el que baile al son de Cuba.

Texto y fotos: Marga Alconchel

02 septiembre 2008

Paises de opereta

América Latina es un continente lleno de colores, de idiomas, de pieles y de costumbres. De riquezas en la tierra y bajo tierra. De aires tórridos y de huracanes. Tan denso y tan desgarrado que no se entiende a sí mismo.

Su tierra sufrió una colonización, como todo el mundo. Tenía pueblos indígenas, culturas, idiomas. Fue expoliado, como todo lo colonizado en el mundo. Y se le impuso una cultura ajena, como a todo el mundo. Consiguió la independencia, como todo el mundo. Y aun no sabe qué hacer con ella.

No quiere sus pueblos nativos que le parecen vergonzantes, como unos parientes lejanos que todo el mundo quiere tener ocultos. No quiere la cultura que le impusieron, lógicamente. Mira a su vecino del Norte con una mezcla de rechazo por su colonización económica y envidia por su aparente vida rica. Lo imita tanto como lo odia. América Latina anda sin identidad propia y dando bandazos.

Sus estructuras estatales son dinamitadas continuamente desde el interior. Las guerrillas que han hecho del secuestro y el narcotráfico su modus vivendi, siguen enarbolando discursos decimonónicos sobre los derechos del pueblo. Las clases pudientes hacen una ostentación hortera de nuevo rico, las clases bajas siempre están con el quejido y la mano tendida. Los políticos emplean expresiones grandilocuentes, parafernalia de opereta destinada a impresionar. Gentes de escaparate que fuera de esa situación no tendrían trabajo ni en el circo. Y mientras, el continente va a la deriva.

Las multinacionales siguen extrayendo beneficio. Los políticos llegan a la palestra sin más cultura política que haber conseguido los votos ilusionados de los más desilusionados. Hacen declaraciones a gritos, invaden instalaciones y aseguran que van a nacionalizar. Después la realidad se impone y tienen que bajar la voz y negociar, porque no hay nadie en el país que sepa gestionar eso si los extranjeros se van.

Las grandes empresas van a donde obtengan más beneficio, sin más consideraciones. E invierten muchos millones en conseguirlo. Y los ciudadanos quieren que la riqueza de su subsuelo se quede en su suelo. Ambas son consideraciones razonables, hay que ponerlas en sintonía. Gritar que ya no es “América Latina” sino “América India” cuando en el continente los indios son parias en riesgo de exterminio es directamente hipócrita. Pretender que en el siglo XXI todo el continente se rija por las costumbres ancestrales de pueblos minoritarios es inviable, politiqueo de predicador barato. Los indígenas y los negros y los mestizos y los blancos, todos son americanos. Y todos son producto de su propia historia, sangrante como la de todo el mundo. No se pueden ignorar unos a otros ni pueden expulsar a los que no les gustan.

El gran trabajo de América Latina es aceptarse. Aceptar su historia sin que en los colegios se enseñe odio al antiguo colonizador ni en las calles se imite al nuevo. Aceptar su colorido social, su riqueza humana y sus grandes posibilidades. Entender que su esencia, su manera de ser propia es indígena y latina y además, americana. Diseñar su cohesión, sus relaciones internas e internacionales. Afrontar el narcotráfico en serio, afrontar la gestión del petróleo en serio. Dejar de considerar a los estafadores como listos que han conseguido burlar a unas instituciones en las que nadie cree ni confía.

Hasta que no se tome en serio a sí misma, hasta que no se mire al espejo con los ojos serenos no tendrá estabilidad interior. Y por tanto, seguirá padeciendo los desgarros que la hacen insostenible y que la tildan de no fiable en los foros internacionales. La gente los quiere, sólo están esperando que ellos se quieran a sí mismos.

Texto y fotos: Marga Alconchel